Al morir, los hombres son blancos,
despojados de miedos y llantos,
de tantos dolores, tantos pecados.
Al morir, sin volver,
la tierra traga la sed,
apaga el orgullo y el daño a la vez.
El viento sopla los nombres,
la lluvia disuelve la piel,
y el tiempo se pierde
de nuevo en un amanecer.
El eco se funde en la nada,
y un soplo de olvido persigue
las huellas de un mundo en llamas.