Amo la soledad. Me fascina habitar el silencio, ese territorio lleno de misterio y extrañeza donde me refugio del mundo. Durante mucho tiempo, la soledad ha sido mi interlocutora favorita, la única con la que hablaba en lugar de buscar a los demás.
Pero entonces aparece ella, y el mapa de mi mundo cambia por completo.
Cuando está a mi lado, la soledad sencillamente se evapora; me olvido de que existe, me olvido de cuánto disfrutaba mi aislamientos. Ella tiene la cualidad única de reconciliarme con la compañía, de hacerme amar el estar rodeada de gente si con eso logro verla feliz. Escucharla hablar hasta el cansancio y contemplar su sonrisa se ha convertido en mi estado favorito. Es un destello de luz tan limpio que disipa y ahuyenta cualquier vestigio de tristeza.
Por las noches, mi vieja soledad me reclama en susurros, diciéndome que la he hecho a un lado desde que llegó ella. Le respondo en silencio que no diga nada, que ella jamás sabrá de esta conversación ni del abismo que habité antes de su llegada. Que hoy prefiero mil veces que mi espacio sea suyo, que su alegría se vuelva la mía.
Si existiera un universo entero hecho únicamente de sonrisas, se lo compraría todo para que la suya jamás se apague... como alguna vez, en la penumbra, se apagó la mía.