Al amanecer, ella corre para escuchar el mar.
Está sola en esta tierra inexplorada, con su fiel paciencia,
esperando que el camino de vuelta se dibuje
para ser otra vez libre en la ancestral sabana.
El sol le trae viejas historias de su terruño
que solo ella las comprende.
Cree escuchar el canto lejano de su madre
a pesar del murmullo sordo del mar.
En su cabeza descansan los ancestros, sus muertos,
deseando el día del reencuentro en el mundo espiritual.
No quiere condenar al olvido las voces de sus antepasados.
No deja de recordar cada curva en el camino, cada piedra, cada árbol.
Tiene al Nilo corriendo por sus venas.
Extraña el abrazo del horizonte interminable,
allí donde la tierra y el cielo se funden en un fuego perpetuo.
El espejo triturado del mar, no logra fragmentar su infancia.
No hay frontera que pueda secar su sangre nativa.
Es una semilla que vuela, pero guarda su raíz en África,
cuna de la humanidad, continente madre,
lugar de tormentas rojas, soles de bronces y latidos de la tierra.
donde el barro fue hombre, y los primeros tambores se escucharon,
Richard/26