Repeticion.
Al principio parecía que no sabía qué quería. Después, de un día para el otro, estaba seguro. En apenas unos días ya hablaba de amor, aunque no hacía mucho me alejaba, me confundía y hasta me lastimaba con sus palabras.
Intenté creer que esta vez iba a ser distinto.
Pero empecé a vivir con dudas. Dudaba cuando tardaba en responder, cuando parecía que todo tenía que ser cuando él quisiera, cuando sentía que las palabras iban mucho más rápido que los hechos. Me repetía que estaba sobrepensando, que quizás el problema era mío, que tenía una vida aparte y que no podía esperar que estuviera pendiente de mí todo el tiempo.
Aun así, nunca llegaba la tranquilidad.
Cada vez que algo me dolía, la respuesta era la misma: "Pero yo te amo". Y con el tiempo entendí que esas palabras no alcanzaban para responder lo que realmente me pasaba.
Me di cuenta de que estaba empezando a bajar mis estándares para que la relación funcionara. Dejé de preguntarme si él estaba haciendo las cosas bien y empecé a preguntarme qué podía hacer yo para sentirme menos insegura.
Entonces entendí que esa no era la pregunta correcta.
No quería una relación donde hubiera que adivinar qué pasaba por la cabeza del otro. No quería sentir ansiedad cada vez que miraba el celular. No quería acostumbrarme a conformarme con menos de lo que esperaba recibir.
Y, aunque me gustaba, también entendí que gustar no siempre alcanza.
Nos dejamos de hablar. Fue bastante de la nada. Quizás yo también tuve parte de la culpa. Pero mientras todo se rompía, me di cuenta de algo que terminó de abrirme los ojos: si yo no hablaba, él tampoco lo hacía. Lo poco que quedaba se fue apagando sin que nadie intentara sostenerlo.
Ahí entendí que el problema nunca fue cuánto decía sentir, sino cuánto estaba dispuesto a demostrar.
Al final no dolió solamente perder a alguien.
Dolió descubrir que la tranquilidad que tanto buscaba nunca había estado ahí.
De I para G.