Cuando uno se siente mal, ¿a dónde va? ¿Con quién habla? Si con los padres no se puede porque todo lo ven mal, juzgando cada suspiro; si los amigos están ocupados o inmersos en su propio mundo de prisas y ruido; si los familiares no escuchan y la mejor amiga ya no presta atención como antes, mirando hacia otro lado... entonces, ¿dónde acudo para poder desahogarme?
Las paredes de la habitación se vuelven testigos mudos de un llanto que nunca cruza la puerta. La soledad parece cansada de mí, y la comprendo tanto; hasta yo misma estoy cansada de mi propia sombra. La tristeza ya no acude porque cree que me hace más infeliz, y termina acurrucándose y llorando por eso, como si le doliera mi propio destino. Mi alma está marchita, dolida porque siento que nunca he sido feliz de verdad; solo he aprendido a interpretar un papel, a maquillar el vacío con gestos mecánicos. Nadie lo sabe, ni yo misma lo he sabido descifrar, porque soy una experta fingiendo, incluso ante el espejo, incluso ante mi propio reflejo. Soy tan buena en eso que a veces me muerdo los labios y me burlo por dentro cuando alguien me comparte su "receta" luminosa para estar alegre, sabiendo que detrás solo hay una fachada perfecta que oculta un enojo sordo, una tristeza infinita, y la certeza irrevocable de que la ansiedad y la depresión me están ganando la partida, centímetro a centímetro.
Pero este es un secreto oscuro, pesado y silencioso, uno que cargaré bajo la piel con la precisión de quien guarda un abismo. Nadie sabrá jamás del peso de las horas muertas, ni de cómo se siente sonreír mientras por dentro todo se desmorona en cenizas. Es una condena muda, un pacto con el dolor que mantendré intacto hasta el último latido de mi vida, sin que la luz del mundo toque jamás este rincón donde mi alma se apaga en absoluta soledad.