Hay un fantasma que me persigue,
pero no es cualquier fantasma:
es el fantasma de mi pasado,
un pasado que se supone que ya borré,
pero que en mi memoria sigue intacto,
como si hubiera ocurrido ayer.
Me persigue de día y de noche,
en los sueños y en las pesadillas.
Aunque he intentado librarme de él,
no he podido.
Cargo con el peso
de sentirlo todas las mañanas,
todos los atardeceres
y todas las noches.
A veces siento su aliento en mi nuca,
como un recuerdo que se niega a morir.
Camino hacia adelante,
pero sus pasos siempre encuentran los míos.
Hay días en que guarda silencio
y creo que por fin se ha ido.
Pero basta un solo recuerdo
para volver a verlo frente a mí.
Quizá los fantasmas no existen para asustarnos,
sino para recordarnos
aquello que nunca aprendimos a despedir.