El miedo a la soledad es la mentira más reconfortante que se cuenta la manada. No es el vacío existencial lo que los aterroriza, ni el silencio de cuatro paredes; es la pérdida del esclavo doméstico.
Lloran por el fantasma de la compañía, pero la realidad los asfixia en cuanto el otro respira demasiado fuerte. Quieren el café caliente a las ocho de la noche sin mover un dedo, la bienvenida automática y el masaje en los pies después de una jornada mediocre, ignorando que el servicio ajeno siempre cobra factura. Cuando tienen al sirviente disponible, lo detestan; bostezan, se fastidian y buscan pretextos para escapar. Pero en cuanto el peón abandona el tablero y la casa se queda verdaderamente vacía, se desmoronan como castillo de naipes porque su autonomía es una fantasía patética. No saben sostenerse solos; son parásitos emocionales que dependen de una extremidad ajena para sobrevivir.
La verdadera soledad, la absoluta, es un ejercicio de soberanía quirúrgica. No hay red de protección, no hay cojines blandos donde caer. Te cocinas con precisión, te curas las fiebres a solas, te administras el dolor y te tragas tus propias crisis con la frialdad de quien no le debe explicaciones a nadie. Si te ahogas, te salvas o te hundes en el silencio; no hay testigos ni salvavidas. Es una trinchera fría, pero es tuya.
Por eso resulta tan despreciable ver cómo los demás prostituyen la compañía. Tienen un refugio funcional y lo tratan como basura hasta que se apaga.
Y la pregunta cruza como una cuchilla: ¿Realmente valoras al que se queda en silencio, o solo extrañas la comodidad de tener a alguien dispuesto a jalar la carreta por ti mientras descansas?