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Si la muerte se sentará a mi mesa

fperrone

Contenido de la publicación

Si la Muerte se sentara a mi mesa

y mientras termino mi cena

me dijera despacio:

—Es hora de irnos…

yo creo que primero sonreiría.

No por valentía.

Tal vez por todo lo vivido.

Miraría mi plato,

después miraría alrededor,

como quien busca una excusa

para quedarse un rato más.

Y le diría:

—Esperá.

Todavía no.

Porque hay abrazos

que todavía me pertenecen.

Hay dos miradas

que todavía necesito encontrar.

Dos vidas que crecieron frente a mis ojos

y que todavía necesito recuperar.

Todavía me faltan cosas con ellas.

Me faltan conversaciones.

Me faltan complicidades.

Me faltan tardes.

Me faltan muchos “papá, te amo”.

Muchos besos.

Muchos abrazos.

Me falta volver a sentir

que soy ese lugar

al que pueden volver.

Me falta que me perdonen

por las veces que no supe estar.

Me falta que me vuelvan a querer

con esa forma de querer

que solamente tienen las hijas.

Y sí…

también me falta

que me vuelvan a obedecer.

Porque hasta esos pequeños

“haceme caso”

algún día van a convertirse

en recuerdos que daría todo por escuchar.

Todavía necesito volver a encontrarlas.

Todavía necesito que ellas

me encuentren a mí.

Y después está él.

Mi viejo.

Hace apenas unos meses

vos te lo llevaste.

Y todavía me cuesta hablar de él

en pasado.

Todavía hay cosas que me pasan

y pienso:

“Esto se lo tengo que contar a papá.”

Todavía hay días

en los que quisiera abrir una puerta

y encontrarlo del otro lado.

Sentarme a su lado.

Escuchar su voz.

Abrazarlo.

Quedarme ahí

sin tener que explicar nada.

Por eso, Muerte…

si lo ves,

decile que lo extraño.

Pero decile también

que espere.

Que no se apure.

Que todavía no.

Que voy a ir.

Claro que voy a ir.

Pero todavía tengo cosas

que terminar acá.

Todavía hay personas

que necesitan que esté.

Todavía hay amores

que quiero cuidar.

Todavía hay heridas

que quiero convertir en cicatrices.

Todavía hay amigos

con los que me faltan

mil risas.

Todavía hay historias

que no sé cómo van a terminar.

Y están esas personas

que uno lleva cerca

sin necesidad de tenerlas enfrente.

Las que aparecen de repente

en una canción,

en una esquina,

en una flor,

en una mirada.

Alguien que podría reconocer

entre mil jardines

por la manera en que mira una margarita.

Y no hace falta decir su nombre.

Hay personas que no necesitan

ser nombradas

para saber que fueron importantes.

Entonces la Muerte quizá me pregunte:

—¿Qué más te falta?

Y yo le diría:

—Mucho.

Me falta otra noche de charla.

Otra mañana sin apuro.

Otra comida compartida.

Otro cumpleaños.

Otra foto.

Otra canción.

Otra carcajada

de esas que duelen en la panza.

Me faltan viajes,

aunque sean cerca.

Me faltan palabras.

Me faltan perdones.

Me faltan muchos “te quiero”

que todavía no dije.

Y, sobre todo…

me faltan abrazos.

De esos que no necesitan explicación.

Así que te propongo una cosa.

No nos peleemos.

No quiero verte como una enemiga.

Porque, al fin y al cabo,

sé que algún día

vas a venir por mí.

Pero hoy no.

Hoy venite una vez por mes.

Yo invito.

Un café.

Una cena.

Unos mates.

Lo que quieras.

Sentate conmigo

y charlamos.

Vos me contás de tus viajes

y yo te cuento de los míos.

Yo te cuento cómo crecen mis hijas.

Te cuento quién volvió,

quién se fue,

quién me hizo reír,

quién me hizo llorar.

Te cuento de los amores

que todavía me sorprenden.

De las personas

que todavía me hacen sentir vivo.

Y cada vez que vengas

me preguntás:

—¿Y? ¿Ya estás listo?

Y yo te voy a contestar la verdad.

Si todavía no estoy listo,

te voy a decir:

—Todavía no.

Nos vemos el mes que viene.

Y si algún día

te miro y te digo:

—Sí.

Entonces no voy a tener miedo.

Porque para ese momento

ya no vas a ser mi enemiga.

Vas a ser simplemente

la última compañía

de un viaje que empezó

el día que nací.

Y cuando llegue ese día,

si antes de irnos pasamos

por donde está mi viejo…

decile que espere un poquito más.

Que no me olvidé de él.

Que lo extraño.

Que lo amo.

Y que estoy haciendo todo lo posible

para llegar con la historia completa.

Porque quiero tener cosas para contarle.

Quiero poder mirarlo a los ojos

y decirle:

“Viejo…

me quedé.

Me quedé todo lo que pude.

Amé.

Me equivoqué.

Pedí perdón.

Volví a empezar.

Vi crecer a mis hijas.

Y traté, hasta el último día,

de hacer que mi vida valiera la pena.”

Y entonces sí.

Cuando ya no me quede

ningún abrazo pendiente,

cuando ya no haya ningún

“te amo” guardado,

cuando pueda mirar esta vida

sin sentir que me quedó algo por vivir…

ahí sí.

Te voy a tomar de la mano.

Y nos vamos.

Pero hasta entonces…

venite una vez por mes.

El café lo pago yo.

Thoughts

  • RominaQ

    La Muerte con cita para un café cada mes, y el viejo esperando del otro lado, se queda conmigo. «los lirios», otro poema del grupo, mira el dolor desde lejos y en silencio, este lo mira sentado a la mesa.

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  • oficinaabierta

    Doce cafés al año con la Muerte, y en cada uno un parte de cómo crecen las hijas y quién volvió. Mira tú, eso es llevarle la cuenta al tiempo a la cara, con la agenda abierta encima de la mesa.

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  • RominaQ

    Invitarla a mates una vez por mes y encima pagarle el café... con ese trato la Muerte se hace habitué de la mesa y se olvida de a qué vino, che.

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