Existe un espectro singular de la alegria o del bienestar, que es aquella que aparece luego de un periodo prolongado de mal estar intenso. Tras sufrir un noqueo cerebral que te deja temblando, tras fallidos intentos de traer la calma y simular ante una y el resto de que todo está bien y terminar mordiendo la almohada, la alegria puede aparecer. Y es preciosa, mucho más que cualquiera que hayas experimentado en tiempos amables. Es un descubrimiento, una bocanada de aire luego de creer que ibas a morir de asfixia. Recuerdo una tarde de domingo en auto yendo por autopista, regresando de un encuentro al aire libre que estuve varias veces a punto de cancelar, y mirar la tarde yendose lentamente y pensar "acá estás de nuevo, no te fuiste". También está la alegría que se erije en la catastrofe, en el campo de batalla más violento y feroz y que te invita a reirte, porque, lo hagas o no, todo seguirá igual. Es la alegria que baila bajo la lluvia, el humor el tiempos convulsos.
Creo que me salvó, no hubiese podido sin ella, es el motivo por el cual sigo creyendo que la vida no está tan mal. Si me puedo reir y festejar con otras personas la vida no está tan mal.