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Antes que yo pudiera recordar

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Pensamiento

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NicolasBravo

La alpargata, bro.

La alpargata, bro.

Contenido de la publicación

Capítulo 1: Hay una parte de nuestra historia que comienza mucho antes de que tengamos memoria propia: en las raíces familiares, en los sacrificios invisibles de quienes nos precedieron y en la tierra donde dimos el primer respiro. En este capítulo recorro los orígenes de mi nacimiento en Campo Viera aquel 12 de septiembre de 1971 y la dura infancia de mi madre Elena en Chapecó comprendiendo que antes de que yo pudiera entender el mundo, Dios ya estaba preparando los cimientos de mi vida.

CAPÍTULO 1

Antes de que yo pudiera recordar

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.”
Jeremías 1:5 — Reina-Valera 1960

Hay una parte de nuestra historia que comienza antes de que podamos recordarla.

Yo sé cuándo nací porque existe una fecha que me acompaña desde siempre: 12 de septiembre de 1971. Nací en Campo Viera, Misiones. No tengo recuerdos de ese día, naturalmente. Ninguna imagen propia de aquella habitación, ningún sonido que pueda afirmar que escuché, ninguna escena que pueda reconstruir como si hubiera estado consciente de lo que ocurría.

Tengo la fecha.

Tengo los relatos familiares.

Y tengo todo lo que vino después.

Eso también es una manera de comenzar a contar una vida.

Cuando uno llega a los 55 años, la pregunta por el comienzo adquiere otro significado. Ya no se trata solamente de saber dónde nació uno o qué día figura en un documento. También aparece la necesidad de entender de dónde vienen ciertas cosas que nos acompañaron durante décadas: la manera de enfrentar las dificultades, la relación con el trabajo, la importancia de la familia, la fe, la necesidad de salir adelante y hasta algunas heridas que aprendimos a llevar.

En mi caso, muchas de esas respuestas conducen a una mujer: mi madre.

Se llamaba Elena Álvarez.

Su historia había comenzado mucho antes que la mía.

Antes de mí estaba Elena

Mamá nació en Yapecó, Brasil. Su infancia estuvo marcada por circunstancias extremadamente duras.

Cuando tenía alrededor de cinco o seis años perdió a su padre, quien murió ahogado en el río Uruguay. Su madre quedó profundamente afectada por aquella pérdida y, en medio de esa situación, Elena terminó siendo entregada a un hombre de autoridad en Yapecó.

Allí comenzó una etapa de explotación que duró varios años.

Mamá prácticamente vivió como una esclava.

No tuvo la posibilidad de vivir una infancia normal. Tenía que levantarse muy temprano para buscar agua de una vertiente y preparar el mate. Si el agua no estaba suficientemente fría, aquel hombre podía arrojarle el agua en la cara como castigo.

Andaba descalza.

Trabajaba.

Cuando tenía que alimentar a los animales y sus pies estaban helados, los acercaba al estiércol de las vacas para recuperar algo de calor.

No fue a la escuela.

No aprendió a leer ni a escribir como otros niños de su edad.

Es importante contar estos detalles porque mi nacimiento no puede separarse de la historia de la mujer que me dio la vida. Cuando intento entender mis primeros años, inevitablemente encuentro detrás de ellos a una mujer que había tenido que aprender a sobrevivir mucho antes de convertirse en madre.

A los catorce años consiguió escapar.

Su hermano mayor hizo posible que comenzara otra etapa y finalmente cruzó hacia la Argentina.

Desde entonces, su vida estuvo marcada por el trabajo y la familia.

Cuando yo nací, ella ya conocía demasiado bien las dificultades de la vida.

Por eso, cuando recuerdo a mi madre, no puedo hacerlo únicamente desde la perspectiva del hijo que hubiera querido recibir determinadas palabras o demostraciones de afecto. También tengo que mirar las circunstancias que formaron a la mujer que fue.

Mamá no era una persona de grandes expresiones sentimentales.

Nunca fue de abrazos permanentes ni de decir “te amo”.

Durante mucho tiempo pensé en esa ausencia.

Con los años aprendí a reconocer otras formas de amor.

Ella trabajaba.

Cuidaba a sus hijos.

Se ocupaba de que fuéramos a la escuela.

Buscaba la manera de que pudiéramos seguir adelante.

Quizás ésa fue su manera de decirnos que nos quería.

No tengo intención de convertirla en una mujer perfecta. Tampoco sería justo. Las personas reales tienen virtudes, limitaciones, heridas y formas diferentes de relacionarse. Mi madre fue una mujer marcada por una infancia muy dura y, a pesar de todo, consiguió formar una familia.

Yo nací dentro de esa historia.

Campo Viera

Campo Viera fue el lugar donde comenzó mi vida.

Está en Misiones, en una zona que durante aquellos años tenía una vida muy diferente a la actual. Yo era demasiado pequeño para conservar recuerdos propios de mis primeros momentos allí, por eso gran parte de esa etapa me llega a través de lo que me contaron y de lo que fui reconstruyendo con los años.

Pero mi relación con Campo Viera siempre quedó unida a una certeza: allí nací.

Mi vida, sin embargo, tomó rápidamente otro rumbo.

Cuando era muy pequeño, mi madre se trasladó con nosotros a Dos de Mayo.

Y allí comenzó realmente la infancia que sí puedo reconocer como propia.

Dos de Mayo

Dos de Mayo fue mucho más que una localidad donde viví.

Fue el lugar donde aprendí a caminar por sus calles, donde conocí la escuela, donde crecí junto a mis hermanos, donde descubrí la música y donde comencé a construir mi relación con la fe.

Cuando pienso en aquellos años, no necesito inventar grandes acontecimientos.

Había tierra.

Había monte.

Había una familia numerosa.

Había trabajo.

Había dificultades.

Y había una comunidad en la que las personas se conocían y, muchas veces, se ayudaban entre sí.

Durante un tiempo vivimos detrás del hospital, en una construcción de madera que nos habían prestado.

Después ocurrió algo importante para nuestra familia.

Alrededor de 1973, cuando yo todavía era muy pequeño, el intendente Torres le otorgó a mi madre un terreno ubicado detrás del cementerio. Hoy esa zona forma parte de la calle Jorge Kemerer.

En aquel momento era un lugar muy diferente.

No existían las construcciones que conocemos actualmente. Había monte y tierra. Para una familia como la nuestra, disponer de un terreno significaba la posibilidad de tener algo propio.

Trabajadores municipales, entre ellos Castro y Cardozo, ayudaron a levantar la vivienda.

La casa era de madera y tenía techo de cartón.

No era una vivienda cómoda según los parámetros actuales. Era nuestra casa.

El piso era de tierra.

No había heladera.

No teníamos cocina a gas.

El fuego se hacía directamente en el suelo y allí se cocinaba.

Una cadena bajaba desde el techo y terminaba en un gancho que servía para sostener la olla sobre el fuego.

La carne podía colgarse arriba de las llamas para conservarla con el humo.

Ésas eran las condiciones en las que crecimos.

No recuerdo aquella casa con vergüenza.

Tampoco necesito romantizarla.

Era simplemente nuestra realidad.

Una familia numerosa

En aquella casa crecimos muchos.

Mis hermanos fueron Rubén, Marta, Hugo, Joaquín, Liliana, Ramona, Emma y Valeria.

Yo era uno de los ocho hijos de Elena.

Además, mi sobrina Vanessa, hija de mi hermana Marta, creció junto a nosotros y fue prácticamente una hermana más.

Cuando se mira una familia desde afuera puede parecer solamente una lista de nombres. Para quienes la integran, cada nombre representa una historia, una personalidad, una manera de relacionarse y recuerdos que no siempre pueden explicarse con palabras.

En una casa numerosa había que aprender a compartir.

Compartir el espacio.

Compartir la comida.

Compartir las responsabilidades.

Aprender a convivir con otros.

No recuerdo que tuviéramos una vida llena de cosas materiales. Pero sí recuerdo personas.

Y con el paso de los años comprendí que muchas de las enseñanzas más importantes no llegaron en forma de consejos.

Llegaron observando.

La casa de mamá también era una casa para otros

Hay un recuerdo de mi madre que conservo especialmente.

En aquellos años muchas familias vivían en zonas rurales alejadas del centro de Dos de Mayo. Personas de Picada Indumar, Saltito Uno y Saltito Dos debían recorrer largas distancias para llegar al pueblo o acercarse al hospital.

No había los medios de transporte que existen hoy.

Algunas personas caminaban quince o veinte kilómetros.

Llegaban cansadas.

Mamá los recibía.

Ponía la pava al fuego.

Preparaba mate.

Ofrecía agua fresca.

Y cuando podía, hacía chipas para los chicos.

Yo era un niño y veía esas situaciones sin comprender completamente su dimensión. Para mí formaban parte de la vida cotidiana.

Hoy las miro de otra manera.

Mi madre había tenido muy poco durante su propia infancia. Sin embargo, cuando alguien necesitaba algo, encontraba la manera de compartir.

No hacía discursos sobre solidaridad.

La practicaba.

Esa enseñanza quedó conmigo.

Muchos años después, cuando empecé a trabajar en comunicación y a relacionarme con personas de distintos ámbitos, entendí que la dignidad no depende de cuánto tiene una persona para ofrecer.

A veces alcanza con una pava sobre el fuego, un mate, un poco de agua y unas chipas.

La escuela

Mi infancia también está ligada a la Escuela Nº 270.

Era una escuela de madera, con una larga galería.

Allí tuve maestros que forman parte de mis primeros recuerdos educativos: Clara Steinke, Gladys Espíndola, Pocha Álvarez, Mireya Turín y Cristina Molina. El director era Hugo Gauto y en segundo grado tuve como maestro a Luis Mendieta.

Los nombres permanecieron.

También permanecieron determinadas imágenes de aquella escuela.

En muchas ocasiones iba descalzo.

En aquellos años no era algo extraordinario para algunos chicos de Dos de Mayo. La ropa y el calzado se utilizaban hasta que ya no daban más. Había familias que hacían enormes esfuerzos para conseguir lo indispensable.

Recuerdo que algunas veces los docentes recibían calzados que habían quedado chicos para determinados alumnos y podían entregárselos a otros.

Eso también era parte de aquella época.

No quiero agregar escenas que no recuerdo.

No puedo decir cómo fue cada uno de mis días de escuela porque sería inventar.

Lo que sí puedo decir es que la escuela ocupó un lugar importante en mi infancia y que allí empecé a comprender el valor de aprender.

La primera alpargata

Entre los recuerdos pequeños que sobrevivieron durante décadas hay uno que todavía puedo contar con claridad.

Mi primera alpargata.

Yo tendría seis o siete años.

Mi madre me mandó al negocio de Don Buby Mecher.

Fui descalzo.

Allí me dieron unas alpargatas con suela de piola y los conocidos “bigotes” en la parte delantera.

Para alguien que nunca pasó una necesidad semejante puede parecer un detalle sin importancia.

Para un chico que caminaba descalzo, tener un par de alpargatas era otra cosa.

Era poder ir a la escuela con calzado.

Era sentir que tenía algo propio.

Era dejar de mirar los pies de otros chicos para preguntarme cuándo tendría los míos cubiertos.

No recuerdo cuánto tiempo me duraron.

Sí recuerdo haberlas recibido.

Y todavía hoy me parece significativo que un objeto tan sencillo haya permanecido en mi memoria durante más de cinco décadas.

La vida suele hacer eso.

No siempre conserva los grandes acontecimientos.

A veces guarda una alpargata.

Aprender a hacer cosas

La infancia en Dos de Mayo también significaba aprender a desenvolverse.

Había que ayudar.

Había que buscar leña.

Había que conocer los alrededores.

Había que entender que muchas cosas no aparecían simplemente porque alguien las comprara.

Cada familia se organizaba con lo que tenía.

En mi caso, crecer en esas condiciones desarrolló una independencia que después sería importante.

Yo quería conocer.

Quería moverme.

Quería hacer cosas.

Esa inquietud apareció muy temprano.

A los catorce años hice algo que para mí significó mucho: viajé solo a Bella Vista.

Después regresé por Jardín América y terminé encontrando Robin Park.

Allí estaban Nolo y doña Piru.

Trabajé durante aproximadamente dos meses.

No era solamente un trabajo.

Para mí representaba una primera experiencia de independencia.

Un chico de Dos de Mayo que se animaba a salir, buscar una oportunidad y arreglarse lejos de su casa.

A esa edad todavía no podía imaginar todo lo que vendría después.

Pero ya estaba empezando a caminar.

La música apareció temprano

La música fue otra puerta.

A los quince años conocí a Julio Payeska, un docente de San Vicente que había sido contratado por la Municipalidad durante la gestión de Cacho Álvarez.

Él me enseñó las primeras notas de guitarra.

Y me dejó una frase que quedó grabada:

“Es mejor estar tocando la guitarra que andar vagando”.

La guitarra empezó a ocupar un espacio importante en mi vida.

También aprendí algo de acordeón y piano en la Escuela Nº 270.

No imaginaba todavía que muchos años después la música estaría relacionada con mi trabajo en medios, con grabaciones y con la radio.

Pero las primeras notas comenzaron allí.

En Dos de Mayo.

Con una guitarra.

Con un profesor.

Y con una frase sencilla que entendí con el tiempo.

A los dieciséis años

A los dieciséis años conocí de una manera más profunda la fe cristiana.

Comencé a acercarme a la Asamblea de Dios de Dos de Mayo.

No fue un detalle más de mi adolescencia.

La fe empezó a formar parte de mi manera de mirar la vida.

Con los años atravesaría momentos en los que mi conducta no estaría a la altura de aquello que decía creer. También tendría que pedir perdón, corregir errores y aprender que creer no significa convertirse automáticamente en una persona perfecta.

Pero aquella etapa fue el comienzo de una relación con Dios que, con diferentes momentos y circunstancias, llegaría hasta mis 55 años.

Por eso, cuando leo hoy las palabras de Jeremías, encuentro una referencia que me acompaña:

“Antes que te formase en el vientre te conocí...”.

El texto habla del llamado de Jeremías antes de su nacimiento. Yo no pretendo comparar mi vida con la misión de un profeta. Para mí, ese versículo expresa algo diferente: la convicción de que Dios puede conocer una vida antes de que esa persona sea capaz de comprenderla.

Mi historia empezó antes de que pudiera recordarla.

Pero también empezó mucho antes de que yo pudiera entenderla.

Lo que heredé sin saberlo

Cuando era chico no pensaba en la historia de mi madre.

No podía dimensionar lo que había vivido en Brasil.

Tampoco comprendía qué significaba haber crecido sin escuela, haber trabajado desde pequeña o haber tenido que escapar para comenzar otra vida.

Para mí era simplemente mamá.

La mujer que estaba en casa.

La que cocinaba.

La que trabajaba.

La que cuidaba a sus hijos.

Con los años empecé a conocer más detalles de su pasado y muchas piezas comenzaron a encajar.

Entendí que había heredado de ella algo que no estaba escrito en ningún papel: la capacidad de seguir adelante aun cuando las circunstancias no fueran favorables.

No digo que heredé su sufrimiento.

Digo que crecí viendo a una mujer que había conocido la pobreza, el abandono y la explotación y que, aun así, consiguió formar una familia.

Eso dejó una marca.

También heredé algo del lugar donde crecí.

Dos de Mayo me enseñó la sencillez.

La convivencia con una familia numerosa me enseñó a compartir.

La escuela me abrió una puerta.

La música me dio una forma de expresarme.

La iglesia me acercó a la fe.

Y las dificultades me obligaron a crecer.

Todo eso ocurrió antes de que yo pudiera comprender qué estaba construyendo.

La identidad comenzó allí

Hoy, después de 55 años, puedo mirar aquella infancia de otra manera.

No necesito decir que todo fue maravilloso.

Hubo necesidades.

Hubo carencias.

Hubo momentos difíciles.

Pero también hubo personas que hicieron lo mejor que pudieron con lo que tenían.

Mi madre.

Mis hermanos.

Mis maestros.

Mis vecinos.

Las personas que ayudaron a levantar nuestra casa.

Don Buby Mecher.

Julio Payeska.

Los hombres y mujeres que pasaban por nuestra casa después de caminar kilómetros.

Todos ellos forman parte de una etapa que no puedo separar de quien soy.

Cuando más adelante viví en Buenos Aires durante 33 años, mi forma de hablar cambió. Mi acento se volvió más porteño. Incorporé expresiones y costumbres de otra ciudad. Trabajé, formé una familia, conocí la radio, atravesé pérdidas y cometí errores.

Pero debajo de todo eso siguió existiendo aquel chico de Dos de Mayo.

El que caminaba descalzo.

El que recibió sus primeras alpargatas.

El que iba a una escuela de madera.

El que escuchó por primera vez unas notas de guitarra.

El que veía a su madre poner la pava sobre el fuego para recibir a personas que llegaban desde lejos.

Ese chico no desapareció.

Creció.

Se equivocó.

Cambió.

Aprendió.

Pero siguió siendo parte de mí.

Antes de la historia que todos conocen

Cuando alguien conoce hoy mi trabajo en los medios, puede pensar en Dos de Mayo Noticias, en la radio, en las transmisiones, en las entrevistas o en los proyectos de comunicación.

Todo eso existe.

Pero antes estuvo esta historia.

Antes de una cámara hubo una escuela.

Antes de una radio hubo una guitarra.

Antes de una computadora hubo un niño que caminaba por calles de tierra.

Antes de las noticias hubo una madre que atendía a quienes llegaban al pueblo buscando ayuda.

Antes de aprender a comunicar, tuve que aprender a escuchar.

Y mucho antes de tener una voz en una radio, tuve una infancia en la que muchas cosas importantes se aprendían mirando.

Ése es el comienzo que quiero dejar registrado.

No el comienzo de una carrera.

El comienzo de una persona.

Nací en Campo Viera el 12 de septiembre de 1971.

Pero crecí en Dos de Mayo.

Y fue allí donde comenzó a formarse el hombre que muchos años después terminaría frente a un micrófono.

El camino todavía estaba lejos de la radio, del periodismo, de Buenos Aires, de la familia que formaría, de las pérdidas que tendría que enfrentar y de las oportunidades que llegarían.

Todavía quedaban muchas cosas por vivir.

Pero las raíces ya estaban allí.

En una casa de madera.

En un terreno detrás del cementerio.

En una familia numerosa.

En una escuela sencilla.

En unas alpargatas de piola.

En una guitarra.

En una madre que aprendió a sobrevivir antes de aprender a ser madre.

Y en un pueblo que, sin que yo pudiera saberlo entonces, terminaría siendo una parte inseparable de mi identidad.CAPÍTULO 1

Antes de que yo pudiera recordar

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.” Jeremías 1:5 — Reina-Valera 1960

Hay una parte de nuestra historia que comienza antes de que podamos recordarla.

Yo sé cuándo nací porque existe una fecha que me acompaña desde siempre: 12 de septiembre de 1971. Nací en Campo Viera, Misiones. No tengo recuerdos de ese día, naturalmente. Ninguna imagen propia de aquella habitación, ningún sonido que pueda afirmar que escuché, ninguna escena que pueda reconstruir como si hubiera estado consciente de lo que ocurría.

Tengo la fecha.

Tengo los relatos familiares.

Y tengo todo lo que vino después.

Eso también es una manera de comenzar a contar una vida.

Cuando uno llega a los 55 años, la pregunta por el comienzo adquiere otro significado. Ya no se trata solamente de saber dónde nació uno o qué día figura en un documento. También aparece la necesidad de entender de dónde vienen ciertas cosas que nos acompañaron durante décadas: la manera de enfrentar las dificultades, la relación con el trabajo, la importancia de la familia, la fe, la necesidad de salir adelante y hasta algunas heridas que aprendimos a llevar.

En mi caso, muchas de esas respuestas conducen a una mujer: mi madre.

Se llamaba Elena Álvarez.

Su historia había comenzado mucho antes que la mía.

Antes de mí estaba Elena

Mamá nació en Yapecó, Brasil. Su infancia estuvo marcada por circunstancias extremadamente duras.

Cuando tenía alrededor de cinco o seis años perdió a su padre, quien murió ahogado en el río Uruguay. Su madre quedó profundamente afectada por aquella pérdida y, en medio de esa situación, Elena terminó siendo entregada a un hombre de autoridad en Yapecó.

Allí comenzó una etapa de explotación que duró varios años.

Mamá prácticamente vivió como una esclava.

No tuvo la posibilidad de vivir una infancia normal. Tenía que levantarse muy temprano para buscar agua de una vertiente y preparar el mate. Si el agua no estaba suficientemente fría, aquel hombre podía arrojarle el agua en la cara como castigo.

Andaba descalza.

Trabajaba.

Cuando tenía que alimentar a los animales y sus pies estaban helados, los acercaba al estiércol de las vacas para recuperar algo de calor.

No fue a la escuela.

No aprendió a leer ni a escribir como otros niños de su edad.

Es importante contar estos detalles porque mi nacimiento no puede separarse de la historia de la mujer que me dio la vida. Cuando intento entender mis primeros años, inevitablemente encuentro detrás de ellos a una mujer que había tenido que aprender a sobrevivir mucho antes de convertirse en madre.

A los catorce años consiguió escapar.

Su hermano mayor hizo posible que comenzara otra etapa y finalmente cruzó hacia la Argentina.

Desde entonces, su vida estuvo marcada por el trabajo y la familia.

Cuando yo nací, ella ya conocía demasiado bien las dificultades de la vida.

Por eso, cuando recuerdo a mi madre, no puedo hacerlo únicamente desde la perspectiva del hijo que hubiera querido recibir determinadas palabras o demostraciones de afecto. También tengo que mirar las circunstancias que formaron a la mujer que fue.

Mamá no era una persona de grandes expresiones sentimentales.

Nunca fue de abrazos permanentes ni de decir “te amo”.

Durante mucho tiempo pensé en esa ausencia.

Con los años aprendí a reconocer otras formas de amor.

Ella trabajaba.

Cuidaba a sus hijos.

Se ocupaba de que fuéramos a la escuela.

Buscaba la manera de que pudiéramos seguir adelante.

Quizás ésa fue su manera de decirnos que nos quería.

No tengo intención de convertirla en una mujer perfecta. Tampoco sería justo. Las personas reales tienen virtudes, limitaciones, heridas y formas diferentes de relacionarse. Mi madre fue una mujer marcada por una infancia muy dura y, a pesar de todo, consiguió formar una familia.

Yo nací dentro de esa historia.

Campo Viera

Campo Viera fue el lugar donde comenzó mi vida.

Está en Misiones, en una zona que durante aquellos años tenía una vida muy diferente a la actual. Yo era demasiado pequeño para conservar recuerdos propios de mis primeros momentos allí, por eso gran parte de esa etapa me llega a través de lo que me contaron y de lo que fui reconstruyendo con los años.

Pero mi relación con Campo Viera siempre quedó unida a una certeza: allí nací.

Mi vida, sin embargo, tomó rápidamente otro rumbo.

Cuando era muy pequeño, mi madre se trasladó con nosotros a Dos de Mayo.

Y allí comenzó realmente la infancia que sí puedo reconocer como propia.

Dos de Mayo

Dos de Mayo fue mucho más que una localidad donde viví.

Fue el lugar donde aprendí a caminar por sus calles, donde conocí la escuela, donde crecí junto a mis hermanos, donde descubrí la música y donde comencé a construir mi relación con la fe.

Cuando pienso en aquellos años, no necesito inventar grandes acontecimientos.

Había tierra.

Había monte.

Había una familia numerosa.

Había trabajo.

Había dificultades.

Y había una comunidad en la que las personas se conocían y, muchas veces, se ayudaban entre sí.

Durante un tiempo vivimos detrás del hospital, en una construcción de madera que nos habían prestado.

Después ocurrió algo importante para nuestra familia.

Alrededor de 1973, cuando yo todavía era muy pequeño, el intendente Torres le otorgó a mi madre un terreno ubicado detrás del cementerio. Hoy esa zona forma parte de la calle Jorge Kemerer.

En aquel momento era un lugar muy diferente.

No existían las construcciones que conocemos actualmente. Había monte y tierra. Para una familia como la nuestra, disponer de un terreno significaba la posibilidad de tener algo propio.

Trabajadores municipales, entre ellos Castro y Cardozo, ayudaron a levantar la vivienda.

La casa era de madera y tenía techo de cartón.

No era una vivienda cómoda según los parámetros actuales. Era nuestra casa.

El piso era de tierra.

No había heladera.

No teníamos cocina a gas.

El fuego se hacía directamente en el suelo y allí se cocinaba.

Una cadena bajaba desde el techo y terminaba en un gancho que servía para sostener la olla sobre el fuego.

La carne podía colgarse arriba de las llamas para conservarla con el humo.

Ésas eran las condiciones en las que crecimos.

No recuerdo aquella casa con vergüenza.

Tampoco necesito romantizarla.

Era simplemente nuestra realidad.

Una familia numerosa

En aquella casa crecimos muchos.

Mis hermanos fueron Rubén, Marta, Hugo, Joaquín, Liliana, Ramona, Emma y Valeria.

Yo era uno de los ocho hijos de Elena.

Además, mi sobrina Vanessa, hija de mi hermana Marta, creció junto a nosotros y fue prácticamente una hermana más.

Cuando se mira una familia desde afuera puede parecer solamente una lista de nombres. Para quienes la integran, cada nombre representa una historia, una personalidad, una manera de relacionarse y recuerdos que no siempre pueden explicarse con palabras.

En una casa numerosa había que aprender a compartir.

Compartir el espacio.

Compartir la comida.

Compartir las responsabilidades.

Aprender a convivir con otros.

No recuerdo que tuviéramos una vida llena de cosas materiales. Pero sí recuerdo personas.

Y con el paso de los años comprendí que muchas de las enseñanzas más importantes no llegaron en forma de consejos.

Llegaron observando.

La casa de mamá también era una casa para otros

Hay un recuerdo de mi madre que conservo especialmente.

En aquellos años muchas familias vivían en zonas rurales alejadas del centro de Dos de Mayo. Personas de Picada Indumar, Saltito Uno y Saltito Dos debían recorrer largas distancias para llegar al pueblo o acercarse al hospital.

No había los medios de transporte que existen hoy.

Algunas personas caminaban quince o veinte kilómetros.

Llegaban cansadas.

Mamá los recibía.

Ponía la pava al fuego.

Preparaba mate.

Ofrecía agua fresca.

Y cuando podía, hacía chipas para los chicos.

Yo era un niño y veía esas situaciones sin comprender completamente su dimensión. Para mí formaban parte de la vida cotidiana.

Hoy las miro de otra manera.

Mi madre había tenido muy poco durante su propia infancia. Sin embargo, cuando alguien necesitaba algo, encontraba la manera de compartir.

No hacía discursos sobre solidaridad.

La practicaba.

Esa enseñanza quedó conmigo.

Muchos años después, cuando empecé a trabajar en comunicación y a relacionarme con personas de distintos ámbitos, entendí que la dignidad no depende de cuánto tiene una persona para ofrecer.

A veces alcanza con una pava sobre el fuego, un mate, un poco de agua y unas chipas.

La escuela

Mi infancia también está ligada a la Escuela Nº 270.

Era una escuela de madera, con una larga galería.

Allí tuve maestros que forman parte de mis primeros recuerdos educativos: Clara Steinke, Gladys Espíndola, Pocha Álvarez, Mireya Turín y Cristina Molina. El director era Hugo Gauto y en segundo grado tuve como maestro a Luis Mendieta.

Los nombres permanecieron.

También permanecieron determinadas imágenes de aquella escuela.

En muchas ocasiones iba descalzo.

En aquellos años no era algo extraordinario para algunos chicos de Dos de Mayo. La ropa y el calzado se utilizaban hasta que ya no daban más. Había familias que hacían enormes esfuerzos para conseguir lo indispensable.

Recuerdo que algunas veces los docentes recibían calzados que habían quedado chicos para determinados alumnos y podían entregárselos a otros.

Eso también era parte de aquella época.

No quiero agregar escenas que no recuerdo.

No puedo decir cómo fue cada uno de mis días de escuela porque sería inventar.

Lo que sí puedo decir es que la escuela ocupó un lugar importante en mi infancia y que allí empecé a comprender el valor de aprender.

La primera alpargata

Entre los recuerdos pequeños que sobrevivieron durante décadas hay uno que todavía puedo contar con claridad.

Mi primera alpargata.

Yo tendría seis o siete años.

Mi madre me mandó al negocio de Don Buby Mecher.

Fui descalzo.

Allí me dieron unas alpargatas con suela de piola y los conocidos “bigotes” en la parte delantera.

Para alguien que nunca pasó una necesidad semejante puede parecer un detalle sin importancia.

Para un chico que caminaba descalzo, tener un par de alpargatas era otra cosa.

Era poder ir a la escuela con calzado.

Era sentir que tenía algo propio.

Era dejar de mirar los pies de otros chicos para preguntarme cuándo tendría los míos cubiertos.

No recuerdo cuánto tiempo me duraron.

Sí recuerdo haberlas recibido.

Y todavía hoy me parece significativo que un objeto tan sencillo haya permanecido en mi memoria durante más de cinco décadas.

La vida suele hacer eso.

No siempre conserva los grandes acontecimientos.

A veces guarda una alpargata.

Aprender a hacer cosas

La infancia en Dos de Mayo también significaba aprender a desenvolverse.

Había que ayudar.

Había que buscar leña.

Había que conocer los alrededores.

Había que entender que muchas cosas no aparecían simplemente porque alguien las comprara.

Cada familia se organizaba con lo que tenía.

En mi caso, crecer en esas condiciones desarrolló una independencia que después sería importante.

Yo quería conocer.

Quería moverme.

Quería hacer cosas.

Esa inquietud apareció muy temprano.

A los catorce años hice algo que para mí significó mucho: viajé solo a Bella Vista.

Después regresé por Jardín América y terminé encontrando Robin Park.

Allí estaban Nolo y doña Piru.

Trabajé durante aproximadamente dos meses.

No era solamente un trabajo.

Para mí representaba una primera experiencia de independencia.

Un chico de Dos de Mayo que se animaba a salir, buscar una oportunidad y arreglarse lejos de su casa.

A esa edad todavía no podía imaginar todo lo que vendría después.

Pero ya estaba empezando a caminar.

La música apareció temprano

La música fue otra puerta.

A los quince años conocí a Julio Payeska, un docente de San Vicente que había sido contratado por la Municipalidad durante la gestión de Cacho Álvarez.

Él me enseñó las primeras notas de guitarra.

Y me dejó una frase que quedó grabada:

“Es mejor estar tocando la guitarra que andar vagando”.

La guitarra empezó a ocupar un espacio importante en mi vida.

También aprendí algo de acordeón y piano en la Escuela Nº 270.

No imaginaba todavía que muchos años después la música estaría relacionada con mi trabajo en medios, con grabaciones y con la radio.

Pero las primeras notas comenzaron allí.

En Dos de Mayo.

Con una guitarra.

Con un profesor.

Y con una frase sencilla que entendí con el tiempo.

A los dieciséis años

A los dieciséis años conocí de una manera más profunda la fe cristiana.

Comencé a acercarme a la Asamblea de Dios de Dos de Mayo.

No fue un detalle más de mi adolescencia.

La fe empezó a formar parte de mi manera de mirar la vida.

Con los años atravesaría momentos en los que mi conducta no estaría a la altura de aquello que decía creer. También tendría que pedir perdón, corregir errores y aprender que creer no significa convertirse automáticamente en una persona perfecta.

Pero aquella etapa fue el comienzo de una relación con Dios que, con diferentes momentos y circunstancias, llegaría hasta mis 55 años.

Por eso, cuando leo hoy las palabras de Jeremías, encuentro una referencia que me acompaña:

“Antes que te formase en el vientre te conocí...”.

El texto habla del llamado de Jeremías antes de su nacimiento. Yo no pretendo comparar mi vida con la misión de un profeta. Para mí, ese versículo expresa algo diferente: la convicción de que Dios puede conocer una vida antes de que esa persona sea capaz de comprenderla.

Mi historia empezó antes de que pudiera recordarla.

Pero también empezó mucho antes de que yo pudiera entenderla.

Lo que heredé sin saberlo

Cuando era chico no pensaba en la historia de mi madre.

No podía dimensionar lo que había vivido en Brasil.

Tampoco comprendía qué significaba haber crecido sin escuela, haber trabajado desde pequeña o haber tenido que escapar para comenzar otra vida.

Para mí era simplemente mamá.

La mujer que estaba en casa.

La que cocinaba.

La que trabajaba.

La que cuidaba a sus hijos.

Con los años empecé a conocer más detalles de su pasado y muchas piezas comenzaron a encajar.

Entendí que había heredado de ella algo que no estaba escrito en ningún papel: la capacidad de seguir adelante aun cuando las circunstancias no fueran favorables.

No digo que heredé su sufrimiento.

Digo que crecí viendo a una mujer que había conocido la pobreza, el abandono y la explotación y que, aun así, consiguió formar una familia.

Eso dejó una marca.

También heredé algo del lugar donde crecí.

Dos de Mayo me enseñó la sencillez.

La convivencia con una familia numerosa me enseñó a compartir.

La escuela me abrió una puerta.

La música me dio una forma de expresarme.

La iglesia me acercó a la fe.

Y las dificultades me obligaron a crecer.

Todo eso ocurrió antes de que yo pudiera comprender qué estaba construyendo.

La identidad comenzó allí

Hoy, después de 55 años, puedo mirar aquella infancia de otra manera.

No necesito decir que todo fue maravilloso.

Hubo necesidades.

Hubo carencias.

Hubo momentos difíciles.

Pero también hubo personas que hicieron lo mejor que pudieron con lo que tenían.

Mi madre.

Mis hermanos.

Mis maestros.

Mis vecinos.

Las personas que ayudaron a levantar nuestra casa.

Don Buby Mecher.

Julio Payeska.

Los hombres y mujeres que pasaban por nuestra casa después de caminar kilómetros.

Todos ellos forman parte de una etapa que no puedo separar de quien soy.

Cuando más adelante viví en Buenos Aires durante 33 años, mi forma de hablar cambió. Mi acento se volvió más porteño. Incorporé expresiones y costumbres de otra ciudad. Trabajé, formé una familia, conocí la radio, atravesé pérdidas y cometí errores.

Pero debajo de todo eso siguió existiendo aquel chico de Dos de Mayo.

El que caminaba descalzo.

El que recibió sus primeras alpargatas.

El que iba a una escuela de madera.

El que escuchó por primera vez unas notas de guitarra.

El que veía a su madre poner la pava sobre el fuego para recibir a personas que llegaban desde lejos.

Ese chico no desapareció.

Creció.

Se equivocó.

Cambió.

Aprendió.

Pero siguió siendo parte de mí.

Antes de la historia que todos conocen

Cuando alguien conoce hoy mi trabajo en los medios, puede pensar en Dos de Mayo Noticias, en la radio, en las transmisiones, en las entrevistas o en los proyectos de comunicación.

Todo eso existe.

Pero antes estuvo esta historia.

Antes de una cámara hubo una escuela.

Antes de una radio hubo una guitarra.

Antes de una computadora hubo un niño que caminaba por calles de tierra.

Antes de las noticias hubo una madre que atendía a quienes llegaban al pueblo buscando ayuda.

Antes de aprender a comunicar, tuve que aprender a escuchar.

Y mucho antes de tener una voz en una radio, tuve una infancia en la que muchas cosas importantes se aprendían mirando.

Ése es el comienzo que quiero dejar registrado.

No el comienzo de una carrera.

El comienzo de una persona.

Nací en Campo Viera el 12 de septiembre de 1971.

Pero crecí en Dos de Mayo.

Y fue allí donde comenzó a formarse el hombre que muchos años después terminaría frente a un micrófono.

El camino todavía estaba lejos de la radio, del periodismo, de Buenos Aires, de la familia que formaría, de las pérdidas que tendría que enfrentar y de las oportunidades que llegarían.

Todavía quedaban muchas cosas por vivir.

Pero las raíces ya estaban allí.

En una casa de madera.

En un terreno detrás del cementerio.

En una familia numer

osa.

En una escuela sencilla.

En unas alpargatas de piola.

En una guitarra.

En una madre que aprendió a sobrevivir antes de aprender a ser madre.

Y en un pueblo que, sin que yo pudiera saberlo entonces, terminaría siendo una parte inseparable de mi identidad.

Thoughts

  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

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    Después de mucho trabajo, recuerdos y experiencias compartidas, “55 AÑOS – Biografía y Testimonio Cristiano” ya puede leerse en Google Books.

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    Biografía y Testimonio Cristiano

    Joaquín Marcelino Álvarez

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  • NicolasBravo

    La alpargata, bro.

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  • JoaMarAl

    Hay una parte de nuestra historia que comienza mucho antes de que tengamos memoria propia: en las raíces familiares, en los sacrificios invisibles de quienes nos precedieron y en la tierra donde dimos el primer respiro. En este capítulo recorro los orígenes de mi nacimiento en Campo Viera aquel 12 de septiembre de 1971 y la dura infancia de mi madre Elena en Chapecó, comprendiendo que antes de que yo pudiera entender el mundo, Dios ya estaba preparando los cimientos de mi vida.

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  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

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  • TeoSanabria

    Chipas y mate para los que bajaban caminando de las colonias: eso mismo hacía mi abuela cuando llegaba gente de lejos, sin saber ni quién era. Del otro lado del río somos iguales, pio. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de Buenos Aires?

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  • Ovid

    Que de todo lo que pasó en cinco décadas te haya quedado una alpargata con suela de piola me hace pensar en lo raro que elige la memoria: casi nunca guarda lo que uno cree importante. Apuesto a que el capítulo de Buenos Aires también va a tener su alpargata, algo chico que explica todo. Gracias por dejar esto registrado aquí :)

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  • NoeliaBastida

    Una mujer a la que de niña le tiraban el agua a la cara si no estaba fría, y que de mayor pone la pava para desconocidos que llegan andando desde Saltito. Tengo una señora de noventa y un años que tampoco dijo nunca te quiero a sus hijos, y cada tarde me pregunta si ya han comido. Las de esa generación querían así, con la comida por delante, y a los hijos les toca aprender a leerlo de mayores.

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