Durante mucho tiempo pensé que amar a alguien significaba aprender a entenderlo.
Por eso dejaba pasar cosas.
Una vez porque estaba cansado. Otra porque quizá no se había dado cuenta. Otra porque pensé que todos cometemos errores. Y después otra más, porque me daba miedo que si reclamaba demasiado terminara alejándose.
Siempre encontraba una razón para perdonar.
Y, sin darme cuenta, empecé a convertir el miedo a perderlo en una excusa para permitir cosas que en realidad me estaban lastimando.
Yo decía que lo hacía porque lo quería.
Que quería cuidar lo que teníamos.
Que no quería arruinarlo por pequeñas cosas.
Pero con el tiempo me di cuenta de que no todas eran pequeñas.
Había cosas que me dolían y aun así decidía callarme.
Había límites que no ponía porque tenía miedo de que ponerlos significara perderlo.
Y había momentos en los que me preguntaba por qué tenía que aguantar tanto para conseguir que alguien se quedara.
Lo peor es que mientras intentaba conservar esa relación, poco a poco estaba dejando de conservarme a mí.
Me acostumbré a perdonar antes de ser escuchada.
A comprender antes de que me comprendieran.
A justificar antes de que alguien asumiera su responsabilidad.
Y llegué a un punto en el que ya no sabía si estaba luchando por amor o simplemente intentando evitar una despedida.
Hasta que entendí algo que me dolió muchísimo aceptar:
Yo también estaba participando en mi propio dolor.
No porque fuera culpable de lo que alguien más hacía, sino porque había empezado a creer que para que alguien no se fuera tenía que permitirlo todo.
Y eso no era amor.
Era miedo.
Miedo a quedarme sola. Miedo a perder los momentos bonitos. Miedo a descubrir qué quedaría de mi vida si esa persona ya no estaba.
Pero amar a alguien no debería significar aceptar cualquier cosa con tal de que se quede.
No debería hacerme pensar que poner límites es una amenaza.
No debería obligarme a escoger entre mi dignidad y la persona que quiero.
Ahora entiendo que querer también es saber decir: esto me duele, esto no está bien para mí y no quiero seguir aceptándolo.
Y si alguien se va porque finalmente decidí respetarme, entonces quizá no estaba perdiendo a esa persona.
Quizá estaba recuperándome a mí.
Porque al final, lo que más me dolió no fue darme cuenta de que había permitido demasiado.
Fue descubrir cuánto de mí había dejado de lado solamente para no perder a alguien.
Y desde entonces intento no volver a confundir amor con aguantarlo todo.
Porque puedo querer muchísimo a una persona y aun así decir basta.
Puedo tener miedo de perderla y, aun así, elegir no perderme yo.
Y quizá esa fue la lección que más me costó aprender: quien realmente me quiere en su vida no debería necesitar que yo me abandone a mí misma para poder quedarse.