Hay algo del wu wei taoísta en cómo Lionkai se deja suavizar sin abandonar su camino. En la posada, frente al estanque, la misión no desaparece pero deja de ser todo. Aprende que el viaje no es solo llegar. Y luego se va igual. Eso es lo que cuesta.
Aethelgard - capitulo 3
Pensamiento
Hay algo del wu wei taoísta en cómo Lionkai se deja suavizar sin abandonar su camino. En la posada, frente al estanque, la misión no desaparece pero deja de ser todo. Aprende que el viaje no es solo llegar. Y luego se va igual. Eso es lo que cuesta.
Contenido de la publicación
Cap 3. En busca de respuestas
La travesía de Lionkai lo llevo directo al puerto de Airon. Donde debía buscar transporte directo al reino de Candora: una tierra antiquísima, situada al este del continente de Aethelgard y el oeste de la isla Koneida. El tramo de agua que dividía a Koneida de Candora era conocido como el mar de fuego. Debido a las leyendas que lo rodeaban.
Una de ellas era la de un imponente dragón marino, quien emergia del fondo del océano para atacar a los barcos que se atrevían a navegar por su territorio.
La mejor forma de evitar a aquella bestia era dandole una ofrenda de flores de cerezo, sal de grano y el canto de una doncella, antes de partir del puerto.
Los marineros aseguraban que eso calmaba a la bestia y les permitía navegar tranquilos. Esto asombraba a Lionkai, quien apenas iniciaba su viaje hacia tierras desconocidas.
Su maestra, Sayuri Okina le había entregado un papiro con instrucciones escritas en runas que solo el propio Lionkai podía entender. Las tareas eran específicas y estaban bien establecidas.
Lo primero era viajar al lejano reino de Candora. Su reina, Samira Reikon había enviudado en años recientes y estaba al borde del colapso mental pues su reino era atormentado por una gigantesca criatura de caparazón fornido.
Está bestia rugía con fuerza y devoraba el ganado de los campesinos ante la mirada impotente de los mismos y la inacción de los soldados debido a lo resistente que era la criatura.
Por lo general, aquellos monstruos, conocidos en Candora como los Armadillosaurios, solían ser pacíficos. Los maestros creian que su cambio de carácter posiblemente se debía a la influencia de una malvada bruja que envidiaba a la reina y por tanto había causado el deceso de su marido.
Si Lion quería averiguar la identidad del encapuchado que ataco la biblioteca Herbolaria entonces debía capturar a aquella bruja. Llamada Agarthis. De seguro ella lo conocia. Entre brujos se conocían bastante bien.
Lionkai hallo quien lo llevará al reino de Candora. Las tudias de plata
en su bolsillo agilizaron el trámite. Por lo que el joven guerrero no tuvo problemas en abordar el barco y sentirlo zarpar mientras a lo lejos una fuerte tormenta amenazaba su viaje. Capitan Forde se rio intensamente de aquel vendaval que se aproximaba. En sus más de treinta años de experiencia navegando las aguas nunca se había topado con tormenta que lo superará. Aquella no sería la excepción.
Una buena acción puede cambiar muchas cosas y cultivar un mejor futuro para todos. La sabiduría inculcada de sus maestros resonaba en su mente. Llevando a Lion a realizar actos nobles hacia los pasajeros que se encontraban en el barco. Los niños se alimentaban, los ancianos no estaban desamparados y hasta los marineros se regocijaban con recibir la ayuda del joven Lion para sujetar las cuerdas que izaban las velas.
Pero Lion también ayudaba a mantener el barco limpio y en buen estado. Parecía un miembro más de la tripulación. Capitán Forde habría estado encantado que el muchacho aceptara unirse a su equipo. Pero Lionkai tenía objetivos por cumplir. Debía seguir su camino. El capitán lo entendió y bendijo su cruzada.
Poco después de abandonar el barco, Lionkai se traslado a pie por los campos del reino. Caminando del puerto de agua clara a las frondosas planicies de Sierra león. Los leones eran bestias sagradas en Candora.
Su estandarte: un león dorado rampante y con lengua de fuego, daba fé de ello.
—Auxlio! Ayuda, por favor!—. Los gritos desesperados de la pobre chica se esparcieron como un eco por todo el valle montañoso. Llegando a oídos del joven monje.
Lionkai se detuvo para escuchar con más claridad. Quería determinar el origen del ruido.
Se trataba de un grupo de bandidos, tres en total, quienes navaja en mano hostigaban a una inocente muchacha de provincia, armada únicamente con una canasta de frutas frescas.
—Deja el ruido, muñeca—. Dijo uno de los sujetos, mientras sonreía maliciosamente.
—Si. No te agites, corazón—. Agrego el segundo a su lado. El tercer hombre saboreaba aquel momento con su lengua nefasta. Los tres sujetos mantenían sus navajas en alza. Intimidantes y dispuestos a todo.
La pobre chica tenia los ojos nublados por las lágrimas, que luchaban por no salir. Quería verse fuerte ante los agresores, aunque por dentro se estuviese cayendo de miedo.
El hostigamiento del trío prosiguio; acompañado de unas palabras obscenas, risas maliciosas y el deseo de cumplir sus viles fantasías retorcidas.
Lionkai se aproximó con pasos inadudibles. Solo el sonido del viento
se percibía. Los hombres se siguieron burlando. Muy confiados de su supuesta superioridad ante la pobre muchacha de cabellos rojos y vestido amarillo.
—Basta de juegos, vamos a empezar!—. Exclamo uno de los sujetos (el líder) para luego recibir un fuerte puñetazo en el lado izquierdo de la cara. Que lo dejo tirado en el suelo. Los dos restantes vieron el suceso con asombro. En su mente se preguntaron que había pasado.
El cuerpo inerte de su secuaz yacia boca abajo en la tierra cuando un segundo impacto (una patada voladora) derribo a otro de los rufianes.
La chica se sorprendió.
El que seguía en pie temblaba y se estremecía en su sitio. Intentando encontrar el origen de este ataque. Una silueta joven y delgada fue lo único que alcanzó a observar antes de que un tremendo sopeton le oscureciera la vista.
La chica pelirroja quedó pasmada por lo ocurrido. Había atestiguado el poder proveniente de un extraño joven de ropas sencillas, cabello castaño y ojos de color verde que reflejaban el brillo dorado que surgia de entre sus puños. Después de semejante despliegue de energía, Lion respiraba ondo para recuperar la calma. Sus habilidades tenían costo sobre su fuerza vital. Por suerte había sido entrenado para lidiar con aquello.
Con una actitud insegura y temerosa, la chica de cabellos rojos y vestido amarillo como el maíz se acerco vacilante a Lionkai. El dirigio su mirada
a la chica y esta se detuvo a solo unos pasos de distancia de el. Sus ojos de color azul reflejaban temor, mezclado con asombro y algo de intriga. Lionkai se dispuso a marcharse pues ya no tenía nada que hacer ahí. Lo último que necesitaba era crearse fama. La chica sin embargo lo detuvo. Haciendo que el monje se diera vuelta.
—Gracias... Gracias por salvarme—. Le alcanzó a decir la chica, mientras respiraba aliviada. Lionkai le devolvió una sonrisa. Por un instante, la chica sintió algo parecido al amor. Pero luego recordó que apenas conocía al extraño frente a ella y le desvío la mirada con vergüenza.
Lionkai la entendío y retomando su bolso del suelo se lo llevo a la espalda y se dió a la fuga. Dispuesto a seguir su camino. La chica, inexperta y temerosa, deseo detenerlo. Quizás sus caminos se volverian a cruzar. Aquel era el deseo tanto de la chica como del propio Lionkai.
Retomo entonces su camino. Su marcha lenta y constante. Cómo si no tuviese prisa en llegar al lugar de destino. Las montañas, ríos y cascadas salían a relucir a medida que avanzaba. Luego vinieron los volcanes; inactivos desde que los dragones fueran derrotados en el distante pasado.
Los bosques y los campos repletos de ganado se hicieron presentes al adentrarse en aquella nueva provincia. Había un sinfin de pequeñas aldeas que daban un aire pintoresco y vibrante.
Para Lionkai, que había crecido resguardado tras los altos muros de un monasterio, todo aquello le resultaba fascinante y a la vez aterrador. La espada en su cinturón parecía vibrar a medida que Lionkai se acercaba
a una pequeña casa de ladrillos, provista de un molino y un granero de aspecto avejentado.
Lionkai paso de largo con aquella casa y se topo más adelante con
una comoda y acogedora vivienda convertida en posada. Cómo aún
le quedaban algunas tudias en el bolsillo, Lionkai decidió entrar para alimentarse y de paso tomar un descanso.
El lugar, aunque pequeño, tenía pinta de ser un buen sitio. Con muebles de madera recubiertos con finas pieles de oso. Bandejas de fruta que los huéspedes podían degustar a cualquier hora del día. Una pequeña estatua de un león sentado se encontraba adornando el centro del salón. La tela de las cortinas era de exquisita seda carmesí, quizá traída de algún lugar exótico. Había cocina, unos baños y las habitaciones se hallaban en piso de arriba. Por dónde se asomaba una larga chimenea de mármol marrón.
Lionkai recorría el lugar con sus ojos cuando de manera inconsciente
se acercó demasiado al mostrador. En el se encontraba una mujer de cabellos rojos trenzados, vestido carmesí que hacía juego con las cortinas y ojos azules que llamaban mucho la atención.
—Hola, puedo ayudarlo?—. Le pregunto al jovencito con la amabilidad
que la caracterízaba. Lion dudo en un principio. Era la primera vez que ordenaba.
—Ah, si. Hola—respondió con cierta duda. Sus ojos verdes no dejaban de desviarse hacia la extraña fachada que lo rodeaba.
—Me encuentro de viaje, señora, y me gustaría alquilar una habitación.
—Normal o matrimonial?—. Respondió la mujer como parte del protocolo habitual.—Ah, es obvio que normal. No ví que llegaras con alguien cuando entraste. El comentario confundio a Lionkai. Su inexperiencia en ciertos temas salia a relucir.
La mujer se puso a escribir en el enorme libro empastado que tenía sobre su escritorio. Volumenes como esos había en el templo. Pero solo los maestros podían tener acceso a ellos.
Lionkai aguardo paciente a qué la mujer le encontrará una habitación disponible en medio de las interminables hojas que componían el libro de reservas. Pasaron unos minutos cuando la mujer anuncio la existencia de una recamara. La misma era comoda pero pequeña. Costaba la mitad que las de clase matrimonial y estaba disponible para el. Lionkai acepto sin chistar. Su cansancio le estaba ganando y necesitaba reponer sus fuerzas.
Esa noche, Lionkai medito en silencio. Respaldado por la seguridad de su alcoba. La hija de la dueña, una jovencita pelirroja de ojos azules y vestido de color amarillo acercó su oreja para ver si lograba escuchar algo. Nada. Lionkai no hacia ruido. Solo meditaba. Cómo cualquier monje de su clase. Por un momento, su cuerpo parecía flotar en el aire, elevandose unos centímetros por encima del colchón.
A la mañana siguiente, Lionkai se paseaba por el lugar. Su curiosidad inata lo llevo a encontrarse con el patio trasero del local. Un espacio muy amplio, adornado con arbustos, árboles frutales, linternas de piedra y un estanque lleno de peces.
Lionkai recordó su hogar de la infancia, el templo de los monjes puño-templado, en Koneida, mientras se le quedaba viendo a aquel pequeño estanque donde nadaban peces verdes, azules y dorados. Podía sentir
un aura de serenidad al verlo. Sus ojos esmeralda cerrados estaban. Sintiendo el viento que batía suavemente su cabellera de color castaño. En eso la chica pelirroja de ojos azules se acercó lentamente hacia el.
Se veía calmada. Cómo si la seguridad de los murallas que cercaban su hogar le producieran una paz interna.
Lionkai percibío su presencia y volteo hacia la muchacha. Su belleza e inocencia saltaban a la vista. Lionkai sintió una extraña sensación en su pecho. Algo que solo sentía durante su entrenamiento.
Chica pelirroja lo miró con una tenue sonrisa y pasando a ver el estanque le comento:—Mi madre mando hacer ese estanque cuando yo tenía apenas cuatro años. En esa época nosotras acabábamos de llegar del norte del reino y necesitábamos hallar una forma de sustentarnos. Está posada fue nuestra mejor opción.
Los pequeños peces nadaban de un lado a otro. Parecían ser felices en su pequeño mundo de agua, rocas y comida gratis. Lion se sentía igual a ellos cuando pensaba en su hogar. Salvó por el hecho de que el era humano y ahora se encontraba muy lejos de su lugar seguro.
La pelirroja se sentó en la orilla del estanque y deslizó suavemente sus dedos en el agua para sentir la textura. Lionkai dedujo que ella era una chica delicada. Todo lo contrario a las mujeres con quiénes crecío y se entreno. Comprendió en ese momento que no todas las personas debían ser iguales a el. Que había distintos tipos de seres en el mundo. Se sentó al lado de la muchacha, a una distancia más que moderada, para no invadir su espacio y producirle incomodidad. La chica agradeció el gesto pero en su interior hubiera deseado que se acercara.
El tiempo transcurría lento y sereno mientras los vientos soplaban. Los inquilinos convivían entre ellos y los niños jugaban alegremente. Parecía un auténtico paraíso. Uno que Lionkai disfrutaba aún cuando nunca antes lo había visto. La pelirroja se sentía igual. Mirando con ojos azules tranquilos y un semblante tierno que resaltaba su belleza.
Tras un breve momento de contemplación, Lion hablo por fin—Lionkai—. Dijo sin la necesidad de mirarla a los ojos.— Me llamo Lionkai. La chica
se sorprendió ante el gesto de confianza hacia ella. Sus bellas mejillas
se enrojecieron y sus pupilas azules se dilataron. Estaba algo nerviosa.
—Dayana—dijo tras unos segundos de silencio.—me llamo Dayana Tolima.
Lionkai y Dayana se quedaron viendo. Sus ojos verdes y azules parecieron hallar en la mirada del otro una mitad que creian perdida. Dayana se sonrió apenada y le desvío la mirada con ternura. Lionkai, presa de los nervios, hizo lo mismo. Parecían haber avanzado un paso más en su floreciente relación.
Los árboles se movían con el viento mientras la gente conversaba, reía y disfrutaba de exquisitos manjares en charolas de bronce. Lionkai agarro el valor suficiente como para volver a mirar a Dayana. Se sorprendió al ver que ella ya lo estaba viendo a él. Con ojos azules dulces y una bondad indescriptible. Lionkai jamás había sentido algo similar. Era como si esa chica lo desarmara por completo llegando a exponer la parte más vulnerable de su ser. Una que Lion intentaba ocultar bajo su riguroso entrenamiento marcial.
—De dónde vienes?—. Le pregunto Dayana curiosa. Lionkai alzó la vista para ver las aves pasar y respondio:—yo vengo de una pequeña isla llamada Koneida. En el mar del este.
—Koneida—. Repitió Dayana intrigada.—Y como es?
—Que cosa?
—Tu hogar, Koneida. Cómo es?
Lion suspiro y mirando pasar las nubes le respondío:
—Koneida es una tierra rodeada de un aura mística, casi divina. La niebla cubre los bosques de cerezo y montañas nevadas adornan el paisaje. Existen clanes de guerreros que gobiernan el reino. Estos a su vez están bajo el mando de un rey benevolente pero también implacable cuya labor es velar por la seguridad de los pobladores. Aunque las batallas entre clanes son frecuentes, estás a menudo se libran bien lejos de la presencia de los aldeanos inocentes. Los artesanos, pescadores y granjeros forman parte del púlpito. Los monjes como yo somos guardianes de la paz y procuramos darle nuestra ayuda a los más necesitados.
—ya veo—. Le dijo Dayana, impresionada.—Y como llegaste hasta aquí?
—pasando por el mar de fuego—. Respondió Lionkai.
—El mar de fuego—resaltó Dayana con asombro. —He oido que sus aguas son peligrosas.
—Si, bueno. Yo también lo había oído. Antes de venir para acá. Para ser más exactos.
—y ha qué has venido a Candora? Digo, si me puedes decir. Claro.
Lionkai suspiro y respondio:—Mis maestros del templo me encargaron una importante misión y debo cumplirla.
—Misión? Que misión?—. Lion la miro sin alguna expresión visible. La insistencia de Dayana era sorprendente. Nubes de tormenta comenzaban a divisarse en el horizonte. Acercándose.—Debo encontrar a un temible hechicero y acabar con sus fechorías. De lo contrario seguirá haciendole daño a los más vulnerables—. Dayana entendió. La misión de Lionkai parecía importante.
Lion agrego: —y para ello necesito hablar con la reina de Candora.
—La reina? Y que tiene que ver la reina en todo esto?
—Según tengo entendido hay una feroz criatura que está causando el terror entre los campesinos. La bestia atenta contra su ganado y contra ellos mismos.
—Si. Como que he oido rumores sobre eso. Dicen que ha muchos les ha pasado y que no ha sido nada bonito. Varias familias incluso han ido a la quiebra por culpa de ese malvado monstruo.
—Dayana, necesito hablar con la reina. Si pudiera ofrecerle mi ayuda estoy seguro que encontraria la forma de acabar con ese monstruo y con la bruja que lo controla.
—Hay una bruja controlandolo?
—Si, así parece. Esa misma bruja puede resultarme útil en la otra misión que debo cumplir. La más importante.
—Otra misión? Ay, Lionkai. En verdad que eres una persona extraña.
Lionkai se sonrió. Dayana hizo lo mismo. El viento siguió soplando. Anunciando la llegada de la tormenta.
En su habitación, mientras empacaba, Lionkai recibió la visita de Dayana. Está le trajo mantas extras y algo de comida para su viaje.
—Lion, antes de marcharte, yo quería. Bueno... Tu sabes. Lionkai se mostró confundido. Intentaba descifrar lo que Dayana quería decirle.
—Quería agradecerte por salvarme de esos criminales el otro día.—. Le respondío Dayana al encontrar un equilibrio entre sus emociones. Lionkai le sonrió con cariño.
Antes de marcharse, Lionkai tuvo un bonito gesto con la hermosa Dayana y besó su delicada mano como todo un caballero.
Dayana se enrojeció. Nunca alguien había tenido con ella un gesto semejante. Líonkai era el primero y de seguro volvería a verlo. Ese era su mayor deseo. Uno que la hacía sonreír gustosa.
Lionkai entonces se marcho. Retomando su viaje mientras la tormenta del día anterior se disipaba y los rayos del sol se asomaban entre las nubes, asemejando columnas de luz dorada.
Dayana y su madre, Dinora, esperaban volver a recibir la visita del heroico monje aventurero, Lionkai.
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