Tarzan es una de esas películas de Disney que, debajo de la aventura y del humor, habla de algo bastante más íntimo: la necesidad de saber dónde pertenecemos. Tarzan crece entre gorilas, aprende sus reglas y construye ahí su familia, pero nunca deja de sentir que existe una diferencia entre él y quienes lo rodean. Cuando aparecen Jane y los humanos, esa sensación finalmente encuentra una explicación, aunque también le genera una pregunta mucho más difícil: ¿pertenecer significa estar con quienes se parecen a nosotros o con quienes nos enseñaron a sentirnos queridos?
La relación entre Tarzan y Kala es probablemente el corazón emocional de la película. Ella no necesita compartir su sangre para convertirse en su madre. Lo elige, lo protege y le da un hogar cuando él no tiene ninguno. En cambio, Kerchak tarda mucho más en aceptarlo porque observa constantemente aquello que los diferencia. Eso hace que el recorrido de Tarzan no consista solamente en descubrir quiénes fueron sus padres, sino en comprender que su identidad puede construirse entre dos mundos sin necesidad de negar ninguno.
Jane aparece justamente para abrirle esa segunda puerta. A través de ella descubre personas físicamente iguales a él, otro lenguaje y una vida completamente diferente. Pero me gusta que la película no convierta esa revelación en una respuesta automática. Tarzan no descubre a los humanos y decide inmediatamente que ese es su verdadero lugar. Al contrario, cuanto más conoce ese mundo, más difícil se vuelve elegir.
También funciona muy bien como aventura. La animación tiene una energía enorme, especialmente cuando Tarzan se desplaza entre los árboles casi como si estuviera surfeando las ramas, y Clayton aporta un conflicto bastante clásico pero efectivo al representar justamente lo contrario de aquello que Tarzan aprendió de su familia: mirar a los animales solamente como algo que puede dominarse o aprovecharse.
Y después está Phil Collins, que para mí es una parte inseparable de la identidad de la película. La música no aparece solamente para acompañar escenas; prácticamente narra emociones que Tarzan todavía no puede expresar. You’ll Be in My Heart resume la relación con Kala, mientras que Strangers Like Me acompaña perfectamente ese momento donde empieza a descubrir otro mundo y, al mismo tiempo, otra versión posible de sí mismo.
No me parece de las películas más profundas de Disney, pero sí una aventura muy bien hecha, emocionalmente clara y con una banda sonora que levanta muchísimo todo lo que ocurre.
Porque al final Tarzan no necesita elegir entre ser humano o formar parte de los gorilas. Necesita entender que una familia no siempre es el lugar donde nacemos, sino el lugar donde alguien decidió que nunca íbamos a estar solos.