Pensar es una cierta mecánica de ser.
La situación es la siguiente: flota un cacho de ceniza y de olivo, flota apenas la luz con su risa sin sorpresa. Más atrás del umbral se inscribe la silueta de una cintura. Estoy convencido que ciertas citas no son de casualidad —tantas veces me había bastado pensar así—, pero un pálido rostro traslúcido se asomó a viejos tiempos. Me parece que ese jueves arbitrario nos encontramos en nuestro falso domicilio. Andábamos sin buscarnos. En la calle cayó un chaparrón de otoño que llenó de fragancias y olor a barro. La lluvia se agolpaba con su llanto ensordecedor, nunca creí que los dioses lloraran ni que la muerte hubiera deshecho a tantos, pero tocaba salir a la calle con el paraguas bien abierto y esquivar baldosas flojas y a los autos con perturbada prisa. Todo ocurría como una primera vez. Alisa estaba dormida en el sillón, el gato dormía a sus pies y en la estufa apenas había rastro de carbón encendido. Intuí que en sus sueños no ocurría la catástrofe de fríos relámpagos ni nubes cayendo desencajadas. Sé —porque hay cosas que llegan a saberse sin querer— que ese jueves arbitrario nos encontramos en un tiempo prestado. Sé que llegué sin tocar la puerta, que entró sin pedir permiso y que entonces vivimos lo que otros vivían e hicimos los que otros también hacían. Sé que llegaría el viernes y la encontraría en el café sentada junto a la ventana. Yo entraría desapercibido, sin robar un segundo de su mirada y que al cabo de un instante me marcharía sin más, sin saber más nada de Alisa. Todo resulta impreciso. Para verte como yo quería era necesario soñar, cerrar los ojos lentamente hasta ver como flota un cacho de ceniza y de olivo, como flota la luz con su risa sin sorpresa.