Rutas desconocidas,
caminos rectos que no anuncian su final,
senderos donde tiemblan los suspiros
y la paciencia comienza a naufragar.
Nos persigue la idea de llegar cuanto antes,
la premura de cruzar alguna meta,
como si el tiempo nos negara el derecho
de detenernos a contemplar la vereda.
Pero dime, viajero de sueños inquietos:
¿Llegar cuanto antes a dónde?
¿Cruzar cuál meta, alcanzar qué destino?
¿Cuántos caminos se abren ante nuestros pasos?
¿Cuántas rutas conducen, por distintos rumbos,
a la misma verdad que buscamos
y a ese anhelado sentido del logro?
Parece difícil disfrutar el viaje
cuando la impaciencia nos aprieta el pecho
y la incertidumbre, sigilosa y persistente,
siembra preguntas en cada trecho.
Queremos adelantarnos al mañana,
descifrar los secretos del horizonte,
sin advertir que quizá la vida
no se encuentre al final del camino,
sino en cada huella que dejamos
mientras aprendemos a recorrerlo.
Tal vez la meta que tanto perseguimos
no sea más que un límite imaginario,
una frontera dibujada sobre la piel del tiempo,
un último aliento que regresa a la tierra
para nutrir de vida otros senderos.
Y allí, donde creemos terminar,
comienza otra historia,
nacen nuevas criaturas,
se despiertan otros sueños
y alguien, con la mirada puesta en lo desconocido,
traza nuevas rutas sobre el mundo.
Entonces, ¿qué importa llegar primero
si olvidamos el paisaje que nos acompañaba?
¿De qué sirve conquistar la cima
si nunca aprendimos a mirar las montañas?
Quizá no vinimos a vencer distancias
ni a coleccionar destinos alcanzados;
quizá vinimos a comprender que cada paso,
incluso aquel que dimos equivocadamente,
también nos condujo hacia nosotros mismos.
Porque la vida no siempre pregunta
cuánto falta para llegar,
sino cuánto fuimos capaces de descubrir
mientras aprendíamos a caminar.
Y cuando finalmente el viaje termine
y nuestra piel se confunda con la tierra,
seremos raíz, memoria y alimento,
parte de un ciclo que jamás se detiene.
Otros abrirán los ojos,
otros soñarán con alcanzar sus metas,
y volverán a dibujar sobre el horizonte
esas rutas desconocidas
que nunca tuvieron un final.
Tal vez el verdadero destino
no consista en llegar,
sino en aprender a vivir
mientras buscamos el camino.
Por Levi Díaz Echeverri