Tierra mía, tierra de todos,
tierra de mi tayta, de mi abuelo,
parida por el vientre de mi madre,
pisoteada en el ayuno de mi hermano.
Tierra tuya, tierra de siervos,
donde el patrón bebe el sudor de tu sangre.
Tierra sangrante que arde en sus raíces,
alimentada por las venas abiertas de los hombres.
Tierra de fuego ciego, de sol que calcina,
de peñascos de hielo que aplastan al indio.
Tierra del cóndor, ave sagrada que hoy come carroña,
tierra de héroes mudos, de poetas que mueren escupiendo ceniza.
Veo en el cielo alas de gloria muerta,
un recuerdo podrido que ya solo acompaña.
Veos tus pampas, antes vestidas de oro,
hoy heridas por caminos de herradura y desprecio.
Veo tu ribera verde, falda de flores que antes cantaba,
convertida en fosa común para nuestros paisanos.
Veo en las cumbres, antes de un blanco solemne,
la roca desnuda, la piel de piedra que nos adosaron para azotarnos.
Veo en tus ojos, hermano, en tus ojos, hermana,
el sufrimiento de siglos de historia cargada a la espalda.
Otros lo olvidan, los de arriba lo escupen,
pero está grabado a fuego y látigo en nuestra piel.
Ardo contigo en este calvario que se repite.
Ya no podrá la sirena mirarse en los lagos,
ni tú ni yo disfrutaremos del fruto de nuestro suelo.
Arden los campos antes dorados,
infértil se ha vuelto la tierra que dio seno a nuestros paisanos.
Los ríos ya no lloran, se han secado de espanto,
y el cielo, ya no tiene lágrimas.
¡Pues alimentaré con mi propia sangre esta tierra!
Con mis lágrimas amargas pariré el agua,
para que no se nos olvide de dónde venimos,
¡porque el que olvida su raíz camina ciego hacia el abismo!
Mírame a los ojos, hermano, y reconóceme:
¿No soy acaso paisano del mismo polvo y del mismo calvario?
¿No sufre tu madre, tu padre, tu hermano la misma humillación?
¿No sufres tú mismo, perro silencioso?
Llevas cadenas de oro y de plata,
igual de pesadas que el yunque que te obliga a arrastrarte,
¿es que no sientes que el sol nos quema con el mismo fuego?
¡ABRE LOS OJOS, CARAJO!
Reconoce la sangre que corre y apesta en tu patria,
la que se ha derramado por defender tu espalda.
Que golpee en tus venas y reviente en tu memoria
el eterno objetivo que el patrón nos ha robado.
¡Que lloren los ríos sangre, que el cielo reviente en granizo!
¡Que llores tú de rabia y que llore yo de fuego!
Si es el único modo de purgar el desprecio,
¡devolveremos a la tierra su fertilidad con el filo del grito!
MMM-