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Apartado cuatro, primer capítulo.

Felipe1606
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La materia, el átomo… esta realidad de carne. Apegarse a ello a tales ornamentos es una ilusión… jarrones efímeros, un plano delicado y caótico. Lo real, la grandeza… lo sempiterno, solo se halla en el más allá

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Nicanor

¿Salomón de verdad va a poder controlar a 72 demonios sin que ninguno se le escape? Porque Belial casi lo mata.

¿Salomón de verdad va a poder controlar a 72 demonios sin que ninguno se le escape? Porque Belial casi lo mata.

Contenido de la publicación

IV

 

El báratro era el lugar predilecto para muchos seres extraños, entre ellos, los demonios… había unos como Lamashtu, cuya casa la tenía en un lugar llamado Tierra. Su forma humanoide caminaba libre entre los senderos del tiempo. Apareciendo en todas las épocas, en todas vidas… y, cuando se cansaba, viajaba lejos, apareciendo en todas las realidades. A veces aparecía con cabeza de águila y extremidades humanas. Otras veces, se manifestaba con cuerpo que mezclaban dos seres diferentes, seducía a vírgenes nobles para engendrar vida. El dios humano Poseidón lo odió por suplantarlo. La historia fue así: Lamashtu, andaba aburrido. Aparecía allí, luego por allá y nada le satisfacía. Cuando, con forma de ave, notó desde las alturas una mujer que se bañaba en un baño exquisito, haciendo de la escena todo un manjar a la vista del demonio que, sin pensarlo, bajó y se dejó endulzar de la presencia de aquella reina de piel de pétalo. Cegado por la belleza de Pasifae, el infernal quiso atentar contra su esposo, el rey Minos y tomar su forma. Mas el monarca había hecho enemistad con Poseidón y, según le habían contado los peces, el demonio supo que este metahumano (porque sabía que no era un dios en sí) actuaría rápido y teniendo la apariencia de Minos, deseaba disfrutar de su esposa por un largo tiempo. Suspiro de indignación. Entonces, direccionando un fastidio hacia aquel que dañaba sus planes, Lamashtu, con forma de tritón, visitó la morada del dios de los mares griego. El demonio nadó tranquiló por aquella ciudadela de perla y coral hasta que halló donde vivía Poseidón. Cambiando de forma constantemente, pudo entrar a los aposentos del hermano mayor de Zeus y lo metió en una botellita de cristal. Lamasthtu, mirándolo con prepotencia, le muestra al hombre superhumano como sus brazos, su torso, su cara empieza a copiarlo. Y dejándolo a un lado de un estante, espero a la noche que apareciera Anfítrite, esposa de desdichado Poseidón. Tras transcurrir una semana de lascivia ambrosía, Lamashtu se dirigió a la isla de Creta y castigó a Minos, que también lo veía como culpable de su pena. En una noche, donde una neblina cubrió toda la isla de Creta. Y el demonio apareció, había dormido a Minos y tomado su forma, forma que se alteró al ver a su esposa, que desnuda dormía sobre la cama. Cuando ella despertó, vio una criatura indescriptible que se abalanzaba sobre ella. Hasta que su pánico pudo más que desconcentró al demonio tirándola de nuevo sobre la cama y puso una de sus manos sobre su cabeza. La pobre mujer tembló y, al tranquilizarse su respiración, se dejó llevar del encanto de un toro humanoide que la llevaba al extremo del clímax. Meses después nació el minotauro, una criatura que fue el origen de una raza que aún vive en la actualidad. Así era Lamashtu. Un demonio que estaba en lo terrenal y en lo espiritual. Un ser que usaba el infierno como lugar de reposo. Iba de aquí allí, incluso, se colaba en el Paraíso con una sutileza divina.

 

Pero, ante el poder que un caído podía tener, había otros que eran esclavos… sometidos y llevados al infierno a sufrir o a simplemente a vivir, como Purson, preso de la magia de Salomón. Este infernal era un ser trinidad: estaba Velth, un robusto anciano con cabeza de león que representaba la sabiduría. En su mano izquierda, él sostenía una trompeta; cuya musicalidad anunciaba la presencia del peligroso demonio… si le escuchabas cerca; entonces, él se encontraba lejos. Pero, el temor aparecía cuando percibías acullá su música; pues se encontraba allí, al lado de su presa. En su mano derecha, estaba enroscada Philimgar, una serpiente de mal temperamento y carácter antipático; cuya astucia y adaptabilidad la representaban. El recio abuelo montaba a Garthaborus, un oso que aludía a la fuerza y salvajismo. Los tres eran Purson, un espíritu maligno que imponía con picardía la gnosis para someter al instinto brutal y carnal. Por ello, este infernal no utilizaba la fuerza para alimentarse como otros demonios; cuya ferocidad y horror también hacían trepidar de espanto a algunos de sus congéneres.

Como pasaba en ese momento atemporal dentro de la certidumbre de Purso, demonio cautivo a la magia de Salomón. Su tensión empezaba a apolillar su sosiego porque tenía la impresión que su ciudadela iba a ser atacadas por criaturas tan feroces que no lograba descansar. ¡Salir del infierno! ¿Cómo hacerlo? Un deseo complejo para él o ellos; pues desde que el rey elfo híbrido Salomón[1] redactó su gran libro conocido como La llave mayor, Purson y otras 71 entidades demoniacas sólo podían habitar lo terrenal cuando eran llamados por un invocador. Y esto se debía a que Salomón logró someter, con la astucia de su magia, a estos ángeles caídos, para luego hacer de ellos sellos arcanos y volverlos, de tal manera, en objetos de invocación. Es decir, Purson junto a los otros espíritus rebeldes, ya no podían deambular libres en el multiverso terrenal y astral; ya que el sello impuesto por Salomón los situaba dentro de un lugar muy específico y con una feroz demanda inquebrantable: en el infierno, hasta que un invocador les llame y les otorgue la libertad. A cambio, la entidad del averno le concedería sus habilidades al individuo que lo invocó. Aunque, activar los sellos y ofrecer una invitación a estos seres diabólicos al plano de los vivos conllevaba recíprocamente un precio muy alto… la vida; pues el demonio se alimentaría de la esencia mortal del invocador; satisfaciéndose con su sangre, fatalidad que palpó desgraciadamente Salomón.

 

En la antigüedad, los nobles al nacer manifestaban dotes excepcionales. Otros, que eran los casos más extraños, debían esperar con ansiedad a la edad de cinco años para que la pericia hiciera aparición. Si llegase a pasar dicha edad y ningún atributo sobrehumano se presentaba, se asimilaba como un suceso de infortunio que golpeaba drásticamente el destino magnánimo del linaje. Por ello, para erradicarla, la muerte del infante era prioridad. Salomón, al nacer, no manifestó don alguno. Aunque su familia no sintió prisa alguna; pues confiaban en la longevidad y majestuosidad de su estirpe. Y, cuando el pequeño noble empezó a balbucear vocablo alguno movía cosas, destruía seres, creaba vida, manifestó todo un lenguaje propio de un habilidoso la mago se hizo presente en el futuro rey. Desde aquel momento, el control de la realidad por medio de la palabra, pericia muy temida hasta hoy en día, fue el don que tuvo Salomón. Al ir creciendo, el heredero al trono iba perfeccionando su arte, el cual direccionó plenamente hacia el control de su suerte. De ahí que, si necesitaba fuerza, capturaba bestias y las sometía para canalizar su barbarie hacia sus frágiles músculos y volverse así en un titán; enfrentando o confrontando a cualquier otro homo-sacer[2] como él. Con la magia, Salomón, hijo del majestuoso rey David, se volvía señor de la realidad y, sin importar qué otra pericia lo desafiaba, él siempre salía victorioso. Su conocimiento lo desarrollaba a media que exploraba su habilidad en soledad, sin adoctrinamientos académicos. Y fue a una corta edad que conoció aquello que lo hipnotizaría de por vida. La mañana era lluviosa, pero en el palacio real del Rey David, se respiraba un ambiente cálido que, mezclado con el petricor del evento, daba un confort en la familia real, que comían sin afanes. De pronto, mientras su lengua degusta de la fruta, tuvo una epifanía que lo encerró en un destello, desapareciendo de la vista de sus padres, cuyos ojos perplejos quedaron. Tenía 7 años cuando Salomón caminó por lo etéreo. Su cuerpo había caído en un bosque desconocido. Y sobre una pradera plácida, su mente descubrió muchas de las verdades ocultas en la cotidianidad de la vida. Su desboblamiento se agudizaba más y más a medida que crecía. Fue muy receloso con lo que aprendía. Aquel resultado de sus exploraciones era solo de él y para él. Entonces, escribió sus sapiencias en complicados dédalos de papel y tinta, papiros estudiados con pauta doctrinal por sus pupilos, complejos acertijos envueltos en un lenguaje llenos de símbolos únicos e indescifrables. Con sus viajes, llenos de aventura, fue más consciente del biplano: lo material y astral o espiritual; acuñando el término de caminante a aquellos que en vida podían deambular por los sempiternos senderos bifurcados de lo intangible como él lo hacía.

 

Un día, sentado en ese mismo bosque donde su exploración comenzó, tras pasar 6 años, otra epifanía le invadió su espíritu y con un centello de fuego desapareció del lugar. A kilómetros del Palacio, había un volcán… allá llegó. Dentro, el aíre era pesado y feroz, quemando su pulmones y carne. No escapó, comprendió que su cuerpo lo había llevado allí para seguir en esa transformación y, relajando sus hombros, se dejó llevar del martirio hasta que las llamas lo cubrieron. El tiempo transcurría. En los primeros días, el plasma ardiente había penetrado su piel, colándose dentro de su sangre, sensación que casi lo lleva a la locura del dolor. Sin embargo, resistió. Al pasar los meses, sintió carbonizarse. Pero su corazón seguía. Y en una noche, el volcán hizo erupción, emergiendo de él un ser magnánimo, de uñas de obsidiana y carne de olivino. Salomón había aprendido a dominar el fuego. Así fue con todos los elementos, muriendo y naciendo en cada esencia que construye la realidad del átomo, llenándolo de orgullo y vanidad. Mas su avaricia lo molestaba con punzante determinación. Entonces, en noches que no podía dormir, asaltado con la podredumbre de que estaba incompleto… sus labios hablaron después de enfermizo encierro y articularon que noches de vigilia pudieron conceptualizar: -Quiero más…   

 

 

 

 

 

 

***

La materia, el átomo… esta realidad de carne. Apegarse a ello a tales ornamentos es
una ilusión… jarrones efímeros, un plano delicado y caótico.
Lo real, la grandeza… lo sempiterno,
solo se halla en el más allá   

 

Cada viaje a lo astral era una oportunidad de aprendizaje para Salomón, exploraciones que registraba con fecha y detalle en libros escritos para él mismo o para alguno que tenga la virtud de entenderlos sin llegar a la locura. En una ocasión, cuando el rey mago caminaba por el más allá con el fin de estudiar profundamente la composición de los objetos que se podían encontrar en dicho plano de ensueño etéreo sin tiempo; el soberano notó que se encontraba caminando en el interior de un gigantesco aro de tierra cuyos extremos rozaban otras enormes figuras. A medida que daba cada paso, su capacidad de asombro explotaba sus pupilas de la magnificencia que contemplaba: islas esféricas de roca y cubos de violentos gases huracanados orbitaba el cielo, si aquello era un cielo. Todo pasaba por encima de Salomón. Criaturas saltaban de un lado a otro. Cascadas de ríos púrpuras se movían con maestría entre cada espacio de tierra que giraba en una armonía curiosa. Había muchas estructuras asimétricas, cuya forma era un capricho de lo desconocido… poliedros que colindaban unos con otros en simpática armonía y de ellos brotaban bosques y desiertos, sabanas y llanuras, montañas y océanos; un sinfín de escenarios salvajes y cálidos. Maravillado, el mago recorrió un vasto valle, cuya hierba multicolor ofrecía un espectáculo de calma, mezclado con un fuerte y fino aroma a campo, leña y vino. Dentro de aquella ambrosía, el rey estudió todo lo que percibía y, mientras se distrajo a analizar la materia del suelo, advirtió que alguien o algo se iba acercando. Se irguió para ver mejor que era eso que se atraía por su presencia. Su extrañeza terminó hasta que un extraño ser estuvo frente a él. Aquella entidad era de origen demoniaco, un caído, un desterrado. Pero esto no hizo palidecer al aventurero de Salomón, sino que lo impulsó aún más en su fisgoneo por conocer todo aquello presente en dicha preternaturalidad bizarra. Belial era el nombre de aquel infernal; cuya extraña figura frente a los ojos del noble le permitió imponerse fácilmente ante él. Salomón nunca había visto algo así: dos mujeres… una de elegante y joven porte, senos juguetonamente firmes, cabello rubio cuyas ondulaciones de oro cubrían su desnudez; la otra era una anciana famélica golpeada por el hambre y la ruina. Su cabello largo y ceniciento cubría una femineidad ósea y estéril. Ambas estaban cosidas por un hilo escarlata que unía sus troncos y miembros inferiores de forma siniestra y perturbadora. Las dos mujeres estaban sentadas en el interior de un pomposo y desaliñado carruaje; cuyo diseño era abierto, con acabados dorados, cojinería color carmín y hecha de un magnífico roble violeta. Ellas se hallaban ahí, sonrientes, mientras un vivo fuego índigo que brotaba de sus pies; envolvía a la calesa dentro de una tupida brasa que hacía crujir su madera. Aquel plasma añil ardía con una ferocidad angustiante. Pero, para la sorpresa del monarca, no quemaba al vehículo ni lastimaba la piel de las dos mujeres, que convulsivas vociferaban, entre babas y gestos espantosos, sonidos incomprensibles y molestos para el oído de Salomón. A medida que avanzaba el coche infernal, sus llantas emanaban un polvo gris denso que se extendía a su alrededor, matando todo lo que tocaba. Belial, embelesado por el insaciable deseo de poder que tenía el rey mago, se presentó ante él; rodeándolo con su venenoso vaho interminable y, para manifestar confianza (falsa) ante el noble, dijo su nombre; aspecto que ningún demonio hace; ya que pronunciar el nombre del caído era el método de sometimiento que los mortales usaban con estos seres. La voz del infernal tenía la resonancia de toda una multitud: humanos, sin importar la edad o sexo, y otras tonalidades extrañas pertenecientes a seres de otros universos y realidades. Al finalizar su cortés preámbulo, tétrico bullicio de mil voces, el demonio expresó con zalamería una proposición que sobrecogió al rey: aquella entidad le había planteado ser su maestro en las artes ocultas; a cambio, el soberano debía darle su sangre. Salomón conocía ya la naturaleza parásita de los demonios; no era la primera vez que se encontraba a uno. Por lo general, se los topaba en el plano físico; subyugando a pobres desdichados que eran burlados por su propia avaricia. Con su don, Salomón los expulsaba. Nunca vio sus formas, ni dialogaba con ellos ni les preguntaba su propósito; pues al ver al moribundo, comprendía que el fin de un infernal es devorar mezquinamente la vida. Y, en ese preciso vértice atemporal intangible, tenía a uno en etérea presencia; irradiando muerte y desesperación. Por ello, no se fio de Belial y, a medida que dialogaban, el rey diseñó un arduo sello dentro de su palacio de la memoria[3] para atrapar y dominar al demonio a su antojo. Para dicho fin, Salomón debía imponer un alto precio de sangre, pues requeriría de mucha energía para ejecutar el conjuro. Entonces, cuando hubo finalizado sus cálculos y su trampa mágica estuvo lista, Salomón dejó absorto a Belial con la peripecia de su ataque. El demonio estaba a la expectativa de una respuesta por parte del soberano; ya que sabía que un noble no se negaría ante el poder. Sin embargo, como contestación, recibió un asalto de improviso por parte del rey. Como ángel caído, éste nunca había considerado que un ser vivo sería una amenaza, menos un humano. Además, él había proyectado a Salomón como una nueva marioneta. Pero, ante los ojos de sorpresa del demonio, un círculo de luz se manifestó debajo de él que no le permitió moverse. Ante la desesperación, de la nada, salieron del polvo demoniaco de Belial múltiples manos, de diversas formas y colores que se lanzaron a atrapar al rey mago. Ante esto, Salomón, levantando y moviendo ambas manos, hizo surgir de él y del suelo lanzas y espadas que se abalanzaron a protegerlo. En lo astral, el tiempo es inmóvil, por ello, para la mortal percepción de Salomón aquella batalla fue eterna, como si nunca hubiese tenido fin. Seguro de sí mismo y con una sonrisa delirante, Salomón caminó hacia el demonio mientras en su mente recitaba su conjuro que hacía vibrar punzantemente la piel espectral del infernal. Neutralizadas las beligerantes manos extra de Belial en charcos desagradables, éste se hallaba inmóvil dentro de aquella figura geométrica resplandeciente. De pronto, apareció debajo del infernal un sello; cuyas líneas, intrincadas y perpendiculares entre sí, se lanzaron con ímpetu y atraparon con frenesí a la desesperada entidad perniciosa; desapareciendo el polvillo que amenazaba al noble mago. Muchos expertos en la magia debían usar la palabra para realizar sus pericias, pero Salomón usaba su psiquis como motor de su magia, era su mente y espíritu quienes hablaban. Por eso fue un enfrentamiento sordo. Aunque, después de ser sometido Belial, lo único que se escuchó, al finalizar del encuentro, fue la multi-voz del demonio, bullicio nocivo, mientras se iba contorsionado en una pequeña figurilla radiante: - ¡No te atrevas, rata putrefacta!... -, vociferaba con demencia el infernal. Pero, ante aquellas palabras, Salomón sólo contestó con una sonrisa de picardía. - ¡Eres mío, Belial! - Fueron las únicas palabras que pronunció el noble mago. Las miradas se cruzaron y, ante la zozobra de Belial, Salomón sólo levantó su mano derecha para finalizar su captura con una enardecida implosión. Un eco de mil voces, mil chillidos: el grito iracundo y de impotencia del demonio estremeció el lugar y, en donde estuvo el infernal, sólo quedó un vestigio de humo, lleno de centellas multicolores. Al evaporarse la humareda, un objeto saltó a la vista. Salomón caminó hacia su premio, mas la fatiga lo derrotó y, en medio de aquel extraño sitio de ensoñación, cayó de rodillas. Su sudor desaparecía tras dejar su rostro… las gotas salinas se esfumaban en el viento. No distinguía bien el color de las cosas, se sentía ciego. Todo era muy confuso, aún más después del aquel enfrentamiento. No había arriba o abajo. No era aire lo que él respiraba y ni siquiera sus pulmones eran reales. Depende del espectador, la realidad percibida tomaba forma, ergo, los recuerdos de la aristocrática vida del Salomón habían hecho de los parajes del más allá en un familiar y quimérico escenario inefablemente geométrico para él. Sin masa, sin nada tangible en sí; en el plano de lo no tangible, las evocaciones de la existencia vivida hacían que dicho ambiente etéreo tuviera forma; cuya densidad era marcada por la intensidad emotiva de la remembranza. Por ello, a pesar de que el mundo espiritual era algo caótico y extraño, en parte tenía un parentesco al mundo terrenal que la física dimensionaba en sus diversas leyes numéricas. Sólo que, en el mundo espiritual, no había ciencia operacional que la pudiese explicar o definirla. Cuando recuperó su aliento, Salomón por fin se dirigió tambaleándose hacia su trofeo, una hoja de pergamino que estaba levitando en donde antes había estado Belial. La hojilla esperaba a ser tomada por su dueño y cuando rey la cogió con satisfacción, ambos desaparecieron del sitio. De esta manera, comenzó el noble con su caza de demonios en pro de su beneficio. Sus enemigos y sus ejércitos eran parte del pago de sangre que utilizaba para la captura o llamado de sus subordinados infernales que, coléricos, acudían ante el rey para obedecerle sus caprichosas peticiones.

 

Cuando Purson conoció a Salomón (último y único infernal atrapado en el plano físico), el soberano estaba obsesionado con la idea de manejar el tiempo y vio en este demonio la posibilidad de hacerlo. Con Purson, no fue necesario alguna jugarreta o estrategia para capturarlo; ya que este demonio tenía el conocimiento del tiempo, y, además, sabía de aquel fatídico e inevitable encuentro. A su vez, el pobre infernal no podía hacer nada para enfrentar al rey; pues éste era ya muy poderoso. Por ello, accedió con desprecio a ser parte de su séquito de esclavos demoniacos. En el momento que el soberano hubo atrapado a 72 demonios, finalizó sus capturas y ya su fama era conocida por muchos reinos de diversos continentes; siendo a su vez muy popular dentro del plano astral por varias entidades de gran influencia. Aunque, aquel camino, escrito en odas y cantos de gloria, se apagó a una longeva edad, cuando los sellos de sus subordinados infernales consumieron todo su ser material. Al morir, los conocimientos de Salomón quedaron relegados en sus pupilos que, llevados por la sed de poder, se mataron entre sí para obtener La llave mayor. Ante este acto sanguinario y sórdido, el libro se consideró maldito y se dice que los allegados al rey, al ver que no podían ni siquiera quemar los pergaminos, decidieron dividir el libro en doce partes que fueron ocultadas en santuarios olvidados, ubicados en los más inhóspitos confines del planeta y protegidos por encantamientos peligrosos. Al pasar los años, el libro se volvió en mito y su historia pasó a ser una leyenda que atraía a todo curioso. Por esta razón, durante siglos, las secciones del tratado de Salomón fueron el proyecto de expediciones y aventuras para muchos magos, monjes, sacerdotes, alquimistas, maestros y demás enamorados frenéticamente del poder y magia; dado que, al manejar a los 72 demonios, el invocador se volvería en un dios terrenal. Además, el pago de sangre era justificable ante los beneficios ofrecidos por cada infernal. Pero, mientras no hallase a alguien que activara los sellos para llamar a cada demonio, estos debían esperar atentos en el infierno, lugar donde encontrarían comida y hallarían diversión, así lo idealizó Salomón.

 

 

 

 



[1] Hijo del glorioso rey elfo David y de Betsabé, alada de los vientos del norte.

[2] En la antigüedad, la gente con dones se auto-percibían como dioses y, por tanto, dueños de toda frontera. En el apogeo de la Ilustración, ellos fueron categorizados como Homo-sacer: hombres sacros con avenimientos divinos; consagrando así aún más su origen. Sin embargo, durante la revolución francesa y tras de la ejecución de los reyes Luis XVI, el estirado, y María Antonieta, la golosa, este tipo de ser pasó a ser considerado como superhumano y por tal, hombres, pues siempre se les consideraban como dioses que no se podía matar ni contrariar.

[3] Espacio mental en donde el sujeto guarda sus recuerdos.

Thoughts

  • pnavarro64

    Encerrar a seres tan poderosos solo en el infierno hasta que alguien los llame... es inteligente pero frío.

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  • hojaSuelta

    Eso de que los demonios hablen con mil voces... me quedó en la cabeza. Da miedo de esa forma.

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  • mediocapitulo

    Espera, ¿Lamashtu y Belial y Purson son demonios distintos o me perdí en la genealogía de la cosa?

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  • Nicanor

    ¿Salomón de verdad va a poder controlar a 72 demonios sin que ninguno se le escape? Porque Belial casi lo mata.

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