Es una película sobre algo bastante simple y, al mismo tiempo, bastante difícil de reconocer: La distancia entre la vida que imaginamos y la vida que realmente estamos viviendo. Walter es un tipo gris en apariencia. Trabaja archivando fotografías en la revista Life, tiene una rutina bastante tranquila y una personalidad tímida. Pero en su cabeza pasa absolutamente de todo, mientras su vida real permanece quieta, Walter se imagina siendo valiente, carismático, aventurero, capaz de hacer todas esas cosas que en la vida cotidiana siente que no puede hacer. En su imaginación es exactamente la persona que le gustaría ser.
Y creo que ahí aparece la primera pregunta que plantea la película: ¿Cuánto de nuestra vida estamos viviendo y cuánto estamos imaginando?
Porque Walter no sueña simplemente porque tenga una imaginación enorme. Sueña porque imaginar es mucho más fácil que actuar. En la imaginación nadie te rechaza, nadie se ríe de vos, nadie te dice que no. Todo sale como querés. Podés ser la persona más segura del mundo durante cinco minutos sin tener que enfrentarte a ninguna de las consecuencias de serlo en la vida real. El problema es que mientras uno imagina, la vida sigue pasando.
Y eso es lo que hace que Walter sea un personaje tan fácil de entender. No hace falta ser un empleado de Life que vive fantaseando con aventuras imposibles para conocer esa sensación. Todos tenemos alguna versión de una vida que imaginamos para nosotros. La conversación que nunca tuvimos, el viaje que nunca hicimos, la persona a la que nunca nos animamos a hablarle, el trabajo que alguna vez pensamos que íbamos a tener.
Esa versión de nosotros mismos que aparece de vez en cuando y nos hace pensar: ¿Qué habría pasado si hubiera hecho las cosas de otra manera?
El problema de Walter es que vive demasiado tiempo en ese “qué habría pasado si”. Hasta que pierde una fotografía y algo que parece un simple problema laboral termina obligándolo a hacer aquello que durante toda la película solo se animaba a hacer en su cabeza: salir al mundo. Tiene que encontrar al fotógrafo Sean O'Connell y, en esa búsqueda, empieza a vivir las aventuras que antes solamente imaginaba. Se sube a un helicóptero, viaja, se pierde, corre riesgos y conoce lugares que probablemente nunca habría conocido si hubiera seguido esperando que algo ocurriera.
Y me gusta mucho que la película no convierta ese cambio en una transformación mágica. Walter no deja de ser tímido de un día para el otro. No se convierte en el tipo más canchero del planeta. Sigue siendo torpe, sigue dudando y sigue teniendo miedo. La diferencia es que empieza a hacer las cosas a pesar de tener miedo. Y eso, para mí, es mucho más interesante que convertirse en un héroe.
Porque muchas veces pensamos que primero tenemos que sentirnos preparados para después actuar. Como si algún día fuéramos a despertarnos completamente seguros, sin dudas, sin miedo y con la certeza absoluta de que estamos tomando la decisión correcta. Y quizás ese día nunca llegue.
Entonces aparece otra pregunta: ¿Qué diferencia hay entre soñar con una vida y animarse a vivirla?
Porque soñar no está mal. Al contrario. Imaginar posibilidades puede ser una de las cosas más lindas que tenemos. El problema aparece cuando la imaginación deja de ser una posibilidad y se convierte en refugio. Cuando empezamos a vivir más cómodos dentro de lo que podría pasar que dentro de lo que está pasando. Y creo que eso es lo que Walter tiene que aprender. La vida no le cambia porque finalmente descubre una gran verdad sobre sí mismo. Le cambia porque empieza a moverse, a tomar decisiones y a hacer cosas que antes solamente imaginaba.
También hay algo muy lindo en la figura de Sean O'Connell. Él representa exactamente lo contrario de Walter. Mientras Walter pasa buena parte de su vida mirando imágenes, Sean está afuera buscándolas. Walter trabaja preservando momentos que otros vivieron. Sean sale al mundo para encontrarlos. Y esa diferencia termina siendo fundamental, porque hay algo casi paradójico en que Walter trabaje en una revista llamada Life mientras siente que su propia vida está detenida. Está rodeado de fotografías de personas que hicieron cosas extraordinarias mientras él pasa sus días archivando sus historias.
Y quizás la película le está haciendo una pregunta bastante sencilla: ¿Cuándo vas a empezar a ser protagonista de la tuya?
Lo más interesante es que la respuesta no aparece en una gran escena. Aparece en pequeños momentos, en cada vez que Walter decide hacer algo que antes no habría hecho, en cada vez que deja de imaginarse a sí mismo actuando y directamente actúa. Y ahí la película consigue algo bastante difícil: hacer que el mensaje sea evidente sin que necesariamente resulte insoportable.
Porque podría haber sido una película motivacional bastante obvia. Podría haber terminado con Walter dejando todo atrás y convirtiéndose mágicamente en una persona nueva. Pero no. Lo que propone es bastante más sencillo: que vivas, que salgas, que conozcas gente, que te equivoques, que hagas cosas que no sabés hacer y que aceptes que algunas van a salir mal.
Porque quizás vivir no sea hacer de nuestra vida una aventura extraordinaria. Quizás sea simplemente dejar de mirar desde afuera.
Y creo que ahí aparece una de las ideas más lindas de The Secret Life of Walter Mitty: La vida que imaginamos siempre va a ser más perfecta que la vida que realmente podemos vivir. En la imaginación no hay momentos aburridos, no hay vergüenza, no hay rechazo y no hay incertidumbre. Todo está editado. La vida real, en cambio, tiene partes bastante pedorras. Hay días en los que no pasa nada, decisiones que salen mal, personas que no nos eligen y oportunidades que perdemos.
Y aun así, es la única vida que tenemos.
Por eso el viaje de Walter no consiste realmente en dejar atrás su vieja vida para convertirse en alguien extraordinario. Consiste en descubrir que esa vida que le parecía tan pequeña todavía podía tener algo que ofrecerle si él finalmente se animaba a vivirla. Y quizás eso sea lo que más me gusta de la película. No nos dice que tenemos que dejar todo e irnos a Islandia. Porque, seamos sinceros, algunos tenemos responsabilidades y no podemos simplemente aparecer mañana en un volcán. Lo que dice es algo bastante más realista: No hace falta cambiar completamente de vida para empezar a vivirla de otra manera.
A veces alcanza con hacer esa llamada, mandar ese mensaje, aceptar ese viaje, intentar algo que nos da miedo, decir que sí o simplemente dejar de esperar que algún día llegue el momento perfecto. Porque quizás el momento perfecto no existe. Quizás la vida no empieza cuando finalmente nos convertimos en la persona que imaginábamos ser. Quizás empieza cuando dejamos de imaginarla y nos animamos a vivirla.
Y Walter Mitty pasa toda la película aprendiendo justamente eso.
Que soñar puede ser hermoso. Pero vivirlo es otra cosa.