La noche en que todo comenzó, Cindy Windsong despertó con lágrimas en los ojos.
No sabía por qué lloraba.
La habitación estaba en silencio. Afuera, el viento movía las ramas de los árboles y hacía bailar las sombras sobre las paredes blancas de su casa. Pero había algo más.
Un susurro.
—Cindy...
Ella se incorporó lentamente.
Miró hacia la ventana.
Nada.
Volvió a escuchar.
—Cindy...
Esta vez, el susurro parecía venir del bosque.
Cindy se acercó al cristal. Sus ojos verdes se encontraron con una imagen que no podía estar allí: entre los árboles, bajo la luz de la luna, brillaba un símbolo desconocido.
Un símbolo que, sin saber por qué, le resultaba familiar.
Entonces escuchó una voz dentro de su cabeza:
—No tengas miedo. Ya es hora de recordar.
Cindy retrocedió.
Y, en ese mismo instante, muy lejos de allí, Oscar Chen despertó sobresaltado.
Había soñado con una máquina gigantesca, construida con engranajes de oro y relojes que marcaban una hora imposible.
En el centro de la máquina había tres nombres.
Cindy.
Oscar.
Jennifer.
Al otro lado de Ashwood, Jennifer Silvermist también abrió los ojos.
Una criatura cubierta de luz la observaba desde el otro lado de la ventana.
No parecía tener miedo.
Parecía pedir ayuda.
Jennifer apoyó una mano sobre el cristal.
—¿Qué te ocurre?
La criatura levantó la cabeza y señaló hacia el cielo.
Las estrellas estaban desapareciendo.
Una.
Luego otra.
Y otra más.
Los tres jóvenes todavía no lo sabían, pero aquella misma noche sus sueños habían comenzado a entrelazarse.
Tres caminos.
Tres corazones.
Un mismo destino.
Y, en algún lugar muy lejano, detrás de las brumas de Ravenswood, algo antiguo acababa de despertar.
Algo que llevaba siglos esperando.
Esperándolos a ellos.
Porque algunas historias no comienzan cuando encontramos las respuestas.
Comienzan cuando nos atrevemos a escuchar los susurros.