Educación: ¿A qué le llamamos educación?
A decirle a los hijos que saluden mecánicamente cada vez que cruzan palabra con un conocido o con la propia familia. La sociedad confunde tristemente la adquisición de títulos e información en una institución escolar con la educación real, que es la que se gesta en casa junto con los valores estructurales. Ambos conceptos caminan por veredas distintas, pero convergen en lo que nos forma como seres autónomos y nos permite operar en sociedad.
Sin embargo, hoy el acto educativo y los valores básicos están extintos. Vivimos en una época donde se minimiza al prójimo por su estatus económico, por su falta de instrucción o porque no viste una marca específica de ropa y accesorios, que al final del día no son más que trapos caros para cubrir envases vacíos.
En mi caso, no tengo hijos. Y de haberlos tenido, este mundo correría peligro. Alguna vez le comenté a alguien en una charla de sobremesa que yo habría sido la peor madre de este planeta, y que a mis hijos el título de bastardos les habría quedado chico.
Me miró fijamente, soltó la taza de café sobre la barra de la cocina y me respondió con frialdad:
—Conociéndote a ti, tus hijos habrían sido armas letales. Sabes educar aunque no lo creas, y de ejemplo tenemos a tu hermano menor, quien prácticamente se crió contigo mientras tus padres se destrozaban en los tribunales por su divorcio.
Sabes llevar un hogar, algo que muchas de nosotras ni estando casadas sabemos hacer bien. Sabes organizar, mandar, dirigir y, sobre todo, sabes calcular con una frialdad que a muchos nos aterroriza porque somos viscerales. Eres educada a pesar de esa distancia impenetrable que pones siempre; contigo nadie se aburre. Pero aun teniendo todas esas cualidades, no entiendo por qué nunca te interesó casarte teniendo buenos partidos, y mira que eres fea pero agradable —soltó con una risa irónica—. Algo pasó para que nunca tuvieras la necesidad de atar a alguien a tu lado.... Pero aún estás a tiempo.
—Bueno, gracias por lo de fea pero agradable, mostrete —le contesté, mientras su carcajada retumbaba por toda la estancia.
Hay algo mucho muy negro de trasfondo, y no, no es ningún trauma de lo que pasó con el divorcio de mis padres; ese fue su problema. Y lo que yo traigo es una variante de cálculo que me llevaré a la tumba.
Y en cuanto a lo demás, observar hoy día la miseria moral y la absoluta falta de respeto hacia las personas me confirma que mi mejor aportación a la humanidad es contribuir con un idiota menos. No nací para procrear ni para hacer dramas patéticos porque los hijos no salieron como dictaban los manuales de expectativas sociales; a la primera estúpidez habrían perdido el software completo, porque yo no juego a ser madre abnegada.
Así que prefiero ver la tragedia griega desde la comodidad de mi trinchera, observando a los ilusos descubrir que la famosa "hermosura de la maternidad" no es más que una falacia mal dirigida.
Aunque el rebaño insista en llamarlo una bendición... ¿de qué tipo?, francamente lo ignoro.