SIN QUE ME DUELA
Llegó un diciembre contigo, sin anunciarse, como llega lo que viene a quedarse: de tarde, con humo en las manos y una risa sin una sola grieta. Yo tenía la casa a medio levantar y veintiséis años mal clavados, la vida armada con lo que iba encontrando. No supe que esa noche entraba contigo la década entera.
Volviste sin equipaje y sin promesas, y aquel cuarto de paredes flacas se volvió mar abierto, y fuimos barco, y fuimos sal, y fuimos noche navegada.
Después vinieron los inviernos, apilándose como se apila la leña contra el muro antes de la helada. Aprendí a servir siempre el plato más lleno del otro lado de la mesa. Aprendí a partir todo en dos sin preguntar de quién era. Aprendí a llenar el carro con cosas que solo tú comías. Aprendí a dejar la puerta sin llave hasta oír tus pasos. Y a no tocar tu lado de la cama las noches en que la madrugada te traía tarde. Y encendía el corredor: faro terco, faro inútil, ardiendo para nadie en mitad de la casa dormida.
Antes de la harina y de la sal hubo humo y hubo fiesta. Madrugadas sin reloj y sin dueño, risa que no pedía permiso ni motivo, noches enteras bailando en una sala demasiado chica para todo lo que ahí se estaba celebrando a oscuras. Nadie lo vio. No hacía falta. Lo que arde por dentro no se enseña.
No fui perfecto. Fui de raíz, que es lo único que aguanta bajo tierra cuando arriba se acaban las flores y viene el viento.
Y tú me diste, sin saber;
mi nombre dicho en voz alta desde la otra habitación, la puerta abierta a las tres de la mañana, un abrigo esperándome, tibio todavía, sobre la silla.
Y luego lo grande, lo que no cabe en una silla:
tu juventud entera, que se entrega una sola vez en la vida y después ya no vuelve ni se parece a nada. Me diste la piel cuando la piel todavía no sabía de despedidas, la voz sin ronquera, el aire limpio de tu respiración durmiendo contra mi espalda noches enteras, y ese abrazo tuyo que apagaba el frío de toda la casa.
Me diste el fuego cuando todavía era fuego y no la ceniza tibia que se reparte después. Me diste las madrugadas, que son lo único que no se recupera, y diez inviernos de tu risa quemándose en mi cocina como se quema la leña buena: despacio, dando calor, sin quejarse. Me diste tu cuerpo bailando a las cuatro de la mañana en una sala que ya no existe en ninguna parte del mundo, y una manera de mirarme que se fue contigo, que me acabó de clavar los años y me terminó la casa por dentro.
Eso me diste. Y no era poco. Era todo lo que tenías.
No te escribo con reproche. Te escribo lo que se acerca.
Vendrá un diciembre cualquiera, porque diciembre siempre vuelve, y estarás en otra casa, con otro nombre grabado en la puerta, poniendo platos que no compramos, sobre una mesa sin historia, sin ceniza y sin astillas, limpia, ordenada, ajena. Y te habrás convencido, con esa terquedad tuya de siempre, de que aquello no fue tanto, de que apenas fue un incendio de juventud y ya está apagado.
Y entonces, un martes cualquiera, a media tarde, subirá de la cocina un olor a aceite y a cebolla. Un olor viejo. Un olor de otra casa. Un olor con años adentro. Y antes de que puedas nombrarlo ya lo habrás reconocido, porque el cuerpo se acuerda mucho antes que la boca y no sabe mentir ni sabe irse a tiempo.
Y esa noche, ya a salvo, ya tranquila, sonará en esa casa una música que no elegimos, y entre todas caerá una de las nuestras. Y vas a acordarte de cómo era. No el baile de las fotos ni el de las bodas: el otro, el que empezaba a las dos de la mañana y no terminaba hasta que la casa amanecía. Cada golpe entrando por los pies, subiendo, abriéndose en el pecho, y los dos con los ojos cerrados encontrando el mismo tiempo sin buscarlo, sin tocarnos siquiera, y aun así juntos, y aun así una sola cosa. Nos veían. Se hacían a un lado y nos veían. No porque hubiera nada que mirar — sino porque se nota cuando dos personas están respirando dentro del mismo compás. Eso no se ensaya. Eso no se repite con nadie. Y tu cuerpo, que es más honesto que tú, lo va a saber esa noche antes que tú lo aceptes.
Y te vas a quedar quieta en mitad de la canción, con los brazos sin saber dónde ponerse.
—¿Qué te pasa? —te dirán.
Nada, dirás. Nada.
Y será la primera mentira que digas en esa casa.
Y se te romperá diciembre entero entre las manos.
Porque vas a saberlo sin que nadie venga a contártelo, sin testigos, sin versiones prestadas de boca en boca, sin más prueba que ese golpe seco y hondo que despierta:
que fallé, sí, como falla cualquiera, que hubo días en que no supe, días en que no alcancé, días en que llegué cansado y traje poco. Pero que nunca me fui. Que en diez años no hubo una sola noche en que no supieras dónde estaba.
Que hubo un hombre que te cuidó la vida como se cuida lo que uno no termina de merecerse: sin ruido, sin cobrarlo, sin pedir jamás que se notara.
Y querrás buscarme.
Búscame.
Pero vas a llegar tarde, y no por rencor: nunca aprendí a guardarlo, se me cae de las manos como el agua.
Vas a llegar tarde porque lo que fue no vuelve. No porque yo lo impida, que yo no impido nada, sino porque el tiempo no da marcha atrás: lo que pasa por uno no se repite, se convierte en otra cosa. La leña no vuelve a ser árbol. El pan no vuelve a ser trigo. Y el hombre que te esperaba con la puerta sin llave ya aprendió a echar la llave y a dormir de un tirón.
Voy a aprender a poner la mesa para uno solo. Voy a aprender a bailar sin nadie enfrente. Voy a aprender a apagar la luz del corredor. Y el día que lo haga sin que me tiemble la mano, no voy a estar más solo: voy a estar entero, hecho con todo lo que me diste y con todo lo que me costó perderlo.
Y sin embargo, ojalá me equivoque en todo.
Ojalá el olor de la cebolla sea solo cebolla, y la música solo música, y ningún martes te sorprenda con las manos vacías. Ojalá esa casa te quede bien. Ojalá quien la habite sepa lo que tiene. Yo lo supe desde el primer diciembre. No bastó con saberlo.
Ojalá cumplas cien años contenta, riéndote fuerte, bailando hasta que amanezca, sin una sola de estas líneas encima.
Y si un diciembre cualquiera suena una de las nuestras y te dan ganas de bailarla, báilala completa, sin que te duela.
Que yo la estaré bailando en la casa que acabé sin ti,
solo,
y sin que me duela.