Hay un pensamiento que alguna vez me dolió muchísimo imaginar.
Pensar que quizá algún día él conocería a otra persona y, con ella, haría todas esas cosas que yo tantas veces le pedí.
Que sería atento sin que se lo recordaran.
Que tendría detalles sin que tuviera que explicarle por qué eran importantes para mí.
Que hablaría de lo que siente sin tener que perseguir cada palabra.
Que cuidaría una relación de la manera en que yo tantas veces le pedí que cuidara la nuestra.
Y lo que más dolía no era imaginarlo con alguien más.
Era imaginar que quizá sí era capaz de hacerlo.
Solo que conmigo no le nació.
Durante mucho tiempo me pregunté qué tenía que haber hecho diferente para que quisiera darme aquello que yo necesitaba.
Si había pedido demasiado.
Si había sido demasiado sensible.
Si quizá debí esperar un poco más.
Pero después entendí que no todo lo que pedimos significa que estamos pidiendo demasiado.
A veces simplemente estamos pidiéndole a la persona equivocada algo que ella no está dispuesta o no puede darnos.
Y eso duele.
Porque cuando quieres a alguien, empiezas a pensar que si explicas mejor lo que necesitas, si tienes más paciencia o si haces las cosas de otra manera, finalmente esa persona va a entenderlo.
Pero no debería tener que rogar por aquello que para mí es importante.
No debería tener que convencer a alguien de que me cuide.
Y tampoco quiero pasar el resto de mi vida comparándome con la persona que pueda llegar después.
Porque quizá algún día él cambie.
Quizá algún día aprenda a amar de una manera diferente.
Quizá haga por otra persona cosas que conmigo nunca hizo.
Y sí, probablemente una parte de mí sentirá algo al verlo.
Pero ya no quiero convertir eso en una prueba de que yo no fui suficiente.
Porque si algún día alguien recibe todo aquello que yo pedí, eso no significa que esa persona valía más que yo.
Significa que él tomó otras decisiones en otro momento de su vida.
Y yo también tendré derecho a tomar las mías.
Quizá algún día me toque mirar de lejos y pensar: “eso era exactamente lo que yo te pedía.”
Pero espero que para entonces ya no me duela.
Espero haber entendido que no perdí porque otra persona recibió lo que yo quería.
Perdí solamente una historia que no pudo darme lo que necesitaba.
Y quizá la verdadera victoria no sea verlo cambiar.
Será llegar al punto en el que ya no me importe si cambió o no.
Porque algún día quiero mirar hacia atrás y agradecerme por no haber pasado toda mi vida esperando que alguien se convirtiera en la persona que yo necesitaba.
No quiero que alguien cambie por miedo a perderme. Quiero encontrar a alguien que, desde el principio, tenga ganas de construir conmigo sin que tenga que pedírselo a gritos.