Pensamientos nocturnos
En esta noche, tu sonrisa se me hace más lejana que nunca. Más lejano que un recuerdo en peligro de extinción eterna, más lejano y escondido en el más profundo de los recuerdos, más lejano que el nuevo resplandecer del alba después de una noche lúgubre. El oasis, al que un día llegué a llamar «amor», era en verdad un fragmento imaginario que nunca realmente fue. Nunca hubo amor, nunca hay amor y nunca habrá amor. ¡Ay, amor! Tu ausencia me consume con un silencio abrumador, me consume cada instante pensativo, cada mañana recordando tu toque gentil y genuino, y cada noche que me recuerda al apasionado amor sin pausa.
Desearía tener el coraje para pronunciar tu nombre, una palabra que ahora es una lugubre esencia penumbrosa que solo habita en mis recuerdos; quisiera poder murmurar tu nombre, como lo hacía a tu oído de manera tenue y sutil, permitiendo a cada vocal resaltar y crear su propio escenario y visonaje, un escenario de amor, pasión y fervor. Quisiera que tocases mi mano, como lo solías hacer tan inocentemente, sin esperar nada más a cambio, porque solo vivíamos momentos fértiles de juventud, descadenándose en frutos rojos que nos entregaban nueva vida a cada suspiro. Desearía ir contigo y andar por las calles, como solíamos pasear como dos amantes desesperados, que rugían con una pasión que hacía correr el mundo. Quisiera regresar a ese tiempo, donde el fervor ingenuo de la adolescencia predominaba hábilmente, sin ninguna importancia. Pero desear y vivir en el pasado no sirve para nada. Aunque sé que no te traerá de nuevo a mí, no cambiará los tiempos, no cambiará las circunstancias ni cambiará los vientos, aun así, para mí es mejor vivir en la nostalgia hasta el final de los tiempos.