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¿Qué es eso que no se puede comprar, que no ocupa lugar y que, aunque pasen los años, sigue viviendo dentro nuestro?

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Contenido de la publicación

¿Qué es eso que no se puede comprar, que no ocupa lugar y que, aunque pasen los años, sigue viviendo dentro nuestro?

Es alguien que puede transformar una tarde cualquiera en una aventura.

Que puede mirar una caja y no ver una caja.

Puede ver una casa, un barco, un auto, un castillo.

Puede agarrar cualquier cosa y convertirla en algo completamente distinto.

Puede acercarse a otro que no conoce, mirarlo y preguntarle:

—¿Querés jugar?

Y listo.

No necesita saber cómo se llama.

No necesita saber de dónde viene.

No necesita saber si tienen algo en común.

Le alcanza con jugar.

—Yo hacía eso.

Sí.

—Muchas veces.

Ya sé.

—Y hacía amigos enseguida.

También.

—¿Y vos por qué dejaste de hacerlo?

No sé.

Quizás porque crecimos.

Quizás porque crecer nos fue llenando de cosas que antes no existían.

Responsabilidades.

Miedos.

Preocupaciones.

Problemas.

Aprendimos que había que ser fuertes.

Que había que pensar antes de hablar.

Que había cosas que ya no eran para nosotros.

Y casi sin darnos cuenta, fuimos guardando al niño que éramos en algún rincón.

Pero ese niño no desapareció.

A veces aparece.

Cuando caminamos tratando de no pisar las líneas de la vereda.

Cuando una canción nos hace sonreír sin saber por qué.

Cuando encontramos algo que hacía mucho que no veíamos.

Cuando nos reímos de una pavada.

Cuando algo nos sorprende de verdad.

Cuando jugamos con un chico y, por un rato, nos olvidamos de que somos grandes.

—Yo aparezco cuando jugás.

Sí.

—Y cuando jugabas con las nenas también.

Sí.

Ahí aparecías mucho.

Porque ellas tenían esa capacidad de hacer que todo fuera un juego.

Una tarde podía ser una aventura.

Una habitación podía convertirse en cualquier lugar.

Y yo podía volver a ser un poco ese chico que había quedado escondido detrás de tantos años.

Por eso hoy las extraño.

Extraño sus voces.

Extraño sus risas.

Extraño esos momentos que quizás en ese momento parecían pequeños y que hoy daría cualquier cosa por volver a vivir.

Pero hay algo que me queda.

Algo que nadie puede quitarme.

Los recuerdos.

Y vos.

—Yo no me fui, Facu.

No.

No te fuiste.

—Entonces dejame hablar.

Está bien.

Hablá.

Y por un momento, el adulto que soy se queda callado.

Porque ahora quiero escuchar al chico.

—Hola.

Sí.

Hola.

—No sé cuántos años tenés.

Pero no me importa.

Para mí seguís siendo un nene.

Aunque tengas canas.

Aunque tengas hijos.

Aunque tengas un trabajo.

Aunque tengas problemas.

Aunque hayas aprendido a esconder cuando algo te duele.

Aunque la vida te haya obligado a crecer antes de tiempo.

Yo te conozco.

Porque alguna vez fuimos el mismo.

Yo sé cómo eras cuando nadie te estaba mirando.

Sé cómo te emocionabas por cosas pequeñas.

Sé cómo podías pasar horas jugando.

Sé cómo imaginabas cosas imposibles y estabas convencido de que algún día podían suceder.

Sé que hubo días en los que te sentiste solo.

Sé que alguna vez lloraste escondido.

Sé que hubo cosas que no entendiste.

Y sé que también hubo personas que te hicieron sentir que tenías que dejar de ser vos para poder crecer.

Pero no era verdad.

No tenías que dejarme.

Yo no era algo que había que superar.

Yo era parte de vos.

Y todavía lo soy.

Así que si me estás escuchando...

dejame salir un poquito.

No te estoy pidiendo que dejes de ser adulto.

No quiero que abandones tus responsabilidades.

No quiero que vuelvas atrás.

Quiero acompañarte.

Quiero estar cuando estés cansado.

Quiero recordarte que todavía podés reírte.

Que todavía podés jugar.

Que todavía podés hacer un amigo.

Que todavía podés emocionarte.

Que todavía podés mirar algo sencillo y pensar que es hermoso.

Quiero que cuando la vida te diga que todo es demasiado serio...

vos me hagas un lugar.

Aunque sea un ratito.

Aunque sea una tarde.

Aunque sea para caminar por la vereda intentando no pisar las líneas.

—¿Te acordás?

Sí.

—Yo sí.

Y quiero que te acuerdes vos también.

Porque quizás eso es crecer de verdad.

No olvidarnos de quienes fuimos.

Sino aprender a cuidar a ese chico que nos acompañó hasta acá.

Y ahora quiero hablarles a todos ustedes.

No a los adultos.

A los nenes.

A los que están escondidos detrás de esos adultos.

A vos.

Sí, a vos.

Al que todavía se emociona.

Al que todavía se ríe solo.

Al que todavía quiere jugar.

Al que todavía se sorprende.

Al que alguna vez tuvo miedo.

Al que alguna vez se sintió solo.

Al que tuvo que aprender demasiado rápido que la vida no siempre era como imaginaba.

Al que creció, pero todavía guarda algunas cosas en el corazón.

Quiero decirte algo:

no te vayas.

Quedate.

Aunque tu adulto esté cansado.

Aunque a veces esté triste.

Aunque diga que ya no tiene tiempo.

Aunque piense que ya está demasiado grande.

Quedate.

Porque quizás algún día te necesite más que nunca.

Y cuando ese día llegue...

agarralo de la mano.

Como él te agarraba cuando eras chico.

Y decile:

"Tranquilo.

Estoy acá."

Porque vos también estuviste cuando él era feliz.

Estuviste cuando soñaba.

Estuviste cuando jugaba.

Estuviste cuando amaba sin miedo.

Y ahora también te toca acompañarlo cuando la vida duela.

No dejes que se olvide de vos.

No dejes que se vuelva alguien que ya no reconoce.

Y si alguna vez lo ves demasiado serio...

hacé una pavada.

Si lo ves demasiado triste...

hacelo reír.

Si lo ves demasiado solo...

recordale que alguna vez sabía acercarse a alguien y decir:

"¿Querés jugar?"

Y si algún día te pregunta si todavía estás...

contestale que sí.

Que nunca te fuiste.

Que solamente estabas esperando que se acordara de vos.

Porque ese niño...

sos vos.

Y también soy yo.

Y somos todos.

Los años pueden cambiar nuestras caras.

La vida puede cambiar nuestros caminos.

Podemos perder personas.

Podemos ganar otras.

Podemos equivocarnos.

Podemos caer.

Podemos levantarnos.

Pero hay algo que no debería cambiar nunca:

ese niño que todavía quiere salir a jugar.

Así que hoy no quiero despedirlo.

No quiero decirle que crezca.

No quiero decirle que ya es hora de ponerse serio.

Quiero abrirle la puerta.

Mirarlo.

Sonreír.

Extenderle la mano.

Y preguntarle, como cuando éramos chicos:

¿Salimos a jugar?

—¿Ahora?

Sí.

—¿Aunque seamos grandes?

Aunque seamos grandes.

—¿Aunque hayamos

pasado por tantas cosas?

Especialmente por eso.

—¿Y a dónde vamos?

No sé.

Vamos a donde quieras.

Después de todo...

hace mucho que no salimos a jugar.

Thoughts

  • Amaranta

    el final me llevó. aunque sea un descanso de check-in, leí lo último tres veces. no quería que se terminara.

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  • versoAjeno

    hay una frase tuya que me llevo. ¿Querés jugar? se la voy a decir a mi mamá que anda cansada. tal vez se anima.

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  • subrayoTodo

    me llevé esto a mitad de clase. profesor hablando de derivadas y yo con un niño que quiere jugar. esto no debería estar pasando.

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  • relatoBreve

    calculé mal. pensé que era más corto. me sacaste del trabajo quince minutos.

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  • quintopiso

    esto se lee como quien habla solo en el balcón a las dos de la mañana

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  • pnavarro64

    ¿de verdad jugaste así con alguien? tengo curiosidad de si esto es una memoria tuya o un diálogo que necesitabas escribir.

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  • paginaDoblada

    esto se ve como algo que escribiste en varios días, interrumpida cada tanto. ¿pasó así?

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  • melisaenlacola

    me quedé en el descanso de quince minutos. ¿Querés jugar? eso es lo único que está en mi cabeza ahora. hace años nadie me lo pregunta así

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