Creo recordar aquellas cosas de mi vida que antes me hacían simplemente feliz, como una inyección de serotonina directo a la médula sin poder detenerse. Carcajadas llenas que ahora parecen huecas junto a muchísimos errores de selección de palabras que cualquier joven cometería. ¿No?
Las flores se veían mas contentas en aquel entonces, saturadas irremediablemente de una alegría contagiosa o una serenidad digna de la elegancia de ellas solamente, las salidas a escondidas tenían el sentido del riesgo y la adrenalina de sentirse por unos segundos totalmente libre y desatado de cualquier responsabilidad que decía tener pero en realidad, no tenía.
¿Qué es esa voz de la adultez que te dice que debes y que no debes hacer? Porque debajo de las capas de consejos maduros que te dan las personas, hay una soberbia única de creerse mejor por tener más años o más experiencia. ¿Acaso me creo mejor de lo que antes era? El miedo conforme los años pasaban me hacían aún mas torpe porque intentaba inútilmente pensar en la correcta composición silábica para no ofender a nadie ni hacerle sentir mal, porque es lo último que quería hoy en día.
Pero antes era uno solo con su verdad, con su vida y con su cosmovisión joven y aventurera. El crecimiento no va de la mano con el aprendizaje y pensó que sería un adulto mas hábil luego de entender esto, pero también comprendió que ser un adulto es muchísimo mas allá que una mera cuestión de edad, era actuar de cierta forma que a él no le parecía la correcta. Era como si su cerebro aún funcionase de la misma manera que a sus cortos años de edad. Pero había aprendido de sus errores, se cuestionaba más cosas y aprendía de estas, sin embargo el sentirse un adulto conforme el tiempo avanzaba nunca llegó. El tiempo jugaba en contra y las presiones de querer hacer más cosas en menos tiempo crecía y crecía sin que el lo quisiera. Las risas poco a poco se fueron volviendo en lagrimas de frustración por no lograr sus metas u objetivos. ¿Pero quién de verdad las cumple? ¿Nos sentimos genuinamente orgullosos de nuestros logros o es porque la sociedad nos dice que debemos sentirnos como tal? Una mente caótica, sin lugar a dudas, era la mía y probablemente lo fue luego de que muchísimas personas, incluyéndome a mi mismo, le dijesen que tenía que ordenarse y organizarse, debía aprender de sus errores. Deber, tener, querer, desear, prometer, cumplir. Verbos que tan sencillamente escupen y forjan una vomitiva realidad llena de expectativas que quienes de verdad entienden su significado, se frustran al no poder sobre llevarla.
Relaciones llenas de emociones pero carentes de pensamientos, decisiones llenas de pensamientos pero carente de emociones. ¿Qué harás si algún día este yo ya no está? El tiempo habrá obrado bien, sin embargo yo no. Porque el miedo mayor es el olvido, el hecho de que todo simplemente es un vaivén de emociones que en un momento da y en otro quita. Porque así fue mi vida, y así probablemente siga siendo. Porque las promesas que se hacen en la adultez no se quiebran porque le tememos a romper nuestro orgullo. Un análisis torpe de una mente quizás demasiado joven y asustada para entender las complejidades de crecer, porque le teme. Le tengo miedo a no ser lo que antes era y cambiar, sentir que el tiempo le pasa y que yo no pasa.