Hay algo casi tierno en la forma en que la mente empieza a armar a alguien sin permiso. Le roba los ojos a un desconocido que nos miró apenas un segundo, porque en ese segundo algo decidió que quería volver a verlos. Le presta la voz de una canción que nos dolió bonito, el nombre de un personaje que hubiéramos querido abrazar al cerrar el libro. Vamos cargando pedazos de todo lo que nos movió alguna vez, y sin darnos cuenta, se los entregamos a alguien que todavía no tiene rostro.
Y ahí, en la mente, ese alguien empieza a crecer. Se vuelve exactamente lo que hacía falta que fuera: fuerte como aquel árbol bajo el que una vez nos sentimos a salvo, sereno como esa tarde que no queríamos que terminara. No lo inventamos por capricho. Lo inventamos porque la mente nunca deja de guardar lo que la conmueve, y necesita dárselo a alguien para no perderlo.
Por eso cada libro nos deja un rostro nuevo. Por eso cualquier desconocido puede prestarnos, sin saberlo, una mirada que después usamos para construir a alguien más. Así juega la imaginación: toma lo disperso y le da forma, hasta que ese alguien empieza a sentirse tan real como cualquier persona que hayamos conocido de verdad.
No necesitamos que exista para que empiece a habitarnos. Basta con imaginarlo lo suficiente para que, sin pedir permiso, se vuelva presencia.