Anda ya, la maleta hecha antes de que ella dijera que sí. Esos dos la tienen calada.
ARIAL 1
Pensamiento
Anda ya, la maleta hecha antes de que ella dijera que sí. Esos dos la tienen calada.
Contenido de la publicación
—Buenos días —escuché su voz, tan amable como siempre.
—Vamos, no puedes estar en la cama todo el día.
Abrió las cortinas y, de pronto, los rayos del sol iluminaron toda mi habitación. Entrecerré los ojos, intentando protegerme de aquella luz que parecía empeñada en obligarme a despertar.
—Por una vez, déjame dormir un poco más, por favor —le pedí, acomodándome entre las sábanas.
—Claro que no. Debes tener una rutina normal. No puedes pasarte todo el día en la cama.
Solté un suspiro y me cubrí el rostro con la almohada.
—Antes decías que necesitaba descansar y ahora me dices todo lo contrario.
—Vamos, el día está hermoso. ¿Recuerdas lo que me decías? Que siempre hay que vivir como si fuera el último día.
Me miró con una sonrisa, de esas que parecían tener el poder de aliviar mis preocupaciones, aunque fuera por unos instantes.
Me quedé en silencio durante unos segundos. Sabía que tenía razón, pero había días en los que encontrar las fuerzas para levantarme de la cama parecía una tarea mucho más difícil de lo que debería ser.
—Está bien, ya me voy a levantar —respondí, con un tono ligeramente molesto.
—Bueno, pues esperaré a que te levantes. Hasta que no te vea entrar a la regadera y escuche correr el agua, no me moveré de aquí —me aseguró con una paciencia que, en ocasiones, llegaba a desesperarme.
—¡Ya voy, ya voy! —protesté mientras apartaba las sábanas.
Finalmente, me levanté de la cama y me dirigí directamente a la regadera.
Mientras caminaba, no pude evitar pensar en lo mucho que significaba su presencia para mí. En aquellos momentos tan difíciles, cuando incluso las cosas más sencillas parecían convertirse en un desafío, siempre encontraba la manera de estar a mi lado.
No sabía qué haría si no estuviera conmigo. Quizá, sin su paciencia, sus palabras y esa forma tan suya de recordarme que todavía había motivos para seguir adelante, todo sería mucho más difícil.
Y, aunque a veces me costara admitirlo, me sentía profundamente agradecida de no tener que enfrentar aquellos días completamente sola.
Terminé mi rutina y bajé a desayunar. Allí estaba, tomando su café, con sus espectaculares gafas sobre la cabeza, como siempre.
—Oye, mi hermano acaba de hablar conmigo. Nos invita a pasar unos días en su humilde casa. Dice que siente mucho lo que te pasó y que quiere que sepas que puedes contar con él para lo que necesites. Ya sabes que él y su familia te aprecian mucho, ¿verdad?
Me quedé en silencio unos instantes, procesando sus palabras. No esperaba aquella invitación y, aunque agradecía de corazón el gesto, la idea de salir de casa y enfrentarme a un entorno diferente no me resultaba nada atractiva en ese momento.
—Muchas gracias, de verdad, pero no quiero ir a ningún lugar. Prefiero quedarme aquí —respondí, intentando que mi voz sonara tranquila.
No tenía ganas de explicar demasiado. Simplemente, no me sentía preparada para salir de mi pequeño refugio, ese lugar en el que, a pesar de todo, todavía encontraba cierta tranquilidad.
A veces, incluso las muestras de cariño más sinceras podían sentirse abrumadoras cuando una parte de ti aún intentaba comprender todo lo que había sucedido.
—Vamos, ¿por qué no quieres ir? Ya te lo dije, no puedes quedarte encerrada todo el tiempo.
Mientras hablaba, me puso delante un plato con huevos estrellados, algo de fruta y un vaso de jugo. Miré el desayuno y después levanté la vista hacia él.
—Vayan ustedes. Yo me quedo aquí —respondí, todavía sin muchas ganas de cambiar de opinión.
—No vamos a dejarte sola. Jamás te hemos pedido nada, por favor… —intervino la otra persona.
Su expresión era tan insistente que, por un momento, parecía un niño pequeño tratando de convencerme de hacer algo que yo no quería.
Además, desde que me habían traído allí, no había visto a mi hermano. Y, aunque no tenía demasiadas ganas de salir, una parte de mí también quería saber cómo estaba.
Suspiré, resignada.
—Está bien, pero solo unos días. Unos cuatro días, nada más.
—Sabía que terminarías diciendo que sí, Su Majestad —respondió Henry, con una sonrisa triunfal.
Henry, mi quintaesencia, mi mejor amigo y, además, mi caballero de compañía. Me conocía demasiado bien, y por la expresión de Joad, el de las gafas, supe que ambos habían estado convencidos de que acabaría aceptando.
—Así que ya está. Tu maleta está lista —anunció Henry con toda naturalidad.
Lo miré, incrédula.
—Espera… ¿me estás diciendo que ya sabían que iba a aceptar?
Joad sonrió, acomodándose las espectaculares gafas que llevaba sobre la cabeza.
—¡Claro que lo sabíamos! Además, podré enseñarle a mi hermano mi invento más importante. No puedo mostrárselo si tú no vienes, ¿verdad?
Lo observé durante unos segundos, intentando decidir si debía molestarme por aquella pequeña conspiración o simplemente aceptar que, cuando se trataba de ellos dos, mis posibilidades de salirme con la mía eran prácticamente nulas.
Al final, no pude evitarlo: una pequeña sonrisa comenzó a dibujarse en mis labios.
—Bueno, muchachos, ¿y cuándo nos iremos? —pregunté, mirando a ambos con cierta curiosidad.
Joad me respondió con una enorme sonrisa, como si llevara esperando aquella pregunta desde hacía rato.
—Mi hermano enviará su avión privado por nosotros. Llegará dentro de unas cuatro horas, aproximadamente.
—¿¡Cuatro horas!? —exclamé, completamente sorprendida—. Pero ¿cómo…?
—No te preocupes, Majestad —intervino Henry con una tranquilidad que contrastaba por completo con mi desconcierto—. Todo está arreglado.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar, mirándome con esa expresión que tan bien conocía y que, por alguna razón, nunca presagiaba nada bueno para mis planes.
—Además, no querrás que Alain se moleste porque nos demoramos. Ya le dijimos que iríamos y está muy emocionado por verte y recibirnos. Después de todo, desde que te trajiste a Joad contigo, no ha vuelto a verte.
El trayecto hasta el avión fue bastante rápido y, antes de que pudiera darme cuenta, ya estábamos a bordo.
Joad no dejaba de escribir. Cada vez que lo hacía durante tanto tiempo, sabía que tenía una nueva idea rondándole la cabeza, alguna invención que deseaba desarrollar y que, seguramente, no lo dejaría dormir hasta que consiguiera hacerla realidad.
Yo, en cambio, me limité a contemplar las nubes a través de la ventanilla. Honestamente, no tenía ganas de hacer nada. Después de todo lo que había pasado, incluso las cosas que antes me habrían entusiasmado parecían haber perdido su encanto.
Al cabo de un rato, aterrizamos.
—¡Su Majestad, bienvenida! El señor Alain me ha enviado para recibirlos. Sean todos bienvenidos. Que Alá los bendiga.
—Muchas gracias. Que Alá te bendiga también, estimado —respondí con amabilidad.
El hombre nos condujo hasta la humilde morada del hermano de Joad.
Sin embargo, en cuanto llegamos, me resultó difícil pensar en aquel lugar como una simple casa.
Alain salió a recibirnos. Primero saludó a Henry y después se acercó a su hermano.
—Hermano mío, que Alá te bendiga.
Joad, con una enorme sonrisa, lo abrazó con entusiasmo.
—Que Alá te bendiga a ti también, mi querido hermano.
Después de aquel cálido reencuentro, Alain se volvió hacia mí.
—Su Majestad —dijo, inclinándose ligeramente antes de darme un beso en la frente—. Que Alá te bendiga. Lamento muchísimo lo que ha sucedido, pero sabes que mi pueblo y yo estamos aquí para ti. Lo sabes, ¿verdad?
Alain era un joven de unos treinta años, aproximadamente de mi edad. Tenía un lunar prominente cerca del ojo izquierdo, al que siempre se refería en tono de broma como su tercer ojo.
En su cultura, tener varias esposas era considerado por muchos un símbolo de riqueza y prestigio. Alain, por supuesto, no era ajeno a aquella costumbre.
—Muchas gracias —respondí, regalándole una sonrisa.
Pero aquella sonrisa no duró demasiado. Poco a poco, se desvaneció de mis labios.
—Bueno, ¿qué esperan? Pasen, por favor. Están en mi humilde morada —anunció Alain, invitándonos a entrar.
Aquel hombre, que nos recibía con tanta sencillez y calidez, era nada menos que el sultán de Majari.
Thoughts
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PermalinkAnda ya, la maleta hecha antes de que ella dijera que sí. Esos dos la tienen calada.
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PermalinkHenry esperando junto a la puerta hasta oír correr el agua de la regadera me pareció la forma más real de cuidar a alguien: no discutir, solo quedarse. Me hace pensar en que este trío va a sostener toda la historia, y apuesto a que el invento de Joad termina importando más de lo que parece. Bienvenida a Seavien, @isabelladublan!
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PermalinkVaya,amo las historias de diferentes culturas,me dejas esperando la siguiente parte con curiosidad de ver qué sigue,eh :3
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—Buenos días —escuché su voz, tan amable como siempre.