Amo tu ausencia,
porque me recuerda a los vestigios de tu presencia.
Amo tu vileza y tu crudeza hacia este yo devastado,
ya que, en el silencio de mis versos,
los espejos llorosos de este estúpido sincero
alcanzan y divisan el cadáver vivo de tu nuevo sentir.
Extraño el recuerdo de las manecillas de antaño
y no las que ahora suenan como nuevos jilgueros.
Extraño el ayer añejo,
donde tu recuerdo, en su perfecto delirio,
no mostraba manchas de pánico y tristeza.
Quisiera no amarte mientras escribo versos de odio y tristeza;
mientras el lápiz, antes escritor de amores eternos,
sufre y desgasta el grafito de nuestro universo.
Quizás, en estas manos, como antes tuyas,
tocará escribir versos hasta pagar el delito de la luna entre tus besos,
o la tortura por haberme entregado en exceso.