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Aethelgard - capitulo 1

Josean64
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Capitulo 1 de la historia Aethelgard, un lugar místico y lejano. Espero lo disfruten

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Contenido de la discusión

Capitulo 1. Designios del destino.

La luna llena brillaba en el cielo nocturno. Proyectando una luz tenue y plateada en el fino manto de nubes oscuras que la rodeaban.

Bajo su mirada omnipresente se cernia una gran llanura provista de bosques densos, montañas escarpadas y un prominente rio que se extendía por varios kilómetros a través del terreno árido y con poca vegetación.

Era este el lugar donde se hallaba uno de los más temidos bosques en el reino elfico de Herbolaria. Los nativos lo llamaban el bosque de lamentos debido a las numerosas leyendas que lo rodeaban.

Se decía que aquel lugar se encontraba bajo un maleficio; cuyo trasfondo era desconocído. Algunos aseguraban que en noches de luna llena, como aquella, los espíritus de los guerreros caídos se levantaban y tomaban forma en los árboles; retorciendo sus troncos mientras emitían unos espantosos sonidos guturales desde el interior de los centinelas.

Rostros de expresiones sufridas se asomaban en la tosca madera.

Sus facciones alargadas y deformes les daban un aspecto aterrador

y desafíante. Muchos viajeros evitaban cruzar aquel bosque tomando

un atajo, que aunque largo, resultaba ser mas agradable y tranquilo.

Pero Baltazar era diferente. El estaba dispuesto a todo con tal de conseguir su objetivo. Apareció en medio de la fría noche. Convertido en ave de presa gracias a sus poderes mágicos. Sus enormes alas oscuras como el carbón les servían para planear con el viento mientras sobrevolaba el infame lugar.

Su cuerpo emplumado se parecía más a una sombra que a un ser vivo. Sus ojos rojos como los rubíes veían el mundo a través de una cerradura carmesí con bordes borrosos. Tenía la certeza de un erudito y las ansias de un temible depredador. Su descenso en picada lo llevo directo a la boca de la bestia.

Una densa niebla cubría el bosque con gran malicia. Sus incontables troncos lucian de un color gris pálido, similar al hueso. El entramado de sus coronas parecía susurrar voces antiguas cuando el viento las agitaba. Parecía un auténtico bosque embrujado. Uno en el que ni siquiera el canto de los pájaros se escuchaba. Nomas el graznido de los cuervos y el chillido incesante de las cigarras.

Disfrazado del ave raptora, el hechicero Baltazar se abrió paso por el intrincado lugar. Maniobrando entre varios de los árboles con una agilidad impresionante. Podía parecer un ave común, pero en cuanto tuvo la oportunidad, el brujo se deshizo de su disfraz. Dando el privilegio de ser visto.

Un hombre fornido y envuelto en una elaborada capucha de tes púrpura con detalles en negro y unas hombreras adornadas con motivo de hueso de dragón. Llevaba a la mano su bastón. Hecho con madera de roble y una joya luminosa como catalizador de su poder. Sus ojos de color ámbar brillaban con un fuego interno que se asomaba por debajo del grueso de la capucha.

La daga oculta en su cinturón y los numerosos gemelos que adornaban sus largas muñequeras le resaltaban tanto como su expresión seria y llena de odio. No iba en busca de fama ni de gloria. El solo quería una cosa y el oráculo de aquel bosque maléfico sería el único capaz de dárselo.

Con pisadas firmes y decididas, el hechicero se dispuso avanzar hasta el altar. Un gran monolito lleno de runas escritas en un idioma antiguo era el recipiente de una de las fuerzas más poderosas en aquel bosque.

Los espíritus sintieron su presencia y se agitaron mientras hacían sonar sus perturbadores cantos. El hechicero de la capucha ni se inmutaba. Aquellos seres no representaban mayor amenaza para el. Había cosas más importantes en que enfocarse.

Avanzo decidido y sin pausa. El altar se hacia más grande a medida que Baltazar se acercaba. Cómo si supiera que alguien quería entrar en contacto.

—haz entrado en dominio sagrado—dijo una voz femenina grave, que resonaba como eco en el bosque. Un pequeño temblor recorrió la espalda del hechicero. De todos sus enfrentamientos, aquel sería el más importante.

El viento comenzó a soplar con más fuerza. Como si este quisiera intimidar al intruso para que desistiera. Baltazar en cambio se sonrió

—acaso esto es lo mejor que tienes?—. Le pregunto en forma burlona. Tendría que hacer algo más para intimidarlo.

Los ojos del hechicero se desviaron en ambas direcciones tras su espalda. Los árboles grotescos, que en un principio parecian guardianes inmóviles; aferrados a la tierra seca, causaron asombro al desprenderse con todo y raíces. Era obvio que el oráculo no estaba jugando.

Con unos pasos forzados y lentos, un buen número de los centinelas se arrastró tajante hacia Baltazar. Fue entonces que el brujo lo comprendio todo. Debía ganarse su derecho a la consulta. Al igual que todo el mundo.

Pronuncíando las palabras mágicas correctas, en el orden de gestos adecuados, el hechicero Baltazar hizo volar por los aires al grupo de criaturas hostiles que lo acechaban. Tras repetir el proceso hubo una segunda bocanada de aire que acabo de arrastrar a las criaturas directo al olvido.

Los ojos del brujo Baltazar ardían con una gran intensidad, reflejando

sus ansias por más acción. El oráculo leyó sus pensamientos y se lo concedió; dándole vida a otro grupo de monstruos más elaborados.

Estos estaban hechos de un material muy similar al barro, tenían cuerpos robustos, rostros de facciones inexpresivas y unos ojos rojos como el carbón encendido. Baltazar probó su misma técnica con los nuevos asistentes. Estos resistieron bien la prueba. Era el momento de probar con otro hechizo.

De su cetro levantado sobre su cabeza emano un brillo intenso con aroma a braza y rastros tenues de incienso. Basto con una palabra bien dicha por el brujo para que el área adyacente a el se tornará en un infierno de llamas espectrales y sombrías. Las criaturas de barro fueron derretidas por el fuego intenso.

El brujo se volteo hacia el monolito.

—ya basta de juegos, oraculo!— . Exclamo con notable molestia.

Un repentino silencio envolvió el ambiente a su alrededor.

Poco a poco, la estructura de piedra comenzó a reírse. Su risa sonaba extraña y fantasmal. Cómo si la envolviera una atmósfera densa y pesada.

Baltazar frunció el ceño. Aquel juego le estaba colmando la paciencia. Sin embargo, estaba más que decidido a no marcharse, sin antes lograr su objetivo.

—eres fuerte, hechicero—. Reconoció el espíritu del monolito. Aquella afirmación le hizo sentir algo al brujo. Algo que se parecía mucho al orgullo.

—pero la fuerza no basta—. Agrego. Tornandose en una voz maligna. Una que gustaba de jugar con sus presas.

Inesperadamente, el suelo bajo sus pies se abrió y el hechicero Baltazar se desplomó; directo a la oscuridad.

De un momento a otro, Baltazar se hallo envuelto en viles tinieblas. No había luz visible ni elemento que le indicara que se encontraba en el mismo sitio. Todo el ambiente se torno pesado y frío. Baltazar sentía como si cayera hacia el olvido y un sinfín de voces amontonadas bombardearon sus oidos y su memoria.

En un flashback repentino y apremiante, Baltazar Vernaliu se enfrento a su terrible pasado. El pasado de un hombre de campo, bueno, humilde y trabajador, que disfrutaba de la vida y amaba tanto a su mujer como a su bella hija. Aquellos recuerdos eran demasiado vividos y lo atormentaban.

Llevándose las manos a la cabeza, Baltazar pudo escuchar la voz infame del oráculo en su cabeza. Este le hablaba en susurros inexplicables. Cómo si quisiera enfrentarlo a su realidad. Baltazar hizo lo posible por resistirse pero al final lo vió todo. Su casa, una pequeña cabaña en medio de un terreno baldio lleno de vacas, terneros y algunas cabras. El molino que giraba con el viento. Las risas de su mujer y las del hombre que se revolcaba con ella bajo las sábanas. El dolor era insoportable. Nada podía haberlo preparado para lo que vio.

Sus dientes amarillos chirriaban de dolor y todo su cuerpo se retorcía hacia adelante como los centinelas encantados del propio bosque. Paso por alto el tocar la puerta. Hubiera salido mejor el haberlo hecho. Su expresión, cansada pero alegre se torno sería y desconcertada al abrir la puerta.

De nada valió que su mujer intentará apaciguar el suceso al percatarse de su presencia. El amante era tan culpable como ella y el dolido Baltazar les haría pagar a ambos con ayuda de la daga que traía amarrada a su cintura.

Golpes secos y contundentes tiñeron la seda color blanco con un rojo intenso. Aquellas vidas derramadas como sus lágrimas crearon el cóctel perfecto para el desastre.

Pero lo que vino después fue mucho peor. Su querida hija, una jovencita quinceañera, muy parecida a su madre, llego de la biblioteca demasiado pronto y se encontró con una terrible escena. Gritos, llantos y mucha desesperación se apoderaron de la casa en la que alguna vez se habían oído solo risas y canciones tiernas.

Baltazar no soporto oír los reclamos enfurecidos de su primogénita y cometió uno de los actos mas atroces que puede cometer un padre contra sus hijos.

Aunque luego se arrepintió ya era demasiado tarde. Su esposa Leticia y su hija Aurora ya no existían y ni todo el llanto del mundo podría revivirlas.

Presa del miedo y la desesperación, Baltazar le prendió fuego a la casa. Buscando borrar las pruebas de su delito. No pasó mucho tiempo para que la noticia llegara a oídos de la justicia del reino. La misma resultaba ser implacable ante actos tan atroces. Enviaron entonces a una patrulla para capturar al culpable. Este emprendió la huida en medio de la noche. Cuando el fuego ya se había extinguido. Al igual que su espíritu.

El campesino corrió y corrio, sin un rumbo fijo. Su carrera sin pausa lo llevo al lugar más recóndito del reino. Un implacable e inospito desierto donde la esperanza se perdía y las sombras aullaban en medio de la noche. Mientras deambulaban como figuras borrosas en la inmensidad de la pradera.

Si por algo era conocido el reino de Kalendria era por su caballeria de alta estirpe. Los jinetes entrenados en el arte de la guerra no descansaban hasta haber cumplido con su deber. Para el pobre de Baltazar eso significaba que debía correr aún y cuando no podía. Significaba ser perseguido por la guardia mientras oía el galope de sus caballos y el ladrido feroz de la jauría de perros hambrientos que los acompañaban. Significaba tropezarse en medio de aquella persecución y caer por un barranco mientras los sonidos continuaban. Significaba, muy a su pesar, que acabaria en una fosa oscura donde solo podía escuchar los latidos de su corazón. Un corazón que tras el fuerte impacto empezo a disminuir el ritmo de sus latidos.

El desdichado campesino de mediana edad murió en la más absoluta soledad. Rodeado de las sombras y aullidos que lo atormentaban.

Hubiera acabado allí. Con los guardias retirándose tras comprobar que el cuerpo yacia inerte en lo profundo de aquel abismo. Sin embargo... no fue así.

El destino, caprichoso y traicionero, tenía otros planes para con el moribundo sujeto. Baltazar Vernaliu recibiría entonces la desdicha de ser elegido por el infame espíritu que habitaba en aquel lugar. Su cuerpo, su alma y todo lo demás serían absorbidos por la implacable sombra. Una fuerza ancestral; anterior a todos los seres vivos en el continente. Incluidos los propios dragones.

De un momento a otro su humanidad se elevo en el aire, cual marioneta predilecta. Su carne tomo un aspecto extraño; tornandose pálida y grisácea como la leche vencida. De sus ojos grises brotaron rayos de energía violeta y con un fuerte temblor que le sacudió hasta los pies, el hombre de campo fue transformado en un súbdito más. El esbirro más fuerte de aquella entidad. Uno que lograría hacer lo que otros no habían podido. Liberarla de su encierro a cambio de que esta le diera la oportunidad de vengarse.

Esa noche murió el humilde campesino y nació, en medio de sombras y bruma espectral, aquel al que conocerían como el infame hechicero de ojos color ámbar. Había nacido Baltazar, el hechicero del mal.

—asi que eres uno de sus lacayos—dijo la voz del oráculo con algo de asombro. Baltazar tenía en el piso las rodillas y su mirada baja. Le costaba respirar mientras un manto de sombras tetricas lo envolvía. Parecía la presa de una víbora, a punto de ser devorada.

El oráculo respiro profundamente. No tenía rostro pero en sus numerosas runas se percibía un raro sentimiento de incredulidad. Baltazar alcanzó a dirigirle una mirada fría y sin alma. El espíritu de aquel ser milenario lo controlaba.

Una atmósfera turbia se apoderó del bosque. La seguridad del oráculo desapareció en ese mismo instante. Era como si el druida se hubiese ido y en su lugar estuviera algo más. Una entidad a la que ni siquiera el oráculo se atrevía a desafiar.

Los numerosos gemelos en las muñecas de su armadura comenzaron a brillar. Su voz profunda se torno pesada y metálica. Con una serie de palabras contundentes y de idioma desconocido, Baltazar invoco un torbellino a su alrededor. Esto sacudió incluso a la propia roca que lo dominaba.

El oráculo se estremeció en su sitio pero nunca bajo la guardia. Jugaría entonces su última carta.

Rostros calavericos y fantasmales se aparecieron frente a los ojos encendidos del infame hechicero y comenzaron su tortura.

—Culpable! Culpable! Culpable!—. Le exclamaban con voces guturales y sonoras. Formando un eco de dolor que habria vuelto loco a cualquiera.

Esto solo avivo la irá de Baltazar. Los recuerdos y el dolor por la perdida de sus seres queridos hizo que el corazón del hechicero se estremeciera.

La bruma espectral que lo rodeaba se desapareció y los vientos luego se tornaron huracanados. El inmenso poder del druida se hacia presente y ni siquiera el oráculo podría detenerlo.

—Culpable—. Susurro el brujo bajo su gruesa capucha. Cómo si aceptará el peso de su situación. Los vientos se hicieron un poco mas tenues. El oráculo siguió inmóvil en su sitio. Atestiguando la verdad de su intrigante invitado.

Una sonrisa desdeñosa se dibujo en su rostro; marcado por incontables batallas. Baltazar Vernaliu ya no ocultaba su verdadera naturaleza. En lugar de ello la aceptaba. Se llevó el capote hacia atrás y dió un salto directo a tierra. El torbellino lo rodeaba pero ya no tenía tanta intensidad. El oráculo del bosque se estremeció en el fondo. Parecía haber finalizado su prueba.

El hechicero Baltazar se acercó al monolito, dando unos pasos precisos y pausados. Oráculo se había quedado ya sin opciones. Bastaba saber lo que quería aquel druida de túnica púrpura y mirada perversa.

—haz pasado la prueba, hechicero—. Afirmó la voz que salía de la roca. Baltazar frunció el ceño. No le disgustaba oír aquello, pero tampoco se alegraba.

Tras un breve y profundo suspiro, el espíritu del monolito hizo la pregunta correspondiente para acelerar el trámite:—Que es lo que deseas saber?

Baltazar se acomodo los hombros y retomando su cetro con firmeza le contesto al oráculo:—quiero saber si hay una forma de volverme inmortal—. La petición sonó vaga para el oráculo. Muchos otros habrían pedido conocer el resultado de un evento futuro: como una batalla, una boda e incluso la manera de encontrar abundantes riquezas. Pero Baltazar, en cambio, pedía algo que resultaba ser un tanto... Infructuoso.

Sería acaso un intento del brujo por escapar del tormento eterno. Su vida terminaría extinguiendose tarde o temprano y era más que seguro que su espíritu acabaria en el averno. Un lugar de gran tormento para las almas corruptas y malvadas. De dónde nunca saldría.

Si, de seguro era por eso. Así lo veía el oráculo del bosque. El propio hechicero Baltazar lo confirmaba con sus gestos, que aunque leves,

eran notables a simple vista. El oráculo entonces medito. Sus numerosas runas brillaron mientras reflexionaba. Su aura se torno fría y distante.

Por un momento parecía que la busqueda del hechicero sería en vano. Pero entonces, algo ocurrió. La enorme roca se elevo. Unos cuantos centímetros por encima del suelo, entramado y pantanoso. Sus runas hicieron movimientos titilantes y de su interior emanaron palabras que resonaron en los oídos del infame hechicero.

—si la inmortalidad quieres alcanzar entonces un ritual debes de realizar. El mismo se debera llevar a cabo una noche de luna llena, similar a esta—. Baltazar escuchaba atento mientras sus ojos color ámbar se teñían con el brillo azulado de las runas en el monolito.

—necesitaras extraer la sangre de una joven pura y casta. De lo contrario el ritual no servirá—. Baltazar asintió para indicar que entendía.

—aquella sangre deberá ser derramada en el tocon de un árbol de sauce. Justo después de haber sido talado. Inmediatamente, verteras el elixir resultante de aquella fusión en un contenedor de vidrio volcánico; de esos que fabrican los nobles artesanos Kalendrianos. Luego de esto deberás mezclarlo con hierbas especiales que solo crecen en los campos del mismo reino que te persiguió y causo tu deceso—. Baltazar trago saliva al escuchar aquello.

—hierba madre y rocío esmeralda. Estos son sus nombres. Una vez que hayas hecho todo este proceso te beberas el elixir. Si sobrevives a los efectos secundarios del mismo, felicidades. Te habrás convertido en un ser inmortal. Un ser poderoso como pocos y listo para una vida muy larga. Demasiado larga, diría yo.

Por primera vez, el reservado hechicero sonrió con una seguridad muy notable. Hasta una reverencia le regaló al poderoso espíritu en la roca.

Habiendo conseguido lo que buscaba, Baltazar se dispuso a marcharse. Sin embargo, el oráculo del bosque lo detuvo dándole una última e importante advertencia:—ten mucho cuidado, hechicero Baltazar. Los designios del destino son infranqueables. Y tú destino está sellado—. El brujo Baltazar se volteo hacia el oráculo con una expresión seria y ojos arrugados.

—tu hora es inevitable y si no logras tu cometido entonces el destino te pasará factura por lo que hiciste—. Baltazar dió unos pasos al frente. Tenía una expresión calmada con la que pretendia ocultar el temor que sentía por dentro.

—Ah. Si. Lo veo perfectamente, Baltazar. Hay un guerrero poderoso y lo suficientemente fuerte como para derrotarte. Un guerrero cuyo espíritu noble y habilidades será capaz de darle jaque a tu existencia.

El hechicero reclamo:—Quien es? oráculo. Dímelo ahora.

Pero el oráculo no respondió la pregunta. En cambio le regaló a Baltazar una última frase que lo dejo helado:

—a todo ternero le llega su hora. Y tú, Baltazar Vernaliu, no serás la excepción. El destino te pasará factura. Una muy, muy cara. Jejeje.

El druida Baltazar se lleno de sentimientos, en tanto aquel oráculo malicioso se echaba a reír; en un aglomerado de risas fantasmales

y sombrías. El hechicero se volteo, solo para ver cómo un sinfín de criaturas arboladas y hechas de barro venían hacia el.

Sus ojos color ámbar ardieron con gran intensidad. Había vuelto su espíritu guerrero, y con el mismo ímpetu con que llego así mismo se despidió del bosque de los lamentos, lanzando una ráfaga de luz divina sobre la horda de viles e infames criaturas que lo amenazaban. El oráculo gruño enfurecido. Baltazar le regaló una última mirada llena de odio antes de tomar su cetro y golpear con fuerza el suelo bajo sus pies.

Una onda expansiva sacudió el bosque. Demostrando el gran poder que poseia Baltazar. Quería enviar un mensaje a los astros. Uno que fuera más que claro y contundente. Nadie podría vencerlo.

La noche se tiñó con mucha más oscuridad mientras que el infame hechicero Baltazar alzaba

vuelo con una legión de cuervos del bosque siguiendolo en su trayecto. Había comenzado la batalla definitiva y el temible druida oscuro no estaba dispuesto a perder.

Thoughts

  • AnaMarta

    Muy interesante. Esperare la continuación.

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  • Ovid

    Me encanto. Cuando publicas el 2?

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