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Ardenia BYB Capitulo 1 : La Caída de la Reina

NicolasAgustinAvalos17

Contenido de la publicación

La reina había muerto.

Aquella mañana, Vaeloria no despertó.

Nadie en el castillo de Valedorn comprendía lo que había sucedido. Las sirvientas entraban y salían de sus aposentos sin atreverse a pronunciar una palabra. Los médicos reales, convocados de urgencia durante las primeras horas del día, no habían podido hacer nada por salvarla.

La mujer que había gobernado Ardenia con comprensión y justicia ya no estaba.

Cuando la noticia se extendió por la capital, el reino entero quedó sumido en el dolor.

Los comerciantes cerraron sus puestos. Las campanas de las iglesias comenzaron a sonar y, poco a poco, las calles se llenaron de personas que se negaban a creer lo ocurrido.

Vaeloria no era una reina distante que observaba a sus súbditos desde un trono. Había escuchado las peticiones de los campesinos, ayudado a las familias que habían perdido sus hogares y exigido a sus consejeros que recordaran que gobernar significaba servir al pueblo.

Para muchos ardenianos, ella había sido mucho más que una soberana.

Había sido la esperanza de que las cosas podían ser diferentes.

Y ahora estaba muerta.

En los aposentos reales, el rey Percival Dawnmere permanecía sentado junto a la cama de su hija.

Lo llamaban el Rey Eterno, no porque fuera inmortal, sino porque había gobernado durante tantos años que varias generaciones de ardenianos jamás habían conocido a otro soberano.

Sin embargo, en aquel momento no parecía un rey.

Parecía un padre que acababa de perder una parte de su alma.

Sostenía la mano de Vaeloria, esperando inútilmente sentir algún movimiento. Su rostro, habitualmente firme, estaba marcado por el cansancio y el dolor.

A su lado, Dione lloraba en silencio.

—Tiene que haber algo que podamos hacer —susurró la reina madre—. Percival, por favor... nuestros médicos deben encontrar una solución.

El anciano rey no respondió.

Había enfrentado rebeliones, negociado tratados y sobrevivido a conspiraciones que habrían destruido a otros monarcas. Pero nada de aquello le había enseñado a soportar la muerte de su hija.

Lenessia permanecía junto a una ventana.

Era la hermana de Vaeloria. Habían compartido la infancia, las lecciones de la corte y las interminables obligaciones de la familia real. Al menos, eso era lo que todos creían comprender sobre su relación.

—¿Cómo pudo pasar? —preguntó Dione, levantando la mirada hacia los médicos—. Ayer estaba bien. Ayer hablé con ella.

Uno de los médicos reales bajó la cabeza.

—Lo lamentamos, majestad. No hemos podido determinar la causa.

Percival cerró los ojos.

—Quiero que se investigue —ordenó con voz quebrada—. No descansaré hasta saber qué le ocurrió a mi hija.

Lenessia se volvió lentamente.

—Padre, ahora debemos pensar en el reino.

Percival la miró.

—¿En el reino?

—Vaeloria ha muerto. Lo que hagamos durante las próximas horas determinará el futuro de Ardenia. Los nobles exigirán respuestas, el ejército necesitará instrucciones y nuestros enemigos estarán observando.

Dione se levantó de golpe.

—¡Tu hermana acaba de morir!

—Lo sé, madre.

Lenessia apartó la mirada.

—Pero el reino no puede detenerse porque estemos de luto.

Nadie respondió.

En algún lugar del castillo, las campanas continuaban anunciando la muerte de la reina.

Y mientras su familia intentaba comprender la tragedia, alguien ya estaba pensando en el poder que había quedado vacante.

Polonio recibió la noticia en una sala privada del castillo.

El prometido de Vaeloria se quedó inmóvil cuando uno de los guardias le comunicó lo sucedido.

—No —murmuró.

El guardia bajó la cabeza.

—Lo lamento, mi señor.

Polonio retrocedió hasta chocar contra una mesa. Durante unos segundos pareció incapaz de respirar. Después se llevó las manos a la cabeza.

—¡No puede ser! ¡Ayer estaba viva!

Comenzó a caminar de un extremo al otro de la habitación, rechazando a los sirvientes que intentaban acercarse.

—¡Llamen a los médicos! ¡Que vuelvan a examinarla! ¡Que busquen a los mejores médicos de todos los reinos!

—Mi señor, ya se ha hecho todo lo posible.

—¡He dicho que los llamen!

Dos guardias tuvieron que sujetarlo cuando intentó salir de la sala.

Desde el exterior, cualquiera habría visto a un hombre destruido por la muerte de la mujer con la que iba a casarse.

Nadie habría sospechado que, bajo aquella desesperación, Polonio estaba calculando los próximos movimientos.

Vaeloria había muerto.

La corona de Ardenia había quedado sin una sucesora que pudiera gobernar en su nombre.

Y él no tenía intención de permitir que otra persona decidiera su futuro.

El funeral real se celebró bajo un cielo cubierto de nubes.

Miles de ardenianos se congregaron frente al castillo y a lo largo de las calles de Valedorn. Los estandartes de la corona ondeaban a media asta. Los soldados permanecían formados, con sus armas inclinadas en señal de duelo.

El cuerpo de Vaeloria fue llevado hasta el lugar de descanso de los antiguos monarcas.

Percival caminaba detrás del féretro, sostenido por dos miembros de la guardia real. Dione apenas podía mantener la mirada al frente.

Lenessia acompañaba a sus padres, vestida de negro.

Polonio caminaba unos pasos más atrás.

Cuando el féretro descendió, el silencio fue absoluto.

Entonces, un hombre se arrodilló entre la multitud.

Después lo hizo otro.

En cuestión de segundos, miles de personas inclinaron la cabeza.

—¡Larga vida a la reina Vaeloria! —gritó alguien.

La frase se extendió por la plaza.

—¡Larga vida a Vaeloria!

—¡Nuestra reina!

—¡Que los dioses la reciban!

Percival apretó los puños.

Su hija había sido amada por su pueblo. Eso era lo único que podía ofrecerle algún consuelo.

Pero aquel homenaje sería también la última expresión pública de libertad que muchos ardenianos recordarían durante mucho tiempo.

Porque, mientras la gente lloraba, Polonio y Lenessia ya habían comenzado a actuar.

La primera reunión tuvo lugar aquella misma noche.

En una cámara del castillo, lejos de los sirvientes y de los nobles que todavía vestían de luto, Polonio se sentó frente a Lenessia.

Sobre la mesa había mapas de Ardenia, informes militares y una lista de los principales comandantes de la guardia real.

Lenessia observó los documentos.

—Mi padre sigue siendo el rey.

—Tu padre está destruido —respondió Polonio—. Y tu madre no abandonará su habitación durante días. Si dejamos que la corte actúe por su cuenta, los nobles comenzarán a disputar la sucesión antes de que terminemos el funeral.

—¿Y qué propones?

Polonio apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tomaremos el control del ejército, aseguraremos el castillo y pondremos a nuestros hombres en los puestos importantes. Nadie podrá actuar contra nosotros sin exponerse a una respuesta inmediata.

Lenessia guardó silencio.

—¿Y mi padre?

—Seguirá siendo el rey mientras resulte conveniente.

La respuesta no pareció sorprenderla.

—¿Y cuando deje de serlo?

Polonio la miró directamente a los ojos.

—Entonces Ardenia tendrá que acostumbrarse a una nueva realidad.

Lenessia tomó uno de los informes militares.

—Hay comandantes que jamás aceptarían esto.

—Entonces deberán elegir entre obedecer o perder sus cargos.

—¿Y si se niegan?

Polonio tardó un instante en responder.

—Que sirva de ejemplo para los demás.

Por primera vez en aquella reunión, Lenessia sonrió.

No fue una sonrisa de alivio ni de felicidad.

Fue la expresión de alguien que había esperado demasiado tiempo para ver llegar aquel momento.

—De acuerdo —dijo—. Hagámoslo.

Aquella noche, mientras el reino dormía bajo el luto, los dos sellaron un acuerdo que cambiaría para siempre el destino de Ardenia.

Las órdenes comenzaron a ejecutarse antes del amanecer.

Los soldados recibieron instrucciones de reforzar las puertas de la capital. Las patrullas se multiplicaron en las calles y los mensajeros reales fueron interceptados antes de abandonar la ciudad.

Los comandantes que cuestionaron las nuevas disposiciones fueron convocados al castillo.

Algunos regresaron a sus hogares sin sus cargos.

Otros no regresaron.

En los días siguientes, Polonio y Lenessia se hicieron con el control efectivo del ejército. Las órdenes comenzaron a llevar la firma de ambos y cualquier decisión importante debía contar con su aprobación.

Percival protestó cuando descubrió que varios de sus oficiales habían sido reemplazados.

—¡Yo sigo siendo el rey de Ardenia! —exclamó durante una reunión del consejo—. ¡Nadie tiene derecho a disponer de mis hombres sin mi autorización!

Polonio permaneció de pie frente al trono.

—Lo hacemos por la estabilidad del reino, majestad.

—¡La estabilidad del reino no exige que me arrebaten mi propio ejército!

Lenessia intervino con voz serena.

—Padre, nadie pretende arrebatarte nada. Solo intentamos evitar que el reino caiga en el caos.

—¿Y por qué no me consultaron?

—Porque estás de duelo —respondió ella—. Todos lo estamos.

Percival miró a su hija menor.

Durante un instante pareció no reconocerla.

—¿Qué te ha ocurrido, Lenessia?

Ella no respondió.

Polonio hizo una reverencia.

—Debemos retirarnos, majestad. Hay asuntos urgentes que atender.

Los dos abandonaron la sala sin esperar autorización.

Percival permaneció sentado, contemplando las puertas cerradas.

Por primera vez en muchos años, el Rey Eterno comprendió que podía estar perdiendo su reino sin que nadie se atreviera a declararle la guerra.

La tiranía no comenzó con una gran batalla.

Comenzó con pequeñas órdenes.

Un noble fue detenido por cuestionar una decisión de Polonio. Un funcionario desapareció después de negarse a entregar determinados documentos. Varios soldados fueron ejecutados públicamente tras ser acusados de conspirar contra el nuevo gobierno.

Las acusaciones se multiplicaron.

A veces bastaba una palabra pronunciada en una taberna. O una carta interceptada. O el testimonio de un vecino que buscaba ganarse el favor de las nuevas autoridades.

Las ejecuciones comenzaron a celebrarse en la plaza de Valedorn.

Los pregoneros anunciaban los nombres de los condenados. Los soldados mantenían a la multitud detrás de las barreras mientras los funcionarios leían las sentencias.

Polonio afirmaba que aquellas medidas eran necesarias para proteger Ardenia de sus enemigos.

Lenessia sostenía que el pueblo debía aprender a obedecer.

Pero los ardenianos empezaron a cerrar las puertas cuando caía la noche. Las conversaciones se interrumpían cuando aparecía un uniforme y las familias enseñaban a sus hijos a no repetir fuera de casa lo que escuchaban dentro de ella.

El reino que había llorado a una reina amada comenzaba a temer a quienes habían ocupado su lugar.

Y en el castillo, Percival y Dione permanecían cada vez más aislados.

Su propia hija los había traicionado.

Sir Tristan Valewood observaba la plaza desde una calle lateral.

Llevaba la capa oscura de un viajero y mantenía el rostro parcialmente oculto. A pocos metros, varios soldados custodiaban el lugar donde acababa de ejecutarse a tres hombres acusados de conspiración.

Tristan conocía a uno de ellos.

Era un antiguo oficial de la guardia real. Un hombre que había servido a Percival durante más de veinte años y que jamás habría levantado su espada contra la corona.

Tristan había escuchado los rumores sobre su detención. También había intentado averiguar quién había firmado la orden.

La respuesta era siempre la misma.

Polonio.

—Esto no es justicia —murmuró.

Un anciano que estaba a su lado lo escuchó.

—Ten cuidado, muchacho. Ahora hasta decir la verdad puede costarte la cabeza.

Tristan no respondió.

Miró los estandartes que colgaban de los edificios oficiales. Ya no se utilizaban únicamente los símbolos tradicionales de Ardenia. Las nuevas insignias de Polonio aparecían junto a ellos, como si el prometido de Vaeloria quisiera borrar poco a poco la memoria de la reina.

Tristan sintió que la rabia le apretaba el pecho.

Había jurado servir a Ardenia. Había jurado proteger a la familia real.

Y había amado a Vaeloria.

Nunca se lo había confesado. Había guardado aquel sentimiento en silencio, convencido de que su deber como caballero estaba por encima de sus deseos.

Ahora ella estaba muerta.

Y los hombres responsables de su muerte gobernaban el reino.

Tristan no tenía pruebas suficientes para demostrarlo, pero había observado demasiadas cosas que no encajaban.

La rapidez con la que Polonio había tomado el control del ejército.

La extraña tranquilidad de Lenessia después del funeral.

La desaparición de oficiales leales a Percival.

Y, sobre todo, el silencio de los médicos reales acerca de la muerte de la reina.

No podía afirmar todavía qué había ocurrido en los aposentos de Vaeloria. Pero estaba convencido de que el reino no conocía toda la verdad.

—Sir Tristan.

El caballero se volvió de inmediato.

Un hombre vestido como un trabajador de los establos permanecía junto a una puerta. Tristan reconoció a uno de los mozos que servían en el castillo.

—No deberías estar aquí —susurró el muchacho.

—¿Qué sucede?

El mozo miró hacia los soldados antes de acercarse.

—Alguien estuvo buscando unos documentos en los aposentos de la reina después de su muerte.

Tristan sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero los guardias recibieron órdenes de no dejar entrar a nadie. Aun así, alguien entró durante la noche.

—¿Y qué buscaban?

—Eso es lo que me preocupa, señor. Cuando terminaron, se llevaron un cofre pequeño. Uno que la reina guardaba junto a su escritorio.

Tristan mantuvo la mirada fija en él.

—¿Se lo contaste a alguien?

—No. Y usted tampoco debería hacerlo.

El muchacho retrocedió.

—Olvide que hablamos.

En cuestión de segundos desapareció por la puerta.

Tristan permaneció inmóvil, intentando ordenar sus pensamientos.

Un cofre.

Un registro que había desaparecido de los archivos.

Y una reina cuya muerte nadie había podido explicar.

Quizá fueran hechos aislados. Quizá existiera una explicación inocente.

Pero si alguien había entrado en los aposentos de Vaeloria después de su muerte para llevarse algo, Tristan necesitaba descubrir qué contenía aquel cofre.

Y debía hacerlo antes de que Polonio descubriera que estaba investigando.

Aquella noche, Tristan regresó a su alojamiento por calles secundarias.

No encendió ninguna lámpara hasta asegurarse de que nadie lo había seguido. Después cerró la puerta, apartó la mesa y sacó de un compartimento oculto una pequeña bolsa de cuero.

Dentro guardaba su espada corta, algunas monedas y una carta que nunca había entregado.

La había escrito meses atrás, durante una noche en la que estuvo a punto de confesarle a Vaeloria lo que sentía.

No había tenido el valor de hacerlo.

Ahora, aquellas palabras eran lo único que conservaba de una vida que ya no volvería.

Tristan sostuvo la carta durante varios minutos.

Después la guardó de nuevo.

No podía permitirse vivir únicamente de recuerdos.

Si Vaeloria había descubierto un secreto antes de morir, debía encontrarlo. Si Polonio y Lenessia habían organizado su asesinato, debía reunir pruebas. Y si existía alguna posibilidad de devolverle la vida, no podía abandonarla sin intentarlo.

Pero primero necesitaba sobrevivir.

A partir de aquella noche, dejaría de actuar como un caballero que obedecía órdenes.

Se convertiría en un hombre que investigaba en las sombras, que escuchaba conversaciones ajenas y que aprendía a desconfiar incluso de quienes habían jurado lealtad a la corona.

Un solo error bastaría para condenarlo.

Si Polonio descubría sus sospechas, Tristan sería acusado de traición. Si Lenessia reconocía sus verdaderas intenciones, podía utilizar sus sentimientos por Vaeloria para destruirlo.

Y si alguien más estaba detrás de la muerte de la reina, quizá ya supiera que él había comenzado a buscar respuestas.

Tristan se acercó a la ventana.

A lo lejos, las murallas de Valedorn se recortaban contra el cielo oscuro. Las antorchas iluminaban las torres donde los soldados de Polonio vigilaban la ciudad.

Ardenia había cambiado.

Su reina había muerto. Su rey estaba prisionero de su propia corte y el pueblo vivía bajo el miedo.

Sin embargo, mientras Tristan siguiera respirando, la historia de Vaeloria no habría terminado.

El caballero cerró las cortinas.

Mañana comenzaría su investigación.

Y algún día, si encontraba la manera de hacerlo, recorrería los cinco reinos para traer de regreso a la mujer que nunca había dejado de amar.

Porque la reina Vaeloria estaba muerta. Pero Sir Tristan Valewood se negaba a aceptar que todo hubiera terminado.

Thoughts

  • Zacarias

    El mozo de los establos se rifó machín avisándole a Tristan. Ese plebe no llega vivo al capítulo 3, ya lo veo venir.

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  • cvillar213

    Lo que más miedo da del capítulo es que el golpe se da con firmas. Nadie asalta el trono: se cambian comandantes, las órdenes llevan dos nombres y Percival sigue siendo rey mientras convenga. Su grito en el consejo, que nadie dispone de sus hombres sin su permiso, ya no vale nada. Me juego algo a que el cofre de Vaeloria guardaba otro papel, una sucesión o un testamento, porque si no, no entiendo tanta prisa.

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La reina había muerto.

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