Saltar al contenido
Cargando…

🌵 BENICIO — EL VIEJO VERDE DE MONTE QUEMADO Sensible

Rulo1948
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 32 votos positivos 0 votos negativos 0 series

Benicio tiene 70 años. Tiene un obraje y campos en Monte Quemado, allá en el norte profundo de Santiago del Estero. Toda su vida vivió para los demás: para los parientes, para los vecinos, para los…

In groups

Contenido de la publicación

Benicio tiene 70 años. Tiene un obraje y campos en Monte Quemado, allá en el norte profundo de Santiago del Estero. Toda su vida vivió para los demás: para los parientes, para los vecinos, para los amigos. Siempre el primero en ofrecer ayuda, siempre el que prestaba el tractor, siempre el que daba el consejo y el que solucionaba los problemas de todos. Nadie le preguntaba a él cómo estaba. Nadie le preguntaba qué quería.

Un día, cansado de dar y recibir poco, de ser el sostén de todos mientras él se quedaba sin nada, tomó una decisión firme. Alquiló sus campos, alquiló su casa, no le dijo a nadie a dónde iba, y se fue. Se fue a Santiago del Estero capital. Ahí alquiló una casa sencilla, pero cómoda, fresca, tranquila. Entró, cerró la puerta, respiró hondo y se dijo:

—A partir de ahora, voy a disfrutar de mí mismo. Por primera vez en mi vida, lo que yo quiero, va primero.

Lo tenía clarísimo. No quería una mujer de su edad con hijos. Sabía cómo era eso: al poco tiempo, los hijos pedirían, la mujer pediría, y él volvería a ser el proveedor, el que labra el porvenir de otros. No más. Ya cumplí esa etapa.

Empezó a mirar avisos, hasta que vio uno que le llamó la atención: "Lara, 22 años. Cumplo todas tus fantasías." Benicio sonrió, se sintió vivo otra vez, y se dijo: "Esta es la mía. Voy con Lara."

Lara lo recibió con una sonrisa que iluminaba todo el cuarto: "Qué hombre tan guapo y fuerte eres. Me encantan los hombres con experiencia." Sin límites, sin barreras, sin juicios, se amaron de todas las formas posibles. Benicio le dio el doble de lo pedido: "Te has ganado una buena propina. Y te la merecés. No solo por lo que hicimos, sino por cómo me hiciste sentir." Lara lo abrazó: "Vuelve cuando quieras. Y a partir de hoy, no solo seremos cliente y amiga. Seremos amigos de verdad."

Benicio no perdió tiempo y vio otro aviso: "Sofía, 18 años. Sin límites. Cumplo todas tus fantasías." La llamó y fue. Sofía lo recibió con admiración. Se amaron con ternura y pasión: sexo oral, sesenta y nueve, penetración vaginal y luego anal. Sofía quedó asombrada: "Benicio… tengo que decirte algo. Estoy acostumbrada, todos los días conozco hombres… pero ninguno como tú. ¡Diecinueve centímetros de largo y seis de grosor! Eres imponente. Me sentí tan llena… por atrás me dolió un poquito al principio, pero después del primer momento de dolor, sentí un placer enorme. Lo gocé muchísimo. Eres increíble." Benicio pagó con generosidad, le dejó una propina igual a la tarifa y agendó su número.

Después de una semana recuperado, Benicio se compró una moto hermosa, ropa nueva, y viajó: recorrió Catamarca, subió hasta Tafí del Valle, cruzó los caminos de todo Santiago del Estero, se relajó en Las Termas. Cuando regresó, buscó de nuevo y encontró a Valentina, 20 años: "No solo cumplo fantasías. Las perfeccionó. Tu placer es mi especialidad." Valentina era una artista: sus manos, su boca, su lengua sabían exactamente dónde y cómo. El sesenta y nueve fue perfecto, la penetración profunda y sincronizada, y el clímax compartido inolvidable. "Benicio… eres el hombre más completo que he conocido. No solo por tu tamaño, sino por cómo amas. Entregas todo, sin reservas." Benicio la llenó de regalos y gratitud.

Decidió entonces comprar una hermosa finca con pileta en la zona del Zanjón, un lugar tranquilo y reservado. Llamó a las tres: Lara, Sofía y Valentina. Las tres llegaron a la misma hora. Hubo asado, bebidas, risas, charlas junto a la pileta. Al atardecer, se desnudaron todos. Benicio las sentó de una en una en el borde de la pileta, y con su lengua las llevó al orgasmo una por una, saboreando cada entrega. Luego sobre una colchoneta, las tomó de cuatro, una por una: penetración vaginal y luego anal, con cuidado, con paciencia, llenándolas por completo. Las tres quedaron rendidas, admiradas, felices. Pasaron la noche juntos, amándose en todas las formas posibles, sin prisas, sin celos, solo compartiendo placer y libertad. A la mañana siguiente, desayunaron como amigas, cada una recibió su pago y su abrazo, y se despidieron prometiendo volver.

Benicio se quedó unos días más disfrutando de la finca. Una tarde vio pasar a una mujer que al principio le pareció una niña por su estatura. Pero no era una niña: era una mujer adulta, pequeña, exquisitamente proporcionada, hermosa. "Adiós, buen mozo", le dijo ella. "Hola, preciosa. ¿A dónde vas?" Se llamaba Micaela. Entró a conocer la finca, vio la pileta, y pronto se estaban bañando desnudos. Benicio la sentó en el borde, la hizo suya con la boca hasta que ella estalló abundantemente en sus labios. Luego ella cabalgó sobre él, sorprendida de que su cuerpo pequeño pudiera recibirlo todo. "Tan pequeña por fuera… y tan grande por dentro. Me recibís todo, como si hubieras nacido para mí." Luego por atrás, con cuidado y lubricante, entró despacio, llenándola hasta el fondo. "Me llenaste toda… hasta el alma", susurró ella. Intercambiaron teléfonos. Era una nueva amiga.

La fama de Benicio corrió como el viento por los caminos. Un día llegó a su puerta Jazmín, una hermosa psicóloga. Le dijo que sabía de sus habilidades, de su miembro enorme, y de sus fotos íntimas donde cada mujer aparecía con sus características únicas. Benicio le mostró el álbum, y le contó todas sus historias. Jazmín elaboró su perfil psicológico: "Benicio no es un amante. Es un sanador. Devuelve la autoestima a quienes la perdieron, el deseo a quienes creían muerta su pasión, y la libertad a quienes vivieron enjauladas." Una semana después, Jazmín volvió. No venía por notas: venía por él. Se bañaron desnudos en la pileta. Benicio la llevó al borde y la hizo suya con la boca, dos orgasmos seguidos que la dejaron temblando. Luego ella lo tomó en su boca, lo chupó con fruición hasta que él la llenó de su semen, que ella tragó con gratitud. Cuando se puso firme otra vez, la penetró por veinte minutos haciéndola acabar dos veces más. Luego por atrás, con lubricante y paciencia, dilatándola poco a poco, enterró los 19 cm hasta el fondo. Y en ese momento, ella se tocó a sí misma y estalló en un squirt abundante que mojó todo el borde. Exhaustos, compartieron una cerveza desnudos. "Ya tengo el perfil escrito, Benicio. Y te lo entrego firmado."

Un día golpearon las manos en el portón. Era la Hermana Ernestina, superiora del convento cercano. Le contó que todas las mujeres de la zona hablaban de él, las esposas, la mujer pequeña, todas. Y luego confesó: "Ay Benicio… ya tengo 70 años. Usted sería capaz de curar mi soledad?" Se bañaron desnudos en la pileta. Benicio la llevó al borde, la abrió con ternura, y la hizo suya con la boca. Por primera vez en décadas, Ernestina tuvo un orgasmo intenso que la hizo gritar y mojar el borde. Luego la penetró por quince minutos haciéndola acabar dos veces más. Ella lo tomó en su boca y lo chupó con devoción. "¿Dónde quieres que acabe? ¿En tu boca o en tu culo?" Ella eligió por atrás. Con mucho lubricante y paciencia infinita, Benicio la preparó y entró despacio, llenándola por completo. Mientras él la amaba por detrás, ella se tocó a sí misma y estalló en un squirt que nunca había sentido. "Gracias, Dios mío… gracias por darme estos agujeros… y gracias por darme a este hombre que me ha brindado tanto placer." Ernestina le dijo que compartiría esto con sus hermanas del convento. Benicio asintió: "Que vengan una o dos por semana. Todas serán atendidas con respeto y cariño." Y desde ese día, las monjas y novicias del convento iban a la finca, una o dos juntas, y regresaban felices, libres, completas. Benicio se convirtió en el sostén más preciado de su bienestar.

Benicio estaba muy feliz. Había hecho mucho por el bienestar de toda la zona: las esposas arreglaron sus matrimonios y recuperaron su vida sexual, las monjas brillaban de felicidad, la mujer pequeña caminaba segura, la psicóloga volvía cuando el corazón la llamaba. Todas las mujeres eran felices. Solo Panchito, el joven del pueblo de corazón diferente, miraba desde lejos con tristeza. Benicio lo comprendió y lo respetó profundamente: "Mi camino es otro, muchacho, pero mereces ser feliz igual que todas ellas. Tu momento llegará."

Considerando que su obra estaba completa, Benicio decidió volver a su departamento en la capital. Antes de cerrar la puerta de la finca para siempre, mandó hacer un cartel de madera y lo clavó en el portón:

 

🌵 LA FINCA DEL VIEJO VERDE 🌵

Aquí vivió un hombre que entendió que el placer no es pecado,

que el cuerpo es templo y que la libertad es el mayor regalo.

Si vienes con respeto, encontrarás paz.

Si vienes con deseo, encontrarás recuerdo.

Si vienes con amor, encontrarás siempre un lugar.

No fui dueño de nadie. Fui amigo de todos.

Vivan libres. Vivan felices. Vivan sin vergüenza.

— Benicio ✨

 

Cerró el portón, subió a su moto, y arrancó con un rugido alegre. No se iba triste. Se iba satisfecho. Sabiendo que dejaba tras de sí un pueblo más feliz, más libre, más completo. Las mujeres lo vieron ir desde las ventanas, desde los caminos, desde el convento. Nadie lloró. Todas sonrieron y le mandaron un beso al viento. Hasta siempre, Benicio. Gracias por enseñarnos a vivir. 🌵🏍️❤️

Related posts

  • Un cuarto a oscuras

    Tanteando en la oscuridad, me topé con una linterna.

  • Una vez más

    Una vez más.

  • Tinta nocturna

    ''Hoy por fin me libero aquel sueño que me consumio anoche, estube en una lucha constante viendo como besabas otros labios y dormias en etros senos.. Que triste ver como el DIOS de los sueños me…

  • Fantasía.

    Fantasía En su pelo escarcha de sueños En sus labios carmín En sus manos tersas, nubes de ensueño Su piel mistica y sin fin No pisa la tierra con la planta de sus pies Sobre sus tobillos como…

  • No hablar claro también puede lastimar

    No hablar claro también es egoísta, porque mientras tú evitas una conversación, la otra persona se rompe la cabeza intentando entenderte.

  • Escapismo

    Me haces querer gritar,

  • Un Otoño deceado

    Había mañanas en que solo saber que ella iba a estar bajo el mismo techo me hacía abrir los ojos con otra gana. El colegio era el mismo de siempre: pasillos largos, pupitres rayados, el olor a…

  • Blanco

    Un rayo perpendicular impacta en el refulgente verde amaderado de una santarrita palida, desprovista de color en sus flores.