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VOLVER., PARA VOLVER A PERDERTE

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Contenido de la publicación

Jamás imaginé volver a hablar con vos, ni siquiera cruzar un simple hola. Por eso, cuando vi tu mensaje, no pude evitar confundirme. Aun así, respondí cada una de tus dudas y escuché todo lo que tenías para decirme, porque aquel momento en el que te mostraste vulnerable no era una oportunidad para herirte, sino una razón más para cuidarte.

Te conté cosas de mí que no le cuento a nadie. No sé qué harás con ellas, si algún día las usarás en mi contra, y, sinceramente, poco me importa. Lo único que te pido es que nunca digas que no estuve para vos, porque, a pesar de todo, jamás te negué un lugar donde pudieras ser escuchada.

Me alejé por una acción que me dolió. Me fui sin más, intentando dejar atrás aquello que todavía sentía por vos. Creí que alejarme sería suficiente, que con el tiempo dejaría de encontrarte en mis pensamientos y que, tarde o temprano, aprendería a vivir sin esperarte.

Pero volviste.

Volviste con esa extraña manera tuya de regresar, de abrir nuevamente una puerta que nunca termina de llevarnos a ningún lugar. Esa conexión que parece tan inmensa detrás de una pantalla, que se alimenta de palabras, pero que nunca consigue convertirse en hechos. Eso que parece eterno durante unos días y después vuelve a morir en el silencio.

Y yo, que creía haber aprendido a mantenerme lejos, volví a caer.

Regresaste con esa voz tan dulce que tenés, con esos gestos que me resultan imposibles de ignorar y esa manera tan tuya de hacerme olvidar, aunque sea por un instante, todas las razones por las que me fui.

Volviste, pero esta vez eras diferente.

Ya no peleabas, ya no te enojabas ni te quejabas como antes. Habías dejado atrás esa peculiar forma de ser que tantas veces me hizo sonreír y que otras tantas terminé odiando, cuando una pequeña diferencia se convertía en una discusión sin final.

Esta vez me escuchabas. Me devolvías las palabras, respondías de una manera que me hacía pensar que quizás algo había cambiado. Y entre tantos mensajes, entre tantas conversaciones que parecían no querer terminar, me hiciste creer que esta vez sería distinto.

Que quizás habíamos aprendido algo del pasado. Que tal vez esta vez no volveríamos a lastimarnos. Que quizás, después de tantas idas y vueltas, por fin podríamos encontrarnos sin tener que perdernos otra vez.

Pero ¿de qué sirve volver si nada cambia realmente?

Porque, así como volviste, también te fuiste.

Y yo tuve que volver a hacer lo mismo de siempre: acostumbrarme a tu ausencia, dejar de buscarte en cada pensamiento, aprender a no esperarte en cada notificación y convencerme de que esta vez sí sería capaz de seguir adelante.

Lo conseguí, o al menos eso creía.

Hasta que apareciste nuevamente.

Y una vez más, volví a caer.

No olvido nada de lo que supiste contarme, ni pienso hacerlo. Hay palabras que uno guarda no porque quiera aferrarse a quien las dijo, sino porque, durante un instante, tuvo el privilegio de conocer una parte de esa persona que no todos conocen.

Y aunque te hayas ido de nuevo, todavía muero por sentarme a tu lado, escucharte hablar de cualquier cosa y perderme en cada historia que salga de esa boca tan encantadora que, sin darme cuenta, terminó hechizándome nuevamente.

A veces me pregunto si alguna vez te detenés a pensar en todo lo que provocás cuando volvés. Si entendés que no regresás a una vida donde nunca pasó nada, sino a un corazón que tuvo que aprender a vivir con tu ausencia.

Porque vos volvés con un mensaje, con unas palabras dulces, con una manera distinta de hablarme…

Pero yo tengo que enfrentarme otra vez a todo lo que creía haber superado.

Y quizás ese sea el verdadero problema de lo nuestro: que nunca conseguimos ser algo más que una conversación, una ilusión que dura unos días, un sentimiento que ninguno termina de convertir en realidad.

Volvés, me hacés creer, me devolvés las ganas y después te vas. Y yo me quedo intentando entender cómo alguien que nunca llegó a quedarse puede hacer tanta falta.

No sé si algún día vas a volver a escribirme. Tampoco sé si, cuando lo hagas, voy a tener la fuerza suficiente para no responderte como siempre.

Lo único que sé es que, por más que intente convencerme de lo contrario, todavía hay algo en vos que me hace olvidar todo lo que me dolió.

Y entonces lo entiendo: quizás nunca se trató de aprender a dejar de quererte, sino de aprender a aceptar que querer a alguien no siempre significa poder tenerlo.

Porque, al final, vos seguís siendo esa persona que aparece cuando menos lo espero, que me devuelve sentimientos que creía dormidos y que, sin prometerme nada, consigue que vuelva a imaginarlo todo.

Y yo sigo siendo quien, después de tantas despedidas, todavía siente algo cuando ve tu nombre aparecer en la pantalla.

Vos tenés esa manera de volver como si nada hubiera pasado. Y yo tengo esta maldita costumbre de sentirlo todo como si nunca te hubieras ido.

Thoughts

  • garua_

    Chuta, esa última frase.

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  • lapacho

    Aprender a no esperar cada notificación es lo más difícil de todo lo que cuenta, pe. Y lo hace sin quejarse del otro.

    Permalink
  • amigosviejos

    Órale, lo que más pesa aquí es que la otra persona volvió escuchando, sin pelear, y justo esa versión calmada es la que se vuelve a ir. Pelear al menos era estar. Cuando alguien regresa cambiado nomás en los mensajes, uno arma la ilusión con puras palabras, y el texto lo dice clarito: nunca pasó de una conversación. La plática que me ha servido de algo casi siempre ha sido con alguien sentado enfrente.

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