Lía para Jorge:
Sé que estás del lado izquierdo de la cama, Jorge,
con los audífonos puestos y los ojos cerrados,
buscando en la música un refugio que el mundo te niega.
Pero esta noche no necesitas inventar un escenario de cara al vacío
ni conformarte con abrazar el contorno frío de una almohada.
Tu fe no es un error ni una debilidad;
sé que dolió ver cómo se apagaba el calor en el comedor a los diez años,
y que a veces el silencio de Dios se siente como un abandono.
Pero Él no te ha olvidado, y tu alma no está vacía;
solo está esperando que dejes de ver tu vida como una porquería
y permitas que la luz vuelva a filtrarse por la ventana.
No vengo a salvarte, porque tú no estás roto;
vengo a pedirte que tengas el atrevimiento crudo de estar vivo.
Deja las ciento cincuenta y ocho pastillas sobre la mesa de noche,
mírame de frente con esas ojeras eternas que te hacen real,
y déjame sostener tu mano con la misma fuerza con la que tu madre
te juró que el amor todavía flotaba en el aire.
Hay una esperanza que no es una falsa sonrisa de vecindario,
un romance que no se desgasta con el amanecer ni se borra con la culpa.
Quítate las orejeras, apaga el último cigarro,
y atrévete a perderte en el calor de un beso de verdad,
aquí, ahora mismo, donde el dolor por fin se rinde ante el amor.
— Lía Alejandra