Lo de los pocos que sostienen las riendas me hizo ruido. Afuera nadie tiene libreto, la mayoría improvisa porque no le queda otra, y eso se parece más a una changa que a una obra ensayada.
Teatro
Pensamiento
Lo de los pocos que sostienen las riendas me hizo ruido. Afuera nadie tiene libreto, la mayoría improvisa porque no le queda otra, y eso se parece más a una changa que a una obra ensayada.
Contenido de la publicación
Suaves rayos iluminan la escena, derramando frescura y calor, como si el sol, detrás del telón del alba, preparara el escenario para otra función sin guion.
¡Oh, magia sublime del despertar! Ese milagro cotidiano de volver a la vida, de abrir los ojos sin preguntarnos si aquello que llamamos vivir es voluntad propia o una obra que alguien escribió por nosotros.
Amanece… y todos ocupan sus lugares.
Protagonistas y antagonistas, héroes de sueños, villanos de ocasión, cada cual representando un personaje según el escenario que le dicta el pensamiento y la última escena que el cuerpo interpretó la noche anterior.
Los rostros se cubren de máscaras, algunas tejidas con maquillaje, otras bordadas con sonrisas que ocultan el cansancio del alma.
Las ropas se eligen según el color de los sentimientos, y los pasos comienzan a danzar al compás de una partitura invisible.
Hay sonrisas que anuncian alegrías y gestos que presagian tempestades; voces que modulan la ternura mientras esconden pretensiones, miradas que simulan transparencia y ojos que, por temor a ser descubiertos, aprendieron a vestir de penumbra.
¡Qué perfecta coreografía la de este mundo que se mueve sin pensar! Flechas humanas que viajan en direcciones distintas, milimétricamente distanciadas, procurando no rozar otras vidas, a menos que el libreto les ordene cruzarse en el camino.
Y cuando dos destinos se encuentran, cuando una mirada tropieza con otra, cuando una palabra altera el movimiento, las emociones hierven, los recuerdos despiertan y la mente, apresurada, busca en su repertorio la respuesta que considera correcta para no arruinar la función.
Todos desean interpretar su mejor papel, aunque pocos se detengan a descubrir si el personaje que representan se parece siquiera a quien verdaderamente son.
Y así transcurren las escenas, entre aplausos que alimentan el ego, silencios que castigan la conciencia y lágrimas que caen tras los bastidores, donde nadie mira y donde el alma, despojada de sus disfraces, se atreve por fin a sentir.
Pero algo extraño sucede en este teatro:
el daño no parece doler menos porque se oculte tras una sonrisa, ni el amor se vuelve más visible porque se pronuncie su nombre.
La bondad no crece por anunciarse, ni la maldad desaparece con el maquillaje; y aunque las voces proclamen armonía, no siempre hay paz en los corazones ni equilibrio en las acciones.
¿Quién dirige, entonces, esta obra? ¿Quién dispone los pasos, quién reparte los papeles, quién decide cuáles voces merecen escucharse y cuáles deben permanecer en silencio?
Dicen que unos pocos sostienen las riendas, que gobiernan el rumbo de la escena y conocen el desenlace de la historia.
¡Qué engaño tan profundo el de quien se cree dueño del escenario sin advertir que tampoco dirige su destino!
Porque aquellos que ordenan los movimientos pueden ser también actores confundidos, figuras que, desde su elevado pedestal, pronuncian discursos ante un público ausente, sin comprender que sus palabras se pierden en el vacío de una sala donde nadie escucha de verdad.
Y mientras unos creen mandar y otros aceptan obedecer, la vida continúa representándose, sostenida por una libertad condicionada, por voluntades sometidas y por conciencias que olvidaron que pensar también significa cuestionar.
¿Dónde quedó la espontaneidad? ¿En qué rincón escondimos la verdad? ¿Quién nos convenció de que ser nosotros mismos era un riesgo mayor que vivir eternamente disfrazados?
Tal vez el verdadero equilibrio no consista en que todos sigan el mismo libreto, sino en permitir que cada conciencia pueda escribir sus propias líneas.
Que la sonrisa nazca del alma y no de la obligación; que la palabra tenga el valor de la verdad y no el peso de la conveniencia; que la bondad deje de ser un papel para convertirse en una manera de vivir.
Y que el amor, ese actor al que tantas veces relegamos a los últimos rincones de la escena, pueda finalmente ocupar el centro, sin máscaras, sin contratos, sin temor a perder los aplausos.
Entonces, quizás, cuando los suaves rayos del alba vuelvan a iluminar el mundo, no despertemos solamente para repetir la función.
Quizás abramos los ojos para descubrir que la vida no nos exige interpretar personajes perfectos, sino atrevernos a ser humanos.
Y cuando caiga la noche y el telón descienda lentamente, que no tengamos que preguntarnos si fuimos buenos actores, si nuestra actuación mereció aplausos o si alguien admiró nuestro papel.
Que podamos mirarnos al espejo sin necesidad de corregir el rostro, sin esconder las manos, sin inventar excusas para la conciencia.
Y decir, sencillamente:
Hoy no representé lo que otros esperaban de mí. Hoy procuré ser quien verdaderamente soy.
Porque al final de esta obra interminable, cuando el tiempo recoja los decorados y el silencio borre nuestras últimas palabras, no serán las máscaras las que permanezcan, ni los aplausos los que nos definan.
Será aquello que hicimos cuando nadie nos observaba, la bondad que ofrecimos sin anunciarla y la verdad que defendimos aunque nos costara el papel principal.
Y entonces comprenderemos que el más hermoso de los amaneceres no es aquel que ilumina el escenario, sino aquel que enciende la conciencia y nos libera, por fin, de la obligación de fingir.
Porque vivir no debería ser actuar para el mundo, sino aprender a ser auténticos en medio de él.
Por Levi Díaz Echeverri
Thoughts
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PermalinkLas lágrimas detrás de los bastidores, donde nadie mira, me parecen el centro de todo. El texto pasa rapidito por ahí y vuelve al escenario, y de repente ahí estaba lo que más quería contar, ya pe.
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PermalinkLo de los pocos que sostienen las riendas me hizo ruido. Afuera nadie tiene libreto, la mayoría improvisa porque no le queda otra, y eso se parece más a una changa que a una obra ensayada.
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