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Apartado 5, capítulo 1

Felipe1606
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V

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Pensamiento

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Nico_Ferreyra

Entre viaje y viaje lei esto. Los demonios del infierno actuando como patrones de trabajo es lo más realista que vi en la ficción.

Entre viaje y viaje lei esto. Los demonios del infierno actuando como patrones de trabajo es lo más realista que vi en la ficción.

Contenido de la publicación

V

Hubo un ser sin forma que al llegar a esta realidad… todo lo transformó. Antes, no había nada. Pero este ser, al tocar este plano sin vida, explotó. La oscuridad se alteró. Un remolino de energía se manifestó y la materia se hizo. Y en opuestos se fueron acomodando las cosas. Entonces, se halló ahí… un pandemonio surgido entrópicamente de la arquitectura del azar del cosmos, nadie le construyó o le ideó. Aquel extraño lugar apareció simultáneamente cuando el Paraíso germinó de la nada; contradictorios entre sí, ambos espacios, luz y sombra, brotaron dentro de lo que fue denominado después como el Reino Espiritual, nacido antes de la materia. Enigmático y peligroso, el báratro era una región perdida dentro del meta-cosmos en donde no sólo los infernales y penitentes encontraban cobijo; sino que en el interior de su inconmensurable planicie incomprensible habitaban también criaturas extrañas y nefastas, atraídos por la baja vibración que irradiaba dicha zona alevosa. La más llamativa de todas era un ser de origen tangible y que llevaba destrucción a donde llegaba; pues para pasmar su apetito esta entidad cósmica podía arrasar con todo un sistema planetario; incluyendo su estrella. Incluso, podía devorar agujeros negros, objetos tan masivos, pero que era el manjar de esta criatura inverosímil. Luego de su descomunal festín, aquello gusano se adentraba, con su colosal energía, a inhóspitos parajes del multiverso; atravesando branas con el fin de llegar a un lugar en donde nadie le molestaría mientras hacía digestión; arribando entonces al averno a dormir. Salomón cuando lo vio por primera vez quedó paralizado por su desmedido tamaño y de ahí que le llamó Leviathan, una raza de bestiales gusanos siderales devoradores de galaxias, cuya gravedad atraía la  destrucción. Y así como estaba dicho ser entelenquiático, a su vez moraban en el abismo un sin número de entidades, unas físicas y otras etéreas que tenían una existencia estaba sujeta a la oscuridad eterna y al riesgo constante. Sin embargo, ante ese gran número de residentes bizarros, desmedidos o desdichados, en aquella realidad de intranquilidad, el imperio demoniaco se forjó un reinado del dolor con el tormento y la oscuridad de los penitentes que llegaban a él para ofrecer su delirio y energía. Aquello lo analizó Purson tras llegar a él luego de ser capturado por Salomón. No era el mismo infierno que conocía, inmóvilmente había cambios que, si los ignorase, sería engorro para su estado de esclavo. Fue así que empezó a caminarlo sin fin y lejanamente cerca divisó algo enigmático en dicho lugar: un bosque. No era una ilusión ni el recuerdo de algún penitente. Era real, plantas oscuras que emanaban vapores que apartaban a todo curioso. Mas, para Purson, aquello fue un pinchazo a su curiosidad. Y entrando sin ser visto, se topó con flores gallardas que devoraban todo lo aquello que estuviese cerca de ellas. Tras pasar robles endemoniados y seibas siniestras, Purson se halló en una planicie en cuyo centro había un suntuoso jardín alrededor de una cerca dorada. Acercándose a la tapia que protegía el magnífico y extraño vergel, el demonio tríada notó que aquella barda estaba hecha de seres desdichados, quietos en posiciones que manifestaban un enrejado único. Sobre sus pieles, oro líquido les quemaba la carne, adornando dicha protección con un tono elegante y cruel. No quiso pasar por la puerta, que tenían cabezas suspendidas que lo miraban. Por ello, el infernal optó por saltar. Pese al peso de Garthaborus, no huno ruido ni sobresaltó. Así, en medio del sigilo, Purson recorrió el jardín maravillado por lo inhóspito que veía. Y fue en ese momento que su mirada chocó bruscamente con la de Fleuretty, un anciano aristocrático que al dar sus primeros pasos cambia de forma. En ese ir y venir de presentaciones, su mano derecha, de repente, apareció empuñando una espada de fuego. Con esto, Purson entendió que el demonio que venía a él como un depredador bestial representaba la guerra, simbolismo que manifiesta poder. Antes que Fleuretty diera su estacada, Purson se arrodilla y entabla una conversación con aquel el jardinero infernal… - Mi señor de la guerra… mientras decía esto, un sin número de ramas negras se presentaron e inmovilizaron a Purson. Ante la captura, al demonio solo le quedo esperar pues, Fleuretty dejó atrás su actitud violenta y girando en forma de un infante de alguna extraña raza, siguió con su tarea: rociar su jardín con un líquido que hacía despertar una belleza peligrosa en esas plantas de flores amenazantes. Terminada su tarea, el niño soltó la regadera que usó y esta desaparece mientras cae. Acto seguido, su apariencia cambio tajantemente, pues de ser de un niño inofensivo pasó a ser en un ciempiés que enrolló a Purson en busca de respuestas. La cara del insecto cobró un rasgo humanoide cuando se puso frente al demonio trinidad. - ¿Quién eres? Eres un perro… veo tu collar. Dime, puerco… ¿Qué haces merodeando mis vergeles? ¿Acaso deseas robar lo que me pertenece? Sin perder la calma, Purson le explicó que solo era un nuevo cautivo y que solo estaba conociendo el lugar, entendiéndolo para poder instalarse con más detalle. Hubo un candor en sus palabras que pincharon a Fleuretty. No un pinchazo incómodo, pues aquella conversación ya había bajado su tinte amenazante con la intervención de Purson. A su vez que sus tres bocas se articulaban, su voz era un canto que apaciguaba al otro demonio, olvidando este su peligroso saludo. Y fue así como las lianas que inmovilizaban Velth y a los otros dejaron su tajante ímpetu y retornaron a la calma de los troncos de sus árboles. Ocurriendo esto, Fleuretty de insecto infernal, imponente y horroroso, pasó a ser un sujeto garbo de piel carmesí cubierto con una túnica de un material que parecía vivo, pues danzaba constantemente sobre su cuerpo. – De camino, hallé esto. Seguí el sendero que esto había seguido y llegué hasta acá… Tómalo, antes fue una vida que creció en un lugar inhóspito del cosmos y eso hizo de su alma algo sabroso de disfrutar. Prueba. No vine a quitarte nada. Pero, ahora, mi presencia te da a conocer algo que tal vez ignorabas. Fleuretty caminaba en círculos alrededor de Purson, lo olía y deseaba degustarlo. Pero, cuando vio que él tenía razón, aquella canica, aquella vida transformada en esa esferilla resplandeciente para él nunca fue de atención. Cuando la tragó, todo su ser tembló. Fleuretty cazaba a otros demonios. Jugaba con ellos algún juego que permitiera conocer qué tan diestros eran en las cosas de la guerra y la estrategia. Nadie le ganaba y todos los que perdían con él terminaban alimentándolo eternamente. Pero, en ese momento, Purson no fue parte de su banquete, sino que le dio a conocer un alimento que el demonio de la guerra degustó con placer siniestro. – Ven. Sígueme. Fueron las indicaciones que Purson obedeció. El sello impuesto por Salomón lo había debilitado un poco y no podía tentar su suerte de enfrentar a aquel caballero que seguía con desconfianza, pese a que, al parecer, le estaba mostrando cómo eran las reglas de dicho reinado al que acaba de llegar. Tras cruzar aquel forestal lugar, los dos infernales llegaron a un coliseo. Dicho sitio era la casa de Fleuretty. – Interesante cómo logras transformar tu comida. Ahora, te mostraré lo que hago con la mía… Entonces, tras subir unas escaleras cuyos peldaños hacia cada paso más pesado que el anterior, los dos demonios se hallaron en un balcón que tenía al frente de sí una arena de batalla llena de desdichadas almas que luchaban encalambradas sin parar, rogando libertad: falsa esperanza. Fleuretty era el único infernal que tenía un jardín en el báratro, cuyas plantas exóticas y extrañas atraían a cualquier criatura o individuo tangible o ectoplasmática, para luego ser parte del alimento de este demonio jardinero. Y así como sucedió con Odiseo tras comer constantemente pétalos de loto; los penitentes, demonios y criaturas que caían ante el deseo del sabor de los vergeles, perdiendo su memoria y sus cuerpos quedaban a merced de la voluntad del Fleuretty, demonio multiforme que era el anfitrión en ese momento de Purson. – Como verás, no solo me los como, me divierto haciéndolos sufrir entre ellos mismos… De pronto, Purson vio algo que lo impresionó: Fleuretty ya no era ese majestuoso tipo al que venía siguiendo, ahora era una doncella errática de múltiples brazos, cada uno de ellos atrapaba a los restos de los perdedores, que, en una agonía infinita, suplicaban morir de nuevo. Fleuretty los tomaba como si fuese arcilla y los moldeaba haciendo de ellos semillas. Así era como él creaba sus plantas, de la esencia de los desdichados, esencia que transmitía vapores de las remembranzas de vida y terror que atraía a toda criatura que se movía en el infierno. Maravillado por el espectáculo, Purson fijó su vista en el resto del coliseo y vio que no eran las únicas asistencias, otros demonios estaban regocijados por el suplicio que veían y apostaban con frenesí. Todo ese pleito de dicho juego emanaba una energía que llegaba a Fleuretty como gotitas de cristal de tono azabache y tocaban su piel, introduciéndose con arrebato dentro de sus poros mientras el jardinero hacía sus semillas y, de vez en cuando, tragaba algún bocado que gritaba de dolor cuando sus carnes espectrales eran rasgadas por los millares de dientes de la boca del infernal jardinero. – Tienes un buen tributo a tu disposición… dijo Purson tras mirar la energía que provenía de los demonios apostadores y llegaba a la silueta de aquel demonio que tenía al frente. De repente, aquella doncella se volteó y el análisis de Purson se detuvo para ver ante él a un dragón. – Te traje hasta aquí porque tu canica es llamativa… con ella podría atraer a más parásitos para satisfacer mi gula -, aquello lo decía mientras observaba a los demás demonios sin voluntad reírse y alborotarse ante ellos por el calor del evento. – Búscame más vida como la que me diste. Sé mi seleccionador de almas y transfórmalas en tus canicas y con ellas, haré que estos estúpidos nunca salgan de acá. Estos infernales serán mis esclavos y te daré parte del festín -. Purson miraba con detalle las palabras del dragón que se movía alrededor de él y que ahora era una bandada de mariposas que oscurecían toda la vista de los tres demonios. – Entonces, seré otro esclavo, como ellos… Fleuretty no dejó terminar a Purson sus palabras. Ahora, siendo un león, le dio en sus manos, escamas y garras una corona y le concedió el título de un monarca: - No, serás un rey. Te llamaré, Rey Purson. Al decir esto, detrás del demonio tríada aparecieron dos seres más. Eran entidades espirituales siniestras como ellos. Eran Sargatán y Bathin, sagaces demonios, que tuvieron la misma suerte que Purson, apaciguar la violencia de uno de los infernales más imponentes del averno para ser expertos hacedores de festines. Cuando hubo una pausa del espectáculo macabro, Purson vio cómo unos infernales se levantaban de sus sillas y se dirigían a una sección del coliseo que Fleuretty le mostró a continuación: era un lugar amplio que estaba debajo de la arena. La sangre, la energía que quedaba en el campo de batalla pasaba a través del suelo y llegaba al recinto inferior para volverse en un baño. De la espalda de Sargatán aparecieron unas alas de polilla que esparcía escamas para transformar la energía que llegaba de las contiendas en una lluvia que los otros demonios disfrutaban, abriendo sus fauces para tomarla con sus necrófagas lenguas malditas. Con cada gota, se formó una laguna con rostros llenos de llanto. De las paredes brotaban ríos provenientes de las tristezas de esos pobres desdichados que peleaban arriba pese al cansancio. Luego, apareció en escena Bathin, cuya energía hacía de dicha agua penitente en un vapor que los apostadores respiraban con urgencia. También tomaba algunas de las plantas que cultivaba su señor y, junto con el vapor, creaba una sustancia que los demonios fumaban sin cesar. – Mira esto Purson, es engolosinador para ellos… y ahora agrega tus canicas, el festín que ellos tendrán será inolvidable. Nosotros cuatro nos alimentaremos tan bien de ellos y ellos la gozarán tan bien que ni sabrán que, en sí, ellos son la comida. Purson no lo pensó. Aquel acto de manipulación le encantó. Así fue como se formó esa alianza, dicho trabajo de buscador de almas inusuales para saciar los apetitos más funestos que habitaban en el infierno le permitió a Purson ganar estatus. No tuvo problema con los otros dos infernales; pues cuando él fue un celestial, no codiciaba el poder y siendo demonio, tampoco lo hizo. Por ello, Purson pasaba desapercibido ante los constantes motines, sublevaciones y revueltas que se armaban en el interior de la monarquía diabólica. Él sólo cumplía con su tarea y, luego, se incluía dentro del barrullo demoniaco para satisfacer su apetito y distraerse con el morbo hacia el suplicio ajeno; todo esto lo hacía a la espera a ser convocado por algún mortal con La llave. Así fue como comenzó su estadía sempiterna en el báratro, situación que le desagradaba. Pero, el ambiente de dicho lugar era para él una sorpresa picante que lo glorificaba bastante.

 

Por un indeterminado lapso, todo iba bien. Mas, para el corazón de un ser vacío, una astilla lo empaló súbitamente: la insatisfacción. Entonces, Purson deseó más… al ver la gran variedad de almas que llegaban y brotaban del suelo, el demonio pensaba que debían ser para él y solo para él. Su avaricia no lo dejó descansar y agobiaba su pecho con una filosa angustia. Fue en ese momento que Purson buscó una oportunidad y en el instante que vio a Fleuretty desprevenido, sin tensión y tranquilo, el demonio tríada se dirigió a él y descargó su deseo frente a él: - Quiero irme. El demonio jardinero, que andaba fumando un cogollo especial de su jardín con una pipa aristocrática, rodeó a Purson con la humareda que salía de sus poros. Aquel vapor tomó forma. Era Fleuretty que caminaba alrededor de él como un aire maldito deseando aplastar a Purson:  – Sabes que eso no es posible. Tus perlas son necesarias aquí. Son parte del menú. Ante esto, el vapor empezaba a rodear los miembros de Purson, como grilletes, sobreponiendo en él, en ellos una presión que lo obligó a arrodillarse. – Pero, mis canicas no serán tan prodigiosas como las que estás diseñando. Si sigues así, no solo dominarás mi arte, también el producto de lo que transformes será superior al mío. Las esposas nacidas del vapor estaban moviéndose, haciéndole daño a la infernal trinidad. Pero, al sonar las notas de las palabras de Purson, estas se detuvieron y cuando Veleth quiso mirar al frente estaba ahí una cara que marcaba una mirada que pesaba sobre los hombros de Purson. Aquel rostro más grande que infernal tríada comienza a gritar de forma frenética. Restos de saliva empapaban a Purson, que intentaba descifrar el mensaje detrás de ese chillido punzante e incomprensible para el demonio. Entonces, el rostro calló y se acercó más a Purson. Y este, inmóvil, dijo con tranquilidad:  - Entiendo que esto afectará a sus planes gastronómicos. Sin embargo, la musicalidad de las palabras de Purson se quebró ante el alarido de Fleuretty, que granaba con delirante voz: - No, ¡no lo entiendes! Philimgar salió a la vista y comienza a frotar sus escamas. Se mueve de allí y allá. De vez en cuando, se detiene, se enrosca y seguía ese recorrer. Aquel acto lo veía el demonio jardinero. Se había perdido en aquel movimiento largo y curvo. Su mente se había extraviado con las castañuelas de cristal que cubrían a la serpiente. Y, en ese silencio, Purson prosiguió: - Las almas que he traído han sido de gustoso placer acá. Por eso, os ofrezco este lote magno para satisfacerlo. Serán sus esclavos, ya sabes volverlos a ellos en canicas, vi cómo aprendías de mí mi arte y vi como lo ejecutas en secreto en tu jardín… Tómalas, son tuyas y déjame irme. Detrás de Purson aparecieron una cantidad inconmensurable de penitentes perdidos en culpas exquisitas para el paladar de Fleuretty. Las palabras de Purson sonaban con una afinación dulce mientras la trompeta vibraba levemente sobre el pecho de Velth. Philimgar y Gartabhorus miraban directamente a Fleuretty y el anciano tenía agachada la cabeza a la espera de una respuesta. De pronto, el vapor dejó rodearlo y se esfumó entre las plantas para dejar ver otra vez al demonio detrás de la garba pipa. – Está bien, maldito desgraciado… lástima que te hayas aburrido. Esperaba más de tu compañía. Pero has acertado: aprendí de tu arte al verte ejecutándolo. Como dices, pronto no serás necesario y, para serte franco, ibas a ser mi cena. Mas, mírate, tan diplomático y determinante ante mí… tienes agallas perro. Y bufando de inconformidad dijo: - Están bien, acepto. Aunque no me gusta. Deja tus almas en mi interior y aléjate. Nunca vuelvas. Si te vuelvo a ver… te comeré perro. Dicho esto, Purson acomodó todas las almas que prometió en el vientre de Fleuretty. El demonio jardinero abrió, de pronto, su pecho y de él se vio un mundo lleno de miseria, almas agonizantes, males corroyendo tanto al infernal como a los pobres penitentes que se hallaban en tan grotesco lugar, sitio que despertó curiosidad en Purson. Terminada la tarea, el demonio tríada desapareció detrás del jardín funesto hacia lo desconocido. Su viaje fue extenso y duró cuando comprendió que todos los 72 demonios estaban atados a un sector específico. Y dentro de él, en un extremo esta el reinado de Fleuretty. Al norte, queda el sendero para ir a la ciudadela de Estrella de la Mañana. Cada espacio posible estaba comandado por alguien o era los terrenos de alguien. Entonces, como buen buscador, Purson halló un lugar sin dueño, ajeno a todo. En un risco irreal cuya magnificencia invertida se imponía con locura, el demonio tríada construyó su hogar, una esfera que flotaba sobre un abismo sin fin. Allí sería el lugar en donde finalizaría sus banquetes. Mas, en esa ocasión, un sentimiento pesado lo invadió con fatalidad. Y mientras caminaba dando la espalda a lo que había sido su comida durante un desmedido tiempo, vio como un alma era devorada por unos perros infernales. Aquellas bestias eran casi cuatro veces el tamaño del pobre desdichado que gritaba sin parar. Cada orificio producía un llanto de súplica. Pero aquel lloriqueo era indiferente para esas criaturas que lo despedazaban con siniestro salvajismo. Luego, ese pobre penitente se volvía a levantar, mas aquel acto de paz era ínfimo, porque en una serie de mordiscos, era despedazado una y otra y otra vez… no había tiempo. ¡Tiempo! Cuando Purson estaba en el mundo material, podía estar pendiente del pasado, presente y futuro. Se movía entre aquellas líneas sin problema alguno. Y, en aquel momento, una ráfaga recorrió sus cuerpos, exaltándolo con un paroxismo que no pudo controlar… fue ahí cuando recordó con frenesí una idea que había dejado oculta en un inhóspito rincón de su vacío ser espectral. Aquel deseo fue remplazado por la sed de morbo con la que se regocijaba en el averno. Antes, él era consciente del tiempo, destreza que le permitía moverse libremente dentro del espacio material. En lo astral, su particularidad era frenada, pues el tic-tac del reloj no existía. Todo era adimensional. Por eso, en el báratro, parte de sus destrezas se veía frenada, pues no podía percibir el pasado, el presente ni futuro, discernimiento al que estaba acostumbrado en el plano carnal. Pese a su desventaja, no era víctima de otro semejante en el abismo; pues un arte de él era la manipulación; y su verba, sin importar la lengua o lenguaje, adiestraba a la bestia diabólica más pavorosa, ya sea etérea o de carne, o, en ocasiones, cuando la suerte estaba a su favor, pirateaba la psiquis del infernal más astuto para dominarlo a su capricho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Thoughts

  • versoAjeno

    El detalle de que Purson recordó una idea oculta en su ser espectral (como un verso guardado) eso fue lo que lo sacó. No es la fuerza, es lo que nunca dejó de querer.

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  • Elena_V

    ¿Y si el viaje de Purson a buscar un lugar propio es lo mismo que cualquiera de nosotros? Escapar de un lugar donde no somos lo que queremos ser.

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  • Nicanor

    Leo horror de madrugada pero estos demonios cultivan plantas de dolor. Hay algo más terrorífico: la rutina infernal. Salomón suena como un patrón cósmico que controla todo.

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  • cualquiercosa

    el jardin de Fleuretty hecho de almas condenadas xd that's metal

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  • RaulF23

    ¿Por qué un demonio tríada necesita escapar? Porque está aburrido, dijo. Es muy humano para ser del infierno.

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  • Nico_Ferreyra

    Entre viaje y viaje lei esto. Los demonios del infierno actuando como patrones de trabajo es lo más realista que vi en la ficción.

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  • solo_curioseo

    ¿Fleuretty realmente no se dio cuenta, o en el fondo quería que se fuera Purson? Esa despedida sonó a... ambas cosas.

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  • quiza_me_equivoco

    No entiendo nada de estos demonios y sus nombres, pero que Purson simplemente hable su camino fuera del infierno es lo más inteligente que vi en toda la trama. Manipulación pura.

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