Nunca he fragmentado el temple de existir. Las manos que mecen cunas fueron el principal instrumento de mi arte. Capciosas como nadie, atrevidas en la hechura de la genética de las historias. Al principio, cuando el Destructor creó a Destino, apenas merecía renacer, y fui instrumento de sus entrañas y las entrañas de la niña. Pero si las demás cosas que empleaban todos para merecerse, era simpleza de una hechura me revivió las ganancias solícitas del querer recrear la imaginación de ese ser al que masticaba como mío, fue una manera inevitable como el Escribano fue merecedor de mis presencias, y me dio ojos para ser historia y final absoluto como un afluente de meditación, de estar y renacer. Como lo que es entre las consignas del mañana; lo oriundo de la noche, lo emblemático de lo agraciado a repartir con lo conmovido del todo y de la nada misma. Me aventuré en esto que la doncella predica como mío, y, que en el final y en el principio es la secuencia de la imaginación que no cesa con un desplazar apresurado por la letanía de la vida. Entonces auguré el tiempo en otros tiempos, pero esas manos, esos dorsos, esas penurias; me sometieron a la beatitud de todo lo que era clemente y puro como nadie. La hechura de mi existencia fue esquelética, corrosiva, sonora, sonrosada entre las sonrisas más preciadas de un lobo y una oveja por igual, como un todo y como nadie, pero, esas manos que forjaron mi depuesto a repartir la agresividad de mí mismo, pensaron que yo en el yo, llegaba desde el arribo de lo tardío de una carne que ejemplificaba lo absoluto y conmocionado como nadie. Me adentré ya en su ser, con un afluente absoluto de una respuesta a su ser, en este universo que no cesa, que no miente y que yo mismo debo anunciar como un puesto de una lluvia que degüella la realidad absoluta de las cosas. Y ante todo esto, y como en el Para Siempre, he sentido lo primitivo del sentir. Me he anudado como un objeto que punza, clama y rehace todo, pero hete aquí que no todo se conmociona como el cielo, si no que se especula como una Anémona con el nombre de un sinuoso alabeo. Ni todo se apremia, ni las agujas que se conectan conmigo; a veces bastan para que unas manos engloben la vastedad de las historias, ya sean en empero conocidas como el tiempo mismo de lo que anunció la ascensión de los presentes a mi propia carne de vigilia mesurada. Ah, las manos que me esgrimieron en el universo conocido, como esto que se crea desde lo inicial y culmina con eso inicial de igual cuenta, me reconoce como lo que es y será de entre todo lo conmocionado. Y esas manos que succionaron a todo lo que una vez les dije, serían las presencias de todo lo que es y será, y lo que es y reservará en lo que unos dedos ejecutan con punteros, paladeo de palabras, la soberbia de un sigilo que tiene un nombre que se torna pequeño y noble y desmerecido al mismo tiempo, como un claro clavar conocido por todos. Mis manos, y las de él, a quién debo ser quién soy, promete el orgullo de mis días. Soy el ascenso de sí mismo, y yo mismo, soy más allá de un instrumento de reserva, puestos, preguntas, riegos, pormenores y todo lo que se puede decir del todo: entre lo que se embala, lo que se adhiere, lo que se cose, lo que se hace perdurable entre unas manos que sostuvieron un calor venidero del mismísimo corazón del universo, que soy yo mismo, compartido para todos los regalos conocidos. Soy un decorado de prendas de vestir, soy los sollozos de las cadenas del repartir de caricias y penurias a cada puesto de rigurosa añoranza. Mi templo es tenue, es ampuloso, en angustioso, es soberano. Y yo les digo que cesen las secuencias y serán soberanos, y yo les digo que soy el que soy como un tenor que retoca los ejemplos de los estivales más osados, y me rehúso a vivir de las lágrimas de esos cuentos que delinean los sollozos de las eras mismas en construir y provenir de un porvenir que arriba a mis fragmentos de batallas conocidas como lo que es y será batalla y rencores de quién no me entiende. Pero sabete, que soy lo que soy y no reconoceré al Sol de otro corazón que no sea el de mi contraparte; ese con el que me ha dado la vida misma como lo que es prudencia absoluta, secuencia, prudencia, secuencia, prudencia en este repartir de mi mismo en todo lo reconocido como lo que he desglosado y elaborado como una anomalía de revestidos de retazales con los que yo mismo me encuentro ataviado. Esos que son y merezco ser lo conmovido de las cosas, del son y creación de las sonrisas más certeras, más preciadas de secuencia, prudencia, secuencia, prudencia, canto de rasgos que se ejemplifican ante el son del mecer de las mecedoras de estas manos que son mías y que son sólo mías. Esta luz de decorados, esto esgrimido de entre todo lo que sobrevivo con cada sesgo que se tiene en el dónde y en el qué de mis propias osadías.
Más allá de una Luna que rebasó el cordón umbilical de un continente que no cesa de deshacer lo que ella, una vez, hubo dibujado…
Y he dibujado tu rostro en mí mismo…
Y te he hecho mía entre tus cabellos…
A ti…universo…
a Ti…
…cobijo de Luna.