Antes de arrepentirme y morir
decidí hablarle.
Le pedí una tarde en la playa,
con una carta,
un minuto más.
Solíamos ser.
Nunca pude decirle,
todo lo que en mi mente
mi alma manifestaba.
Me fui por lo mucho que te amé,
me dio miedo no conocerme
y no saber qué hacer.
Me miró,
se rió.
Ella me conocía,
me sabía,
solía tenerme.
Su risa era melancolía,
su mirada… mi temor.
¿A quién más veía,
si la mujer a la que le había escrito la carta ya no existía?
Antes de que el mar golpeara,
la brisa sopló.
Era salada,
incluso yo,
sin esencia ni presencia,
le había pedido que me escuchara.
—¿Te gusta la poesía?
—La amo.
Ella sabía cuánto amaba la poesía
y me escribió una,
tan larga, tan extensa,
de cuatro versos,
donde, tonta, me decía
lo mucho que también me amó.