No hablar claro también es egoísta, porque mientras tú evitas una conversación, la otra persona se rompe la cabeza intentando entenderte.
A veces creemos que callar es una forma de evitar hacer daño.
Pensamos que si no decimos lo que sentimos, si dejamos pasar el tema o respondemos con un “no sé” cada vez que alguien pregunta qué queremos, estamos evitando una discusión.
Pero no siempre es así.
A veces el silencio también lastima.
Porque mientras tú decides no hablar, la otra persona empieza a buscar respuestas por su cuenta.
Se pregunta si hizo algo mal.
Si cambiaste de opinión.
Si todavía te importa.
Si existe alguna posibilidad.
Si debería esperar.
Y termina intentando interpretar cada palabra, cada mensaje y cada pequeño cambio en tu manera de tratarla.
Y qué agotador es querer entender algo que la otra persona podría explicar simplemente siendo sincera.
No necesitas tener todas las respuestas para hablar claro.
Puedes decir “no sé qué quiero”.
Puedes decir “necesito tiempo”.
Puedes decir “ya no siento lo mismo”.
Puedes decir “te quiero, pero no puedo ofrecerte lo que esperas”.
Puede doler escuchar cualquiera de esas cosas, pero al menos existe una verdad sobre la cual la otra persona puede tomar una decisión.
Lo que realmente desgasta es la incertidumbre.
Porque cuando alguien no habla claro, no solamente está guardándose lo que siente; también está dejando que la otra persona construya sus propias respuestas.
Y muchas veces esas respuestas terminan siendo mucho más dolorosas que la verdad.
Yo aprendí que prefiero una verdad que me duela una vez antes que una duda que me duela todos los días.
Prefiero saber dónde estoy parada que quedarme esperando señales.
Prefiero una conversación incómoda que semanas intentando descubrir qué significa un cambio de actitud.
Porque hablar claro no significa ser cruel.
Significa respetar el tiempo, los sentimientos y la capacidad de la otra persona para decidir qué hacer con la verdad.
Y si sabes que no puedes darle a alguien lo que espera, decirlo también es una forma de cuidarlo.
No hablar claro quizá te ahorre una conversación difícil…
pero puede condenar a la otra persona a tener cientos de conversaciones consigo misma intentando encontrar una respuesta que tú nunca quisiste darle.