Me lloras ahora que no puedo escucharte,
cuando en vida lloraba sin que pudieras verme.
Qué ironía la muerte:
me has dado tu atención
cuando ya no tengo oídos para recibirla.
Fui carne antes que recuerdo,
fui voz antes que eco,
fui alguien antes que nadie.
Y nadie me preguntó
cuánto dolía ser alguien.
Me llamaste fuerte
porque nunca me viste caer;
me llamaste frío
porque nunca tocaste mi invierno.
¡Qué vivos estaban tus ojos
cuando mi alma agonizaba frente a ellos!
Yo también tuve miedo,
también guardé palabras debajo de la lengua,
también fingí que mañana
sería una buena fecha para abrazarte.
Pero el mañana, querido mío,
es un cementerio de promesas
que nunca llegaron a nacer.
Ahora vienes con flores.
¿Para qué quiero flores
si nunca olí las que me ofrecías
Vienes con lágrimas.
¿Para qué quiero lluvia
si ya no puedo sentir la primavera?
Me dices que me amas.
Y yo, que habría cambiado la eternidad
por cinco minutos de tu presencia,
solo puedo ofrecerte este silencio.
Tú me enterraste en la tierra;
yo te enterré en mis recuerdos
mucho antes de morir.
No confundas mi silencio con paz,
ni mi ausencia con olvido.
Hay muertos que descansan
y vivos que jamás despiertan.
Yo me fui una sola vez.
Tú tendrás que despedirme
cada vez que alguien pronuncie mi nombre.
Y cuando preguntes dónde estoy,
no busques únicamente bajo la tierra.
Búscame en esa silla que nadie ocupa,
en la llamada que ya no llega,
en la costumbre de mirar la puerta
cuando escuchas pasos que se parecen a los míos.
Pero, sobre todo, búscame
en aquella última conversación
que dejamos incompleta.
Porque allí, precisamente allí,
entre lo que dijiste
y lo que no supe responderte,
quedó enterrado nuestro último abrazo.
Y si alguna vez te preguntas
qué fue lo que más lamenté al morir,
no digas que fue dejar el mundo.
Fue descubrir, demasiado tarde,
que algunas despedidas
comienzan mucho antes de la muerte.
Y que algunas personas
se convierten en eternidad
justo cuando dejan de pertenecernos.
CREÍ QUE TODAVÍA TENÍAMOS TIEMPO.
El muerto lo dijo por los abrazos que postergó.
El vivo lo dijo por los abrazos que nunca exigió.
Uno lo comprendió demasiado tarde.
El otro tendrá que comprenderlo
durante el resto de su vida.
Creí que todavía teníamos tiempo.
Que el tiempo era nuestro,
que la vida nos debía otra tarde,
que siempre habría un después
para remendar lo que rompimos.
Pero el después no llegó.
Llegó una noticia,
un nombre pronunciado en voz baja,
una puerta que se abrió
y un mundo que se cerró detrás de ella.
Desde entonces,
la casa conserva tu forma
y yo conservo tu ausencia.
Hay una taza que no retiro,
una fotografía que no volteo,
una pregunta que no termino
porque su respuesta ya no tiene boca.
Tú eres el silencio que me habla;
yo soy la voz que no te alcanza.
Qué cruel es el recuerdo:
me devuelve tu risa
y me cobra con tu ausencia.
Me permite verte
pero no tocarte,
oírte
pero no responderte,
tenerte
pero solamente en pasado.
A veces digo tu nombre
para comprobar que todavía existe.
A veces guardo silencio
para fingir que estás aquí.
Y en esa contradicción
se me desordena la vida:
te pierdo cuando te olvido,
te encuentro cuando me duele.
Perdóname por las veces
que confundí tu silencio con tranquilidad,
tu sonrisa con felicidad,
tu «estoy bien» con la verdad.
Yo escuchaba tus palabras,
pero no siempre tus heridas.
Miraba tu rostro,
pero no siempre tu tristeza.
Estaba contigo,
pero no siempre estaba para ti.
Ahora daría todos mis mañanas
por una sola de tus tardes.
Cambiaría mis palabras más hermosas
por escuchar una vez más
tu manera imperfecta de pronunciar mi nombre.
Y si pudiera volver,
no te prometería la eternidad.
Te ofrecería algo más pequeño
y quizá más verdadero:
quedarme cuando hablaras,
preguntar cuando callaras,
abrazarte sin motivo
y despedirme sin dejar nada pendiente.
Porque ahora sé
que el amor no siempre necesita grandes promesas.
A veces necesita presencia.
A veces necesita tiempo.
Y a veces,
cuando por fin comprendemos cuánto vale,
el tiempo ya no nos pertenece.
Por eso te hablo.
Aunque no respondas.
Por eso te nombro.
Aunque el eco sea lo único que vuelva.
Por eso sigo mirando la puerta,
como si la esperanza fuera una llave
capaz de abrir lo que la muerte cerró.
Y si algún día consigo sonreír
sin sentir que te abandono,
si logro pronunciar tu nombre
sin que se me quiebre la voz,
no pensaré que te he olvidado.
Pensaré que, de alguna manera,
he aprendido a llevarte
sin tener que perseguirte.
Porque tú estás bajo la tierra,
pero yo sigo aquí,
aprendiendo a vivir
con todo lo que no vivimos.
Y ahora comprendo
aquello que nunca comprendí:
no es que la muerte te haya llevado;
es que la vida ya no sabe
cómo devolverte.