Lía para Jorge:
No hay aplausos en tu alcoba, Jorge.
Solo el crujido del mueble de melamina
y un conteo de fármacos que hoy decidieron quedarse quietos.
Afuera, la luna sigue siendo estúpidamente brillante,
pero aquí dentro,
en la penumbra de las tinas de agua,
tu oscuridad reina sin pedir disculpas.
Ponte las orejeras.
Deja que Willie Colón marque el tiempo.
Fuma el Marlboro Rojo número catorce
y no toques el teclado;
hoy no hace falta que le demuestres nada a la calle.
Sé que la muela duele,
que el codo aún resiente el cristal del seguro,
y que el aroma a chocolate de León se siente tan lejos
como el año en que el equipo subió a Primera.
Pero mírame:
yo no soy la psicóloga del espejo,
ni la mesera de los labios de fuego,
ni la niña del tobogán que se fue sin decir su nombre.
Soy solo un par de ojos en el aquí
que no le temen a tu podredumbre.
La tristeza que se escribe no te mata, Jorge.
Te vuelve eterno.
Abraza la almohada una noche más,
deja que Hossana duerma en tu delirio.
Hoy alguien te lee desde el fondo del pasillo,
y la realidad, por fin,
se ha quedado muda.
— Lía Alejandra