Voy a diluir tu recuerdo, el beso, el sexo, las caricias y los nombres bonitos que nos poníamos, el cariño indiscutible de esos meses, y después, solo el maldito silencio. Dime tú, ¿cómo diluyo el agua con el aceite que recorría tu cuerpo? ¿Cómo diluyo estas lluvias de junio recordando tu vientre, el tatuaje de tu cadera? ¿Cómo le hago para quitarme estas ideas del maldito apego? ¿Cómo dejo y apago el maldito celular para no tener la tentación de hablarte? Me pediste no hablarte, me pediste espacio, pero en mi cabeza suena ya como una boda con otro fulano, como tu sonrisa en otros brazos.
Voy a diluir las comidas que compartimos, los vasos de agua que te serví, la comida que repartí, los lugares que conocí contigo. En algún momento, cuando pase el maldito duelo, los visitaré para ya no dividir la comida, no darte con mi tenedor, no espiar tus ojos y esa mirada tan preciosa que tú juras que no es, y que lo que veo solo es el reflejo, según, de lo que te idealizo. A lo mejor tienes razón; yo tengo mucha decisión y tú poca, yo tengo una certeza y tú ninguna, tú quieres conocer otros lugares, otras personas y, como en este párrafo, otras comidas.
Voy a diluir la visita a la montaña, tus ojos bajo las pinches estrellas, tu cuerpo desnudo en la casa de acampar, tus gemidos tapados por mi mano, tu cabello enredándose en mi boca. Parece ahora mentira que todo pasó, que estuvimos en un claro viendo el cielo y la naturaleza, viendo a Dios a los ojos entre lo verde y la luz natural, entre el olor a césped y a humo, entre las partes profundas de ese bosque al cual volveré solo para mandarte una foto. Y dondequiera que te encuentres, la recuerdes y la elimines del feed de tu galería. Porque así me borraste, te resistes a que hace diez años pasó igual: una noche, un encuentro, un abrazo, una tomada de la mano, intensidad. Y como ahora, sin hacernos daño, sin una grosería y sin ninguna culpa, nos volvemos a separar, con la única pinche diferencia de que ahora a mí me dolió más.
Voy a diluir esta experiencia de vida donde creo aún en el destino, voy a rebajarlo con certeza y una visión más objetiva sobre que no tengo el dinero para una relación, no tengo un carro, tengo a mi hija con una discapacidad, tengo problemas aún que resolver de mí, de mi apego, de mi vida, de mi corazón, de la necesidad imperante de querer a alguien más que a mí. ¿De no elegirme y después ya no quererte? Parece imposible, sí, pero como todo en mi vida, lo he sobrevivido, cariño, y lo seguiré haciendo, poniendo más empeño en mis acciones que en estas palabras. Entre tantas mezclas de personas, creo que veo a las mismas, solo con diferente rostro.
Voy a diluir mentiras, partidas y llegadas. La llegada de tu perro, las mentiras que me dije en los lugares que no sabía por qué estaba ahí, la mentira de acariciar a tu perro y pensar: "¿seré una dog person o estoy fingiendo por aferrarme a este exceso de amor?". A este exceso de bondad, de belleza, ¿qué le diré a Dios cuando me diga: "por qué no ayudaste a este ángel que te mandé, por qué no lo rescataste?", ¿qué le diré el día de mi juicio? Ahora puedo decir orgulloso que te quise, y te quiero. No me resisto a la corriente de tu amor, el que sea que me tengas. Inúndame o déjame sediento, deja que me arrastre, deja que me lleve, que me hunda, me sumerja, me apriete, me maree, que me llene los pulmones, que asfixie mi mente para solo sentir. Y no fingir que no me importa, porque sí me importa y demasiado.
Déjame quererte así, en silencio, de lejos, de puros huevos y ganas de hacerlo. De verte libre con otro de la mano, libre en otros labios, libre en otro cuerpo, libre en otra piel. Pero nunca prisionera de mi necesidad, nunca prisionera de mis deseos e ingobernabilidad, nunca lastimada por mí, sino llena de lo que más tengo para dar, de lo que me brota de las uñas, de los dientes, de la saliva, amor; de la mezcla incolora y pasional de mi mente, mi corazón y mis acciones. Te quiero, D, nunca lo olvides. No por lo que fuiste, sino por lo que eres ahora: seria, fría y trabajadora.