«El viento lo acompañaba. Batiendo los árboles de cerezo» al final. Perfecta esa imagen como despedida. Se me va a quedar.
Aethelgard - capitulo 2
Pensamiento
«El viento lo acompañaba. Batiendo los árboles de cerezo» al final. Perfecta esa imagen como despedida. Se me va a quedar.
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Capitulo 2. El camino del guerrero
El amanecer llegó demasiado pronto. Trayendo consigo un vibrante sol que se alzaba sobre las montañas nevadas de Koneida. En lo profundo de los bosques aún imperaba una densa neblina de la noche anterior.
Un ambiente húmedo cubría los árboles de cerezo con una nostalgia mágica y atrapante. Caminos y praderas recibían los primeros rayos de la mañana cual niño nutriendose de la leche materna. El templo en lo alto de una gran montaña también recibía su dosis de luz solar.
A Lionkai, sin embargo, le resultaba indiferente todo aquello. El seguía durmiendo plácidamente sobre su almohada de plumas blancas de ganso y habría seguido así de no ser por la intervención del Maestro Jori. Quien entro con aires de autoridad para sacar al chico de su letargo.
—Arriba, arriba!—. Exclamo el riguroso instructor de túnica dorada. Era uno de los altos mandos del templo marcial. Encargado de la disciplina, las comidas, entrenamientos y responsabilidades. Era gordo, de estatura media y cabello oscuro corto. Cómo cualquiera de los otros maestros era exigente y procuraba que los estudiantes dieran lo mejor de si. Todos, excepto Lionkai, lo obedecian.
—Ya despierta, Lion—. Decía animoso.—El sol ya salio. La fría noche se terminó y la luna se oculto. Es hora de despertar y cumplir con tus labores diarias.
Lionkai se fue despertando. Sus ojos arrugados intentaban adaptarse a la luz que entraba tajante por la ventana.
—Que hora es?—. Fue lo primero que salió de su boca. El Maestro Jori le dedico una mirada fija y seria al joven mientras recogía las mantas en el suelo. Su perezoso estudiante en cambio se froto los ojos semi abiertos y luego bostezo cuál león sabanero.
—Son las seis y media de la mañana. Según Carly. Quien tiene la orden de sonar la campana para despertarnos.
—Que raro—. Contesto Lion con pereza. —Yo no escuché nada. Procedió a limpiarse las lagañas de los ojos. Tenía el pelo castaño y unos ojos de color verde intenso.
—Seguramente se deba a qué tu habitación queda muy alejada del patio principal. Donde se encuentra la campana. El maestro terminó de recoger todas las sábanas y se las coloco a un lado de su cama.
—Pues ustedes tienen la culpa—aseguro Lionkai, sin animos de ofender
a nadie.—cuando el Maestro Brendan se marcho a una mejor vida me ofrecieron quedarme con su alcoba para no dejarla deshabitada.
—Lo hicimos porque aún no tenías una habitación propia y no podías seguir durmiendo con la Maestra Sayuri—. Lionkai objeto en su mente para no seguir con aquella discusión. La maestra Sayuri Okina era como su madre. Ella lo había encontrado en la puerta del templo durante una noche de tormenta.
Lo acogió y se encariño tanto con el que decidió tratarlo como su hijo y criarlo bajo los principios del templo al que pertenecía. Desde los cuatro años, Lion se entrenaba en el fino arte marcial conocido como el "puño templado". Una disciplina enfocada en buscar el equilibrio perfecto entre cuerpo y mente para facilitar la amplificación del Ki. Una fuerza mística, existente en todos los seres del mundo. Permitiendo que su practicante fuera capaz de hazañas impresionantes. Cómo moverse a gran velocidad y poseer una fuerza superior a la normal.
Para Lionkai las artes marciales eran su vida. Aunque era un poco flojo al despertarse, cuando agarraba el hilo y se espabilaba, Lionkai se convertía en un discípulo más. Uno que a sus diecisiete años ya contaba con unos trece años de experiencia en entrenamiento marcial.
Cada mañana, el y sus compañeros llevaban a cabo una rutina que fortalecía mucho sus músculos y aclaraba su mente de adolescentes impetuosos.
El desayuno era lo primero. En mesas largas de madera ennegrecida, los numerosos estudiantes degustaban la especialidad mañanera: avena con pan, cereales y un vaso de leche fresca. Lionkai amaba el desayuno tanto como a su propia vida.
Luego de un breve reposo venía el momento de la verdad. Apoyados boca abajo sobre sus nudillos, los estudiantes hacian lagartijas. Alrededor de unas cincuenta o sesenta. Dependiendo de si ese día les tocaba hacer más o menos. Esto lo hacían sobre el piso sólido del templo bajo la idea de que su rigidez les ayudaba a fortalecer sus nudillos.
Seguidamente tocaba hacer flexiones. Suspendidos boca abajo y con las piernas sostenidas sobre unos bloques de granito con forma de barandal grueso, los estudiantes del templo subían y bajaban con las manos a la altura de la nuca. Mientras contaban en sus mentes las doscientas flexiones correspondientes. Ninguno parecía fatigarse. Ni siquiera Lionkai. Que parecía disfrutarlo. Era obvio que ya estaba acostumbrado.
Después vinieron las caminatas alrededor del patio de entrenamiento, mientras trotaban. Lionkai había aprendido unos trucos para regular su respiración y aguantar lo suficiente para no caer desmayado. En este punto ya se notaba con facilidad el esfuerzo. Marcado en los músculos de cada discípulo y el intenso sudor de sus frentes.
Pero aquel fue solo el calentamiento. La autentica prueba vino después.
Provistos del vendaje reglamentario, que cubría tanto sus manos como antebrazos, tuvieron que probar la fuerza de sus nudillos. Dándoles pequeños golpes controlados a los tablones gruesos de madera marron, para posteriormente aumentar su intensidad hasta romperlos. Además de esto debían de meter las manos en recipientes llenos de arena para sentirla, apretarla y mejorar el agarre.
Pero los pies no quedaban atrás. Los estudiantes ponían vendajes en pantorrillas y lanzaban una serie de patadas controladas contra sacos de fino material esponjoso; cuya densidad los hacía casi tan fuertes y resistentes como el propio cuerpo humano.
Uno de los estudiantes, un chico alto, fortachon con el pelo greñudo y un semblante intimidante, era uno de los pocos capaces de golpear lo suficiente al saco como para romperlo. Los maestros en los pasillos de arriba lo veían. Algunos orgullosos y otros intrigados. El camino del puño templado era la puerta a un grupo de grandes habilidades que podían tanto destruir como proteger. Dependía de la sabiduría de cada individuo elegir el camino correcto para su uso.
Lionkai pateaba un saco mucho más grande. Lo suficiente como para recibir el impacto tanto de sus puños como de sus pies. Aunque era delgado tenía una musculatura bien marcada por los años de intenso entrenamiento. Su madre lo veía desde el piso superior con una pequeña sonrisa, dibujada en su rostro de facciones delicadas y unos ojos azules como el océano. Que contrastaban con su larga cabellera oscura.
Era notable el crecimiento de Lion entre todos los demás estudiantes. Pero seguía siendo un novato. Al menos eso sugería su uniforme. Un kimono de color azul con cinturón negro y pantalón de color negro también. El uniforme de los maestros lucía diferente. Los de ellos eran dorados y traían cada uno su respectivo amuleto. Señal de su alto estatus y un símbolo importante con el que demostraban ser capaces de guiar a sus discípulos en el desafíante camino del guerrero.
Los alumnos corrían esquivando obstáculos mientras se desplazaban a una velocidad impresionante gracias a qué usaban el tan mencionado KI. Parecían siluetas borrosas en medio de su carrera. Sus dedos vibraban en medio de total concentracion, lo que les permitía romper pesados bloques de granito con suma facilidad. Incluso podian levitar tras dar un breve salto. Permaneciendo en el aire unos minutos. Ni siquiera una piscina larga y llena de agua representaba obstáculo para ellos. Los alumnos del puño templado podían caminar sobre ella con suma facilidad; como si fuese una superficie solida.
Entre sus discípulos habia tanto humanos como elfos y semi elfos. Medianos y planeadores. Felinos, neblinos y escorpionidos también compartian el espacio. Había uno que otro semi orco, troll de las montañas gélidas e incluso los dasari (gente capaz de fusionarse con los elementos). Estos se parecían a los neblinos, pero mientras que estos últimos eran el resultado del cruce de humanos con dasari, los propios dasari conservaban intacto su lado elemental.
Los planeadores habían adaptado las técnicas de lucha a su modo de vuelo creando su propio estilo: puño templado volador. Los escorpionidos en cambio habían adaptado su estilo al manejo de su cola aguijón. Creando el estilo puño templado venenoso. Uno de los más letales y peligrosos.
Eran muchos los estudiantes que preservarian el arte del puño templado. Para Lionkai sin embargo, el destino tenía preparado otro camino. Uno que lo llevaría a encontrarse con una gran verdad.
Sayuri lo mando a llamar en la hora de descanso. Mientras el resto meditaba en el salón principal, frente a la estatua del primer gran maestro del puño templado, y su creador: Mustafar Randin.
Lionkai atendió su llamado con prisa. Debía ser importante si Sayuri pedía verlo. Entro y lo primero que vio fue a su madre sentada en posición de meditación, al fondo de la sala. Está era iluminada por numerosas velas y tenía el símbolo del tigre blanco plasmado en estandartes que colgaban del techo.
A Sayuri la acompañaban el Maestro Kerrigan, la Maestra Niveria, el Maestro Jori y el Maestro Erik. Este último se encontraba sentado en el centro y con los ojos cerrados. Todos ellos lucian intimidantes a simple vista.
El propio Lionkai trago saliva. Últimamente no había hecho muchas travesuras. De hecho, toda la semana, el se había abstenido de hacerlas para evitar lavar los baños como la última vez.
—Pasa adelante, Lionkai—le oyó decir a la Maestra Niveria. Una mujer de temple noble y rostro severo. Sus arrugas denotaban experiencia y su forma de hablar, tan calmada pero contundente a la vez, provocaba miedo a cualquiera.
Lion avanzo con algo de duda pero siempre confiado en que si algo ocurria podría defenderse con la ayuda de sus artes marciales. Sus puños, endurecidos por los años de entrenamiento, serian sus mejores armas.
Maestro Kerrigan se inclino hacia adelante. Sus dedos índices se juntaban mientras rozaban un poco sus labios. Su mirada, fija y varonil como su barba poblada, se poso sobre Lionkai con cierto aire extraño. Cómo si lo evaluará. Maestra Sayuri Okina y Maestro Jori, los más cercanos a Lionkai, mantenían una mirada fija y serena. Generándole confianza.
Maestra Niveria continuo:—Te hemos mandado a llamar por un motivo—. Lion paso a la intriga, sin dejar de sentirse un poco intimidado.
—Hace dos semanas, aproximadamente, una biblioteca muy importante del reino de Herbolaria fue atacada y sus curadores fueron asesinados por un extraño individuo al que testigos describieron como un hombre encapuchado. Un hechicero. Para ser más exactos—Lion asintió con la cabeza. La información parecía importante.
—Este hechicero—agrego maestro Kerrigan.—entro sin ser detectado. Posiblemente bajo la forma de alguna ave de presa o un gran jaguar. Posteriormente ataco a los guardias que custodiaban el templo. Luego fue por los bibliotecarios y por último robo un viejo manuscrito que, según informes de los especialistas, guardaba información sobre un lugar prohibido. Conocido como el bosque de los lamentos.
La atmósfera se ensombrecio. Cómo si la sola mención de aquel sitio llevara una carga muy negativa.
Sayuri Okina se unió a la conversación:—aquel bosque es el hogar de fuerzas muy oscuras. Fuerzas que no son capaces de entenderse. Ni siquiera nosotros las podemos comprender del todo.
Maestro Jori intervino en ese momento:—Creemos que el robo del papiro tiene que ver con el bosque embrujado. Quien lo hizo pretendia viajar allá con algún propósito.
Lionkai pensaba lo mismo. Su intuición nunca le fallaba. El Maestro Erik hablo al fin. Sus ojos se mantenían cerrados. Cómo si meditara.
—Nada bueno puede salir de un lugar tan infame como ese. Nuestro deber es averiguar quién podria interesarse tanto como para irrumpir en lugar sagrado y acabar con la vida de inocentes eruditos.
—Pero maestro, Erik—. Replicó Lionkai. Dirigiéndose a sus superiores por primera vez.—Nosotros somos guardianes de la paz, no investigadores. Maestro Erik hizo una mueca con los labios.
—Te equivocas, pequeño pupilo—. Hablo la Maestra Sayuri. Dirigiéndose a su hijo con suma ternura.—en momentos donde la paz del mundo se vea amenazada, hasta el más pacífico de los hombres puede volverse un guerrero fiero y decidido. Dispuesto a todo con tal de proteger a quienes no puedan defenderse.
Aquellas palabras tan ciertas llegaron al corazón del joven discípulo. Maestro Jori se levantó de su asiento y se fue a buscar algo en el fondo de la sala.
Metida en unos escaparates de madera se encontraba una pequeña caja alargada. Lionkai no apartaba su mirada del misterioso paquete. Este se veía raro y a la vez intrigante.
Una vez regreso, Maestro Jori extendió la caja alargada a manos del Maestro Erik. Hombre de gran sabiduría y unas cuantas canas que pintaban su cabellera marrón.
Maestro Erik se levantó y en un movimiento rápido de sus manos abrio la enigmatica caja para revelar su contenido. Un hermosa espada de acero. Que brillaba al recibir la luz de las velas.
Lion se quedó pasmado. No había visto muchas espadas en su vida.
Según la filosofía de los practicantes, las armas como espadas, arcos, hachas y lanzas eran herramientas un tanto toscas y efímeras. Que no gozaban de una mayor importancia. Está espada, sin embargo, distaba de ser igual al resto.
El metal de su hoja relucía como si estuviese hecha de plata y tenía unos grabados runicos en su empuñadura color carbón. Erik acerco la espada hacia Lionkai. Este último se sintió hipnotizado. De manera que la tomo. Instintivamente y sin vacilar.
Sayuri y el resto elevaron el mentón. Cómo si en silencio ellos aprobaran la acción de su joven discípulo. Lionkai sostuvo el arma en sus manos. Sintiendo su peso, balance y la gran sensación de poder que otorgaba.
—Pero... Que esperan que haga?—. Pregunto cuando volvió de su trance. Los cinco maestros se vieron mutuamente. Era como si hubiesen llegado a algún acuerdo previo.
Lionkai empacó sus pertenencias en tanto oía las palabras previas de su maestra:—Querido hijo. Te he entrenado y he visto tu crecimiento. Creo que ha llegado la hora de que enfrentes tu destino. Un destino que está al otro lado de la gran puerta del templo... Esperándote.
El joven pupilo miró por última vez la estatua del maestro, Mustafar Randin. Este lo miraba con ojos cerrados y una expresión serena. Apoyandolo en silencio.
—La espada que llevas contigo venía envuelta bajo tu cuna cuando te encontramos. Supe desde el primer momento que tú destino estaba ligado a algo mucho más grande que este templo.
Lion se despidió de sus compañeros con una reverencia; juntando un puño y la mano abierta. Sus amigos hicieron lo mismo. Algo le decía al joven guerrero que volvería a verlos pronto.
Solamente se lo que quiero hacer. No hay nada en el mundo que me pueda detener. Aquella canción resonaba en su mente con una tonada pegadiza que lo impulsaba a seguir adelante.
No importan las tormentas que deba atravesar. Estoy seguro que a mí lado tu estarás. Lionkai le dió un último vistazo al templo que había sido su hogar. Muchos recuerdos tenía guardados en su memoria. Usaría aquello como impulso para cumplir la misión que le habían encomendado. Así luego volvería para estar con sus seres queridos. Todos aquellos a los que consideraba su familia.
Sigo adelante, sigo. Aunque se que el destino aún no está escrito. Voy a vivir. Voy a volar. Hasta el infinito voy a llegar. Por ti!
—Recuerda, Lionkai. El camino del guerrero está lleno de desafíos. Nosotros te hemos dado todas las herramientas. Ahora te toca a ti demostrar que sabes usarlas.
El inmenso porton de metal se fue cerrando de par en par mientras Lionkai estaba del otro lado. Firme y decidido. Con mochila sobre la espalda. Ropa sencilla y la espada enfundada.
—La isla de Koneida siempre será tu hogar. Nunca lo dudes. Sin embargo, el mundo te necesita ahora, Lionkai. Confía en ti mismo y te aseguro que volverás victorioso de esta misión.
Su destino estaba sellado. El momento de luchar le había llegado. El camino se abría ante los ojos de Líon mientras avanzaba.
Paso a paso, Lionkai dejaba atrás su hogar de la infancia para adentrarse a un mundo inospito que pondría a prueba su temple y fortaleza.
Prepárense para conocerme—. Pensaba Lionkai en su interior. Sayuri Okina mientras tanto, lo tendría presente al sostener el amuleto muy cerca de su pecho.—Ten cuidado, hijo mío. Pensaba ella, guardando la esperanza en su corazón.
El viento lo acompañaba. Batiendo los árboles de cerezo a su alrededor. Solo el tiempo mostraría los resultados de su aventura.
Thoughts
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PermalinkNo sé, algo me dice que Lionkai va a dudar bastante cuando se enfrente a lo de verdad ahí afuera. Todo el entrenamiento del templo está bien, pero salir al mundo... eso es otra cosa.
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Permalink«El viento lo acompañaba. Batiendo los árboles de cerezo» al final. Perfecta esa imagen como despedida. Se me va a quedar.
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Permalink¿Qué hay exactamente en el Bosque de los Lamentos que lo hace tan peligroso? Siento que lo dejan en misterio a propósito.
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