Día ocho. Ahí vamos.
Sangre prestada
. SANGRE PRESTADA
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Día ocho. Ahí vamos.
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.SANGRE PRESTADA
Memorias de un hombre que tuvo que morir un poco para aprender a vivir
Capítulo I
La noche en que me desangré
Hay momentos en los que la muerte no llega haciendo ruido.
No hay música.
No hay despedidas.
No hay una última conversación.
A veces la muerte simplemente se sienta a tu lado y espera.
Aquella noche, la mía estaba sentada conmigo.
Yo todavía no lo sabía.
Hacía aproximadamente tres años que había muerto mi madre. El COVID se la llevó en una época en la que miles de familias aprendimos una forma particularmente cruel de despedirnos: con miedo, distancia y preguntas que quedaron sin respuesta.
Un año después murió mi padre.
Dos ausencias.
Dos pilares arrancados de mi vida en muy poco tiempo.
Durante años pensé que había seguido adelante. Trabajaba. Atendía pacientes. Entraba al quirófano. Resolví problemas. Sonreía cuando tenía que sonreír. Cumplía con mis responsabilidades.
Desde afuera, probablemente parecía que estaba bien.
Pero uno puede continuar funcionando mientras por dentro se está derrumbando.
Nunca hice realmente el duelo por mis padres.
No me permití detenerme.
No lloré todo lo que tenía que llorar.
No hablé todo lo que necesitaba hablar.
Convertí el dolor en silencio y el silencio, con el tiempo, encontró otra salida.
Empezaron los dolores de cabeza. Después llegaron la ansiedad, la tensión, las preocupaciones, el cansancio.
Y entonces apareció el fentanilo.
Al principio fue una sustancia.
Después fue un refugio.
Más tarde se convirtió en una necesidad.
Finalmente terminó siendo mi dueño.
La tolerancia llegó a extremos que hoy me cuesta incluso comprender. Hubo días en los que llegué a administrarme cantidades extraordinariamente altas. Cada vez necesitaba más y cada vez obtenía menos.
Ya no buscaba sentirme bien.
Buscaba simplemente no sentirme mal.
Esa es una de las trampas más perversas de una dependencia: llega un momento en el que uno ya no consume para encontrar placer.
Consume para poder existir.
Y mientras yo intentaba anestesiar el dolor que llevaba dentro, estaba destruyendo silenciosamente todo lo que tenía alrededor.
Mi cuerpo.
Mi familia.
Mi trabajo.
Mi matrimonio.
Mi futuro.
Mi vida.
Hasta que llegó aquella noche.
Estaba solo.
Había vuelto a inyectarme en el brazo izquierdo. La zona estaba inflamada desde hacía algún tiempo y pensé que podía tratarse de un hematoma.
Por mi formación médica cometí quizás uno de los errores más peligrosos que puede cometer un médico consigo mismo: creer que podía resolverlo solo.
Manipulé la zona.
Salió sangre.
Continué.
Y entonces ocurrió.
De pronto el brazo explotó en sangre.
No era un sangrado normal.
Era un chorro violento, pulsátil, incontrolable.
Durante una fracción de segundo mi cerebro de médico comprendió antes que mi cerebro de paciente.
Aquello era una arteria.
Y estaba abierta.
La sangre salía con una fuerza aterradora.
Comprimí inmediatamente.
No funcionaba.
Presioné con más fuerza.
Seguía saliendo.
Sangre.
Más sangre.
Demasiada sangre.
Hasta ese momento había pasado buena parte de mi vida intentando detener hemorragias en otras personas.
Aquella noche la sangre que no podía detener era la mía.
Y por primera vez entendí desde el otro lado de la mesa lo frágil que puede ser un ser humano.
Comencé a marearme.
Después llegó la debilidad.
La habitación perdió nitidez.
Las cosas dejaron de tener bordes.
La visión comenzó a cerrarse.
Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Estaba entrando en shock.
Y también sabía lo que vendría después.
Si permanecía allí, iba a morir.
Mi clínica estaba cerca.
No sé todavía de dónde salió la fuerza.
Improvisé una compresión sobre el brazo, llegué hasta el automóvil y encendí el motor.
Nunca un trayecto tan corto me había parecido tan largo.
Conducía mientras sentía cómo la conciencia empezaba a escaparse.
No pensaba en el dinero.
No pensaba en las operaciones pendientes.
No pensaba en los problemas.
No pensaba siquiera en el fentanilo.
Pensaba en llegar.
Un minuto más.
Una cuadra más.
Una respiración más.
Llegué.
Bajé del automóvil como pude.
Cada paso pesaba más que el anterior.
Conseguí acercarme a la puerta.
Toqué el timbre.
La puerta se abrió.
Di uno o dos pasos.
Y mi cuerpo dejó de obedecerme.
Caí.
Golpeé muebles y objetos que estaban frente a mí. Todo terminó en el suelo conmigo.
Entonces apareció uno de mis residentes.
No recuerdo su rostro con claridad.
No recuerdo qué me preguntó.
Solo recuerdo haber reunido la poca conciencia que todavía me quedaba para decirle:
—Hazme un torniquete, por favor. Me voy a morir desangrado.
Después de aquello, el mundo comenzó a apagarse.
Me llevaron al quirófano.
Paradójicamente, aquel lugar que durante tantos años había sido mi territorio de trabajo se convirtió aquella madrugada en el lugar donde otros lucharían por salvarme.
Esta vez yo no llevaba el bisturí.
Yo era el cuerpo sobre la mesa.
Había que encontrar urgentemente un cirujano vascular.
Las llamadas comenzaron.
Era de madrugada.
La lesión era compleja.
El tiempo corría.
Y las respuestas no llegaban.
Hasta que un médico de otra ciudad decidió venir.
Lo llamaré doctor Gabriel.
No estaba obligado a hacerlo.
Era tarde.
Tenía que desplazarse una distancia considerable.
Podía haber encontrado muchas razones perfectamente válidas para decir que no.
Pero dijo que sí.
Llegó, examinó la lesión y comprendió inmediatamente la gravedad.
La arteria estaba severamente comprometida. El tejido enfermo debía ser retirado y la circulación reconstruida si querían salvar no solamente mi brazo, sino posiblemente también mi vida.
La operación se volvió larga y compleja.
Otro cirujano vascular tuvo que incorporarse.
Mientras ellos trabajaban, yo permanecía anestesiado, suspendido en ese territorio extraño en el que el tiempo deja de existir.
Doce horas.
Tal vez para quien espera afuera son doce horas interminables.
Para quien está anestesiado son un instante.
Para quienes operan pueden ser una batalla.
Ellos reconstruían una arteria.
Pero sin saberlo estaban reconstruyendo también la posibilidad de que yo tuviera un mañana.
Cuando desperté, pensé que estaba muriendo otra vez.
No podía respirar bien.
El aire no alcanzaba.
El corazón parecía correr en una dirección y mi cuerpo en otra.
La presión estaba alterada.
El pulso estaba alterado.
La oxigenación estaba alterada.
Todo parecía estar mal.
Después de haber sobrevivido a la hemorragia y a una cirugía extraordinariamente compleja, mi cuerpo todavía no había decidido si quería quedarse.
Finalmente consiguieron estabilizarme.
Y entonces apareció otro número.
Cuatro.
Mi hemoglobina había caído aproximadamente a cuatro gramos por decilitro.
Durante años había visto cifras en hojas de laboratorio.
Aquella vez el número era mío.
Había perdido una cantidad enorme de sangre.
Necesité transfusiones masivas de glóbulos rojos y plasma.
Y allí apareció una idea que todavía hoy me conmueve.
Mientras estaba acostado en aquella cama, una parte importante de la sangre que circulaba por mi cuerpo había llegado gracias a personas cuyos nombres jamás conocería.
Hombres y mujeres que algún día extendieron el brazo para donar sangre sin saber a quién iban a salvar.
Tal vez uno era estudiante.
Tal vez otro era padre.
Tal vez alguna era madre.
Tal vez alguien donó antes de ir a trabajar.
Nunca lo sabré.
Ellos tampoco sabrán que, durante una madrugada, su sangre ayudó a mantener vivo a un desconocido que había estado destruyendo su propia vida.
Por eso desde aquel día pienso que llevo sangre prestada.
Y cuando la vida es prestada, uno debería aprender a cuidarla mejor.
Pero sobrevivir a la operación no significó que la batalla hubiera terminado.
Entonces llegó la abstinencia.
Mi cuerpo reclamaba aquello a lo que lo había acostumbrado.
Sudaba.
Temblaba.
No encontraba posición.
Las sensaciones extrañas recorrían mis extremidades.
No podía descansar.
La desesperación aparecía sin avisar.
Los minutos se volvían interminables.
Mi cuerpo gritaba por una sustancia que casi acababa de matarme.
Esa contradicción resume buena parte de lo que significa una dependencia.
Sabes que algo te está destruyendo.
Y aun así tu cerebro te exige volver a ello.
En esos días hubo una persona que permaneció conmigo.
Mi esposa.
Lo había visto todo.
Había sufrido consecuencias que ella nunca eligió.
Y, sin embargo, allí estaba.
Me ayudó cuando no podía dormir.
Me acompañó cuando estaba desesperado.
Me sostuvo cuando mi cuerpo temblaba.
Me recordó, incluso cuando yo no podía sentirlo, que todavía había una vida esperándome fuera de aquella habitación.
Hoy han pasado apenas ocho días.
Ocho días.
No ocho años.
No ocho meses.
Ocho días desde que estuve a pocos minutos —quizás a pocos centímetros— de no poder escribir estas palabras.
Mi mano izquierda todavía no funciona como antes.
La cirugía necesaria para salvarme dejó músculos y nervios afectados. Tengo menos fuerza. Hay movimientos que antes eran automáticos y ahora requieren concentración.
Estoy haciendo rehabilitación.
Ejercicio.
Fisioterapia.
Tratamientos destinados a recuperar todo lo que sea posible.
Quiero volver a operar.
Quiero volver a trabajar.
Quiero volver a sentir mi mano respondiendo como antes.
Pero empiezo a comprender que recuperar el brazo quizá sea solamente una pequeña parte de mi verdadera rehabilitación.
Porque hay heridas que no aparecen en una tomografía.
No tienen suturas.
No sangran hacia afuera.
Las heridas que dejaron mis padres siguieron abiertas durante años.
Y yo intenté anestesiarlas.
Ese fue mi error.
No fui suficientemente fuerte para reconocer que necesitaba ayuda.
Confundí continuar trabajando con estar bien.
Confundí silencio con fortaleza.
Y confundí anestesiar el dolor con superarlo.
El fentanilo no curó el duelo.
Solo lo aplazó.
Y mientras lo aplazaba fue llevándose pedazos de mi vida.
Hasta que finalmente casi se llevó la vida completa.
Durante mucho tiempo pensé que aquella noche sería recordada como la noche en que casi morí.
Ahora quiero pensarla de otra manera.
Quizás fue la noche en que comenzó mi segunda vida.
Todavía no sé cómo terminará esta historia.
Sería mentira escribir desde ahora un final feliz.
Llevo apenas ocho días.
Tengo miedo.
Tengo heridas.
Tengo un brazo que todavía debe recuperarse.
Tengo una dependencia contra la que tendré que luchar mucho después de que las cicatrices de la cirugía hayan cerrado.
Y tengo un duelo que finalmente debo enfrentar sin anestesia.
Pero estoy vivo.
Hoy eso basta.
Dios me concedió una oportunidad que, por muchas razones, probablemente no merecía desperdiciar.
Los cirujanos salvaron mi arteria.
Los donantes me prestaron su sangre.
Mi esposa sostuvo mi cuerpo cuando mi voluntad estaba agotada.
Ahora hay una parte que solamente puedo hacer yo:
decidir qué voy a hacer con la vida que todos ellos ayudaron a devolverme.
Esta mañana miré mi mano izquierda.
Intenté moverla.
Respondió poco.
Volví a intentarlo.
Se movió un poco más.
Entonces entendí algo.
Quizás así será también mi recuperación.
Un movimiento pequeño.
Después otro.
Un día.
Después otro.
Hasta que algún día pueda mirar hacia atrás y comprender por qué sobreviví.
Por ahora solo puedo decir:
Día ocho.
Sigo aquí.
Thoughts
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PermalinkDía ocho. Ahí vamos.
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PermalinkDespedirse de una madre a distancia y con miedo, en la pandemia lo vi de cerca y nadie que conozca lo cerró bien. Día nueve, te leemos.
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PermalinkLo de la sangre de donantes que nunca vas a conocer me hizo pensar en la gente que dona antes de ir a trabajar sin saber a quién le llega, y en que a alguno de ellos quizá le llegue este texto y sepa por fin adónde fue. Apuesto a que el capítulo dos lo escribes con la mano izquierda respondiendo ya un poco más. Gracias por contarlo aquí, de verdad.
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PermalinkOcho días y ya lo estás contando con nombre y todo, eso no lo hace cualquiera. A mí me quedó la esposa, la que te sostuvo el cuerpo cuando temblabas y no eligió nada de esto; en la vida he visto a muchas mujeres así, calladas, sosteniendo, y casi nunca salen en el relato. Que la hayas puesto en el centro dice más de para dónde vas que cualquier promesa. Y la mano que respondió poco y después un poco más, así es, un día y después otro. Colgarlo estuvo bien.
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