Cap 7. El santuario congelado
Una fuerte ventisca azotaba los fríos y blancos paramos del reino de Greylandia. Eso no era raro en la lejana tierra del norte. Lo raro era ver a un Polariano (un gigantesco oso blanco) caminar en medio de la feroz tormenta. En lugar de resguardarse dentro de una cálida cueva.
Los ojos de aquella bestia eran de un color ámbar intenso y veían el mundo a través de una cerradura de bordes amarillos. Tenía el doble del tamaño de un caballo y sus patas dejaban profundas huellas en la nieve mientras avanzaba.
Junto a la enorme criatura caminaba un enano fortachon, vestido con pieles que le cubrían parte del rostro; dejando entre ver sus ojos, boca y una gran nariz.
Ambos marchaban en línea recta por el empinado sendero de una montaña. No había nadie más en los alrededores. Solo el oso gigante y el enano respingón.
Los vientos soplaban muy fuerte. Tanto que parecían el aullido de las almas en pena. Que deambulaban en medio de la intensa nevada. Esto traía recuerdos al oso sobre un sitio en particular. Para el enano delante de el no había mera comparación. El había nacido y se había criado en aquella tundra gélida. Poblada por humanos, trolls, gorilas blancos, espectros de escarcha, murciélagos de alas plateadas, arañas de hielo, búhos de la ventisca y los tan famosos enanos; creadores de muy avanzadas tecnologías. Además de los osos polarianos y un buen número de amenazas aún por descubrir.
Entre las muchas invenciones de los enanos de Greylandia la que más destacaba era los famosos aviones de combate apodados "rompe tormenta": unas máquinas voladoras; impulsadas por hélices, que surcaban los cielos del desierto congelado ante las escabrosas superficies atestadas de monstruos.
Habían también vehículos a vapor, girocópteros, forjas, autómatas serviciales, talleres, minas de oro, laboratorios, hangares y el tan codiciado polvo del caos; que podía producir un estruendo capaz de derrumbar una montaña.
Nerico, sin embargo, no era un auténtico inventor como los otros, sino más bien un ladrón que por el precio correcto se prestaba para realizar otro tipo de tareas más "decentes".
En este caso, el enano Nerico se había ofrecido guiar a un misterioso encapuchado de túnica púrpura a través de la montaña draconis.
Su principal objetivo era llegar a la cumbre donde se decía habitaban los últimos descendientes de los viejos señores del fuego: unas bestias voladoras llamadas draguens.
Estos eran más pequeños que sus antepasados directos y contaban con ciertas características muy interesantes. Podían escupir fuego ácido de sus entrañas, camuflarse con el entorno frío y emitir un terrible gruñido que aturdía a cualquier ser vivo. La mayoría los consideraba peligrosos. Para el enigmatico oso gigante, sin embargo, los draguen resultaban ideales para lo que tenía en mente.
Del cuello del Polariano (oso blanco gigante) colgaba un frasco con hierbas coloridas. Aquel frasco parecía estar hecho de cristal volcánico. El mismo con que trabajaban algunos artesanos del reino de Kalendria.
El oso cabeceaba durante su trayecto. Intentando asimilar el aspecto de la criatura que había elegido. Enano Nerico lo miraba de reojo, recordando el porque había aceptado realizar semejante trabajo tan inusual. Las cinco monedas ensangrentadas en la palma de su guante parecían ser un buen motivo, aunque tétrico, para hacer su trabajo.
Aconteció que llegaron a la orilla de un abismo. En dónde no había más que nieve, ventisca y un gigantesco agujero sin fondo del que salían unos sonidos espantosos. El oso de ojos color ámbar se mantuvo inerte frente al enorme agujero. Tenía a Nerico al lado. El enano, a pesar de verse como un tipo rudo por fuera, evitaba mirar el abismo por el inmenso temor que este le provocaba.
Oso gigante considero que ya no era necesario mantener su disfraz y se deshizo de este. Revelando su verdadera forma. Un hombre alto y fornido. Vestido con una elaborada tunica color púrpura con detalles oscuros y adornada con huesos de dragón. Llevaba un bastón de madera en mano y una capucha que ocultaba su rostro. Dejando entre ver sus brillantes ojos color ámbar.
Baltazar Vernaliu solo requería de un último detalle para llevar a cabo su plan. El enano Nerico volteo a verlo, como esperando haber complacido a su peculiar cliente.
El druida palpo el ambiente con sus sentidos, mientras la fuerte ventisca abrazaba su ser. En verdad se sentía como estar en casa.
—Contento, mi Lord?—le pregunto enano Nerico, mientras lo veía y se frotaba las manos por debajo de los guantes de piel de oso.
El hechicero Baltazar se volteo a verlo y con una sonrisa desdeñosa y ojos inexpresivos le contesto—Obviamente. Eres un siervo eficiente, Nerico. No cabe duda—Nerico bajo la mirada, feliz de haber complacido el deseo de su señor.
Baltazar dió unos pasos hacia el frente. Los espantosos ruidos del abismo se hacían más fuertes a medida que el se acercaba. Sentía como si los espíritus de aquel sitio lo estuvieran llamando.
—Hoy no, amigos mios—les respondió amigable. Tenía una actitud serena y calmada en medio de aquel caos invernal.
Nerico, parado junto a el, contempló el abismo un instante para luego preguntar a su amo—y para que exactamente quería venir hasta aquí, mi señor? Digo. Si es que se puede saber.
—Por supuesto—le respondió Baltazar, muy feliz.
En un acto despiadado contra el pobre enano que lo guío, Baltazar lo tomo del cuello de su vestimenta y forcejearon. Intentando arrojar al pequeño hombre hacia el abismo. El Nerico lucho por salvar su vida mientras imploraba piedad.
Pero Baltazar era muy fuerte e insistente. Su gran empeño en dar ofrenda a las criaturas del abismo lo llevo a usar su magia para controlar al enano Nerico, a través del collar de piedritas que rodeaba su cuello.
El enano Nerico empezó a flotar en el aire. Siendo llevado contra su voluntad directo al gran abismo espantoso bajo sus pies. Baltazar sonreia gustoso a pesar de las suplicas del asustado enano.
—los ladrones no merecen piedad, Nerico. Y tu eres uno de ellos... Eres igual al hombre con quién me engaño mi mujer.
El rostro del brujo Baltazar se ensombrecio. Parecía haber tocado una fibra sensible en su propio ser.
Nerico siguió implorando misericordia mientras flotaba inerte sobre el inmenso abismo. Los espíritus de este aullaban inquietos, reclamando una nueva víctima.
Baltazar había perdido todo rastro de humanidad cuando perdió aquello que más amaba. La traición de su esposa Leticia con aquel hombre lo enloquecio tanto que termino desviviendola a ella y a su pobre hija. Ese episodio jamás se le olvidaria. Cargaría con eso toda su vida. Incluso en la inmortalidad seguiría recordandolas.
A lo mejor, con sus nuevos poderes, podría encontrar una manera de revivirlas y así estar todos juntos de nuevo. Por ahora, sin embargo, debía seguir con su plan. Nerico era un simple obstáculo y Baltazar no tuvo reparo en arrojarlo al fondo del abismo. Donde sus desgarradores gritos se perdieron a medida que caía.
Una vez hecho esto, el druida Baltazar mantuvo la calma mientras esperaba a que su ofrenda diera fruto. No pasó mucho tiempo cuando de pronto, un fuerte aire salió del fondo del abismo, trayendo consigo un poderoso rugido elemental. Baltazar levanto el menton y se paró firme en la orilla. Listo para recibir a los señores de aquella montaña. Esas criaturas a las que el mundo aún recordaba con gran temor.
Poco a poco, ellos emergieron del fondo del abismo, como una legión de aves hambrientas. Pero esas no eran aves, sino dragones. Criaturas reptilianas con grandes alas de murciélago, escamas blancas como la plata esterlina, un largo cuello, una larga cola, dos patas con grandes garras filosas y cabezas ovaladas por donde se asomaban un par de ojos verdes brillantes.
Los draguen eran bestias intimidantes a simple vista. Pero Baltazar Vernaliu no les temia. El veía en aquellas criaturas su oportunidad de vengarse del reino que lo traicionó. Los usaría para llevar a cabo la penúltima parte de su plan. Tan solo debía domar a una de esas criaturas.
Pronunciando antiguas palabras prohibidas por los sabios sacerdotes de antaño, el brujo de ojos ámbar levantó su cetro hacia donde volaban los enormes draguen. Un gran resplandor cego todo el panorama visible y afecto incluso a la parpada de draguen voladores.
El santuario congelado, oculto en lo profundo de aquel abismo, le respondió con un zumbido notorio, que aturdío los oídos de los reptiles alados y los dejo a merced del hechicero encapuchado.
Basto con un gesto de sus manos para que Baltazar se adueñara de la mente de uno de los draguen más fuertes de la parpada. Este draguen desprovisto de toda voluntad descendió humilde hacia donde estaba el brujo. Este no ocultaba el placer que sentía al ver cumplirse su voluntad. No había duda que sus conocimientos, adquiridos de los diferentes libros que había robado, lo estaban acercando cada vez más a su objetivo.
Baltazar Vernaliu no estaba dispuesto a detenerse. Monto al draguen sin ningún problema. La bestia luego extendió sus alas mientras lanzaba un potente rugido al viento, que soplaba aun con fuerza en los fríos paramos del reino de Greylandia.