Entonces miré tus tristes ojos, esos ojos que me transmitieron tristeza. Vi tu cuerpo escuálido, casi sin vida. Te tomé entre mis manos y quise guardarte dentro de mi corazón.
En tu mirada se reflejaba una gran soledad, casi como un inmenso mar. Te miré y entonces comprendí que tú y yo compartíamos algo que nadie más entendía: esa soledad.
Tus ojos negros me hicieron brotar lágrimas. Quería cargarte, besarte y decirte: “No temas, ya estoy aquí”. Quería darte un lugar seguro, pero no pude. Y es algo que lamento.
Lloré desesperadamente. Quise gritar y maldecir a todo el mundo. Después de todo, la humanidad tenía la culpa. Los seres humanos son seres despreciables; solo hacen daño a criaturitas como tú.
Quise llevarte, pero no pude. Tus grandes ojos y tus grandes ojeras se quedarán en mi mente para siempre.
Te quiero, Trompita.