Desde pequeño he tenido esta manía de contar cosas. Cuando era chico no solía anotarlas. Simplemente contaba la cantidad de tablas del techo, los azulejos del baño, las luces de la casa, las baldosas del piso, los escalones y prácticamente cualquier cosa que hubiera a mi alrededor. Como no llevaba un registro y mi capacidad para memorizar nunca fue muy buena, terminaba olvidando la cantidad exacta de cada cosa. Eso me metía en un bucle que se repetía constantemente hasta los diez años, cuando empecé a registrar todo lo que contaba.
Claro está, nunca fui un loquito que contaba cosas sin parar. Era, por así decirlo, un impulso que aparecía de vez en cuando. Podían pasar días o incluso semanas sin que contara nada y, de repente, alguien podía encontrarme parado mirando el suelo, una pared, los libros o incluso las letras de sus títulos, contando en voz alta para no perder la cuenta.
Ahora que recientemente me he mudado a la ciudad, esa manía de la infancia ha comenzado a resurgir. Después de vivir diecisiete años en el mismo lugar, uno termina conociendo casi de memoria la cantidad de cosas que hay en su casa, en su cuadra o incluso en su pueblo. Últimamente no puedo dejar de contar todo lo que veo. Mi departamento ya se ha quedado sin cosas que contar, así que ahora, cada vez que camino por las concurridas calles de Av. Pellegrini, sigo contando. Ya llevo la cuenta de la cantidad de árboles que hay en cada cuadra, de qué lado están ubicados, de las luces, los bares y las heladerías.
Incluso, cuando vuelvo a casa después de asistir a clases, suelo ver a un señor afilando cuchillos en una de las esquinas de la avenida, sobre una bicicleta modificada para hacer girar una piedra de afilar. Cada vez que paso anoto la hora exacta y el día. Gracias a eso llegué a la conclusión de que suele trabajar los martes, jueves y viernes entre las 11:46 y las 12:35.
También he contado las cosas en mi facultad. Cada escalón de cada escalera, cada salón al que he asistido. No ha quedado una sola silla, un solo banco, una sola luz o una sola computadora sin contar.
A diferencia de cuando era niño, ahora cuento con cautela. No porque tenga miedo de equivocarme, sino porque lo hago en voz baja, de forma disimulada. A veces me toma días terminar de contar una sola cosa con tal de que nadie note lo que estoy haciendo. No me preocupa que la gente piense que soy raro. Probablemente muchos ya lo hacen. Lo que realmente me preocupa es que aquellas personas que, aun sabiendo que soy raro, siguen a mi lado, algún día decidan dejar de estarlo.