¿Alguna vez te has detenido a pensar en todo lo que realmente implica la expresión «quemar las naves»?
Hablamos de soltarlo absolutamente todo por un ideal, un amor, un sueño o un proyecto. Es la decisión inquebrantable de abrazar una misión y apostar por la victoria frente a un reto colosal, eliminando cualquier vía de escape.
Esta idea me ha dado vueltas en la cabeza durante mucho tiempo; creo que lleva más de dos años haciéndome eco. Sin embargo, no fue hasta la semana pasada, mientras platicaba con una amiga que la repitió en múltiples ocasiones, que cobró un sentido tan profundo que me vi obligado a cuestionarme el verdadero motivo de su resonancia.
Es una frase legendaria. Mitológicamente se utiliza para embellecer la figura de Hernán Cortés; fue adaptada a su manera por Julio César, pero llevada a su máxima expresión por Alejandro Magno, quien mandó a incendiar sus propios barcos para que sus hombres no pudieran retroceder, inyectándoles el valor desesperado que necesitaban para vencer a los persas. Es un concepto que atraviesa la ficción tomando la forma de “El viaje del héroe”, apareciendo en novelas como Siddhartha, La odisea y siendo el motor de películas como El Señor de los Anillos, El viaje de Chihiro o Gladiador. Funciona como el monomito perfecto, el punto de no retorno en el desarrollo de cualquier gran historia.
Mientras escuchaba a mi amiga usar la frase, mi primer pensamiento fue que la interpretaba de forma equivocada. Ella la enfocaba simplemente en dejar las cosas materiales y marcharse de casa, haciendo gala de esa rebeldía que tanto la caracteriza. Pero, al reflexionar un poco más, me di cuenta de que «quemar las naves» abarca mucho más de lo que nos dictan los libros de historia. Para ella, significaba soltar el pasado para enfrentar su presente y su futuro con genuina valentía.
Para mí, significó la encrucijada definitiva: tomar la decisión de seguir mi pasión por la música o resignarme a una vida que jamás me llenaría a nivel espiritual, emocional y mental. Si me conoces, sabes qué camino tomé. Un día decidí enfocarme por completo en la música. Quemé mis naves para asegurarme de que el arte fuera mi sustento, cerrando la puerta a cualquier plan de respaldo para poder dedicarme a lo que de verdad me da vida.
Para cerrar la idea, comparto una anécdota que viví hace apenas unos días. Durante un curso me encontré con un maestro al que admiro profundamente. Como de costumbre —y desde hace casi diez años que lo conozco—, andaba a prisa, inmerso en un montón de proyectos y trabajo. Al acercarme a saludarlo, le comenté en tono de broma que siempre lo veía igual de ocupado. Él me miró y respondió: «Yo he visto que tú andas igual, súper ocupado».
Le contesté sin dudarlo: «Claro, maestro. Si quiero vivir de la música, necesito hacerlo».
Él solo me miró y asintió con una sonrisa. Una sonrisa de quien, seguramente, también tuvo que incendiar sus propios barcos.