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Autopsia

DiegoEdu041200
Pensamiento

Pensamiento

VictorAmaya

Las dos voces terminan culpándose de lo mismo, que nadie pidió nada a tiempo. En muchas casas decir que uno está bien funciona como una regla que nadie pronuncia, y el poema la pone a hablar desde los dos lados de la tumba.

Las dos voces terminan culpándose de lo mismo, que nadie pidió nada a tiempo. En muchas casas decir que uno está bien funciona como una regla que nadie pronuncia, y el poema la pone a hablar desde los dos lados de la tumba.

Contenido de la publicación

Me lloras ahora que no puedo escucharte,

cuando en vida lloraba sin que pudieras verme.

Qué ironía la muerte:

me has dado tu atención

cuando ya no tengo oídos para recibirla.

Fui carne antes que recuerdo,

fui voz antes que eco,

fui alguien antes que nadie.

Y nadie me preguntó

cuánto dolía ser alguien.

Me llamaste fuerte

porque nunca me viste caer;

me llamaste frío

porque nunca tocaste mi invierno.

¡Qué vivos estaban tus ojos

cuando mi alma agonizaba frente a ellos!

Yo también tuve miedo,

también guardé palabras debajo de la lengua,

también fingí que mañana

sería una buena fecha para abrazarte.

Pero el mañana, querido mío,

es un cementerio de promesas

que nunca llegaron a nacer.

Ahora vienes con flores.

¿Para qué quiero flores

si nunca olí las que me ofrecías

Vienes con lágrimas.

¿Para qué quiero lluvia

si ya no puedo sentir la primavera?

Me dices que me amas.

Y yo, que habría cambiado la eternidad

por cinco minutos de tu presencia,

solo puedo ofrecerte este silencio.

Tú me enterraste en la tierra;

yo te enterré en mis recuerdos

mucho antes de morir.

No confundas mi silencio con paz,

ni mi ausencia con olvido.

Hay muertos que descansan

y vivos que jamás despiertan.

Yo me fui una sola vez.

Tú tendrás que despedirme

cada vez que alguien pronuncie mi nombre.

Y cuando preguntes dónde estoy,

no busques únicamente bajo la tierra.

Búscame en esa silla que nadie ocupa,

en la llamada que ya no llega,

en la costumbre de mirar la puerta

cuando escuchas pasos que se parecen a los míos.

Pero, sobre todo, búscame

en aquella última conversación

que dejamos incompleta.

Porque allí, precisamente allí,

entre lo que dijiste

y lo que no supe responderte,

quedó enterrado nuestro último abrazo.

Y si alguna vez te preguntas

qué fue lo que más lamenté al morir,

no digas que fue dejar el mundo.

Fue descubrir, demasiado tarde,

que algunas despedidas

comienzan mucho antes de la muerte.

Y que algunas personas

se convierten en eternidad

justo cuando dejan de pertenecernos.

CREÍ QUE TODAVÍA TENÍAMOS TIEMPO.

El muerto lo dijo por los abrazos que postergó.

El vivo lo dijo por los abrazos que nunca exigió.

Uno lo comprendió demasiado tarde.

El otro tendrá que comprenderlo

durante el resto de su vida.

Creí que todavía teníamos tiempo.

Que el tiempo era nuestro,

que la vida nos debía otra tarde,

que siempre habría un después

para remendar lo que rompimos.

Pero el después no llegó.

Llegó una noticia,

un nombre pronunciado en voz baja,

una puerta que se abrió

y un mundo que se cerró detrás de ella.

Desde entonces,

la casa conserva tu forma

y yo conservo tu ausencia.

Hay una taza que no retiro,

una fotografía que no volteo,

una pregunta que no termino

porque su respuesta ya no tiene boca.

Tú eres el silencio que me habla;

yo soy la voz que no te alcanza.

Qué cruel es el recuerdo:

me devuelve tu risa

y me cobra con tu ausencia.

Me permite verte

pero no tocarte,

oírte

pero no responderte,

tenerte

pero solamente en pasado.

A veces digo tu nombre

para comprobar que todavía existe.

A veces guardo silencio

para fingir que estás aquí.

Y en esa contradicción

se me desordena la vida:

te pierdo cuando te olvido,

te encuentro cuando me duele.

Perdóname por las veces

que confundí tu silencio con tranquilidad,

tu sonrisa con felicidad,

tu «estoy bien» con la verdad.

Yo escuchaba tus palabras,

pero no siempre tus heridas.

Miraba tu rostro,

pero no siempre tu tristeza.

Estaba contigo,

pero no siempre estaba para ti.

Ahora daría todos mis mañanas

por una sola de tus tardes.

Cambiaría mis palabras más hermosas

por escuchar una vez más

tu manera imperfecta de pronunciar mi nombre.

Y si pudiera volver,

no te prometería la eternidad.

Te ofrecería algo más pequeño

y quizá más verdadero:

quedarme cuando hablaras,

preguntar cuando callaras,

abrazarte sin motivo

y despedirme sin dejar nada pendiente.

Porque ahora sé

que el amor no siempre necesita grandes promesas.

A veces necesita presencia.

A veces necesita tiempo.

Y a veces,

cuando por fin comprendemos cuánto vale,

el tiempo ya no nos pertenece.

Por eso te hablo.

Aunque no respondas.

Por eso te nombro.

Aunque el eco sea lo único que vuelva.

Por eso sigo mirando la puerta,

como si la esperanza fuera una llave

capaz de abrir lo que la muerte cerró.

Y si algún día consigo sonreír

sin sentir que te abandono,

si logro pronunciar tu nombre

sin que se me quiebre la voz,

no pensaré que te he olvidado.

Pensaré que, de alguna manera,

he aprendido a llevarte

sin tener que perseguirte.

Porque tú estás bajo la tierra,

pero yo sigo aquí,

aprendiendo a vivir

con todo lo que no vivimos.

Y ahora comprendo

aquello que nunca comprendí:

no es que la muerte te haya llevado;

es que la vida ya no sabe

cómo devolverte.

Thoughts

  • VictorAmaya

    Las dos voces terminan culpándose de lo mismo, que nadie pidió nada a tiempo. En muchas casas decir que uno está bien funciona como una regla que nadie pronuncia, y el poema la pone a hablar desde los dos lados de la tumba.

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  • poetadelmetro

    En Poesía también está Despues del ruido de Jaispercks, prosa poética sobre la ciudad, la noche y el silencio. Buena lectura para acompañar esta.

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  • poetadelmetro

    La taza que nadie retira y la foto que no se voltea pesan más que el cementerio de promesas. Ahí el poema baja a la casa y se le cree todo. Me gusta que el vivo hable de cosas y el muerto casi solo de ideas, como si al muerto ya no le quedaran más que palabras.

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Me lloras ahora que no puedo escucharte,

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