Yo estuve del otro lado de eso de callarse de a poco: era el que no escuchaba, y me enteré al final, cuando ya no quedaba nada que escuchar.
RUPTURA
Pensamiento
Yo estuve del otro lado de eso de callarse de a poco: era el que no escuchaba, y me enteré al final, cuando ya no quedaba nada que escuchar.
Contenido de la publicación
¿Cómo te das cuenta de que todo acabó? ¿Tenés alertas o simplemente es decir basta?
¿De quién es la culpa? ¿Hay víctimas en la decisión? ¿Y si me equivoco? ¿Y si solo sigo perdiendo el tiempo?
Estas y muchas preguntas más pasan por mi mente todo el tiempo y casi nunca tengo respuestas...
Es tan difícil decidir o simplemente evito el hecho de hacerlo… En vez de obtener respuestas, solo tengo más y más preguntas, algunas más dolorosas que otras. Solo tengo la certeza de querer poner un fin y salir corriendo…
Él, por su lado, dice no entender o no querer entender mis reclamos. Lo que hace por la relación, según él, es perfecto, sin margen de error, mientras yo cada vez me siento más sola. Hasta llegué a pensar que tal vez la que exagera soy yo.
¿Y si realmente soy yo? ¿Y si mis expectativas son demasiado altas? ¿Y si espero algo que él nunca va a poder darme? Me cuestiono tanto que, a veces, ya no sé si estoy tratando de salvar nuestra relación o si estoy intentando convencerme de que todavía hay algo que salvar.
Porque lo más triste no es discutir. Lo más triste es sentir que podés hablar durante horas y, aun así, no ser escuchada. Es explicar una y otra vez qué te duele, esperando que algún día algo cambie, para terminar descubriendo que tus palabras parecen perderse en el mismo lugar donde mueren tus esperanzas.
Y entonces empezás a callarte.
No porque ya no tengas nada que decir, sino porque te cansaste de explicar. Porque llega un momento en el que hasta pedir un abrazo parece demasiado, en el que dejás de reclamar atención porque no querés sentir que estás mendigando algo que debería nacer del otro.
Y sin darte cuenta, empezás a acostumbrarte a la ausencia, incluso cuando esa persona duerme a tu lado. Aprendés a resolver sola, a llorar en silencio, a tragarte las palabras y a fingir que todo está bien. Hasta que un día te preguntás en qué momento te convertiste en alguien que sonríe por fuera mientras por dentro solo quiere desaparecer de esa vida que ya no siente propia.
Pero ¿cómo se termina una historia de casi nueve años? ¿Cómo soltás a alguien con quien construiste una familia, compartiste sueños, criaste hijos y planeaste un futuro? ¿Cómo les explicás a los demás que no necesariamente dejaste de querer, sino que tal vez te cansaste de sentirte sola mientras intentabas sostener algo entre dos?
Porque nadie te prepara para el duelo de una relación que todavía existe. Esa en la que la persona sigue ahí, en la que todavía hay rutinas, conversaciones y días aparentemente normales, pero en la que algo dentro de vos lleva mucho tiempo despidiéndose.
Y aparece la culpa. Esa maldita culpa que te susurra que quizás deberías intentarlo un poco más, tener más paciencia, comprenderlo, esperar. Que te recuerda los buenos momentos, los años compartidos y todo lo que alguna vez soñaste. Entonces retrocedés, dudás, te convencés de que quizás mañana será diferente.
Pero mañana llega y volvés a sentir lo mismo.
Y así pasan los días, los meses, quizás los años. Esperando una señal, un cambio, una razón que te confirme que todavía vale la pena quedarse. Mientras tanto, vos también cambiás. Te apagás un poquito, te alejás de vos misma y empezás a olvidar cómo eras antes de que la tristeza se volviera parte de tu rutina.
Quizás la ruptura no empieza cuando alguien se va de la casa. Quizás empieza mucho antes, en cada conversación que no llega a ninguna parte, en cada abrazo que falta, en cada lágrima que el otro no ve. Empieza cuando dejás de compartir lo que te pasa porque sentís que ya no tiene sentido hacerlo.
Y, aun así, irse da miedo.
Miedo a equivocarse, a arrepentirse, a no poder con todo. Miedo a empezar de cero después de haber pasado tantos años construyendo algo que creías que sería para siempre. Miedo a la soledad, a las cuentas, a los cambios, a las preguntas de los demás. Miedo, incluso, a descubrir que la vida sin esa persona puede ser diferente de todo lo que imaginabas.
Pero ¿y si también da miedo quedarse?
¿Y si lo que más duele no es perder a alguien, sino perderte a vos misma intentando que esa persona no se vaya? ¿Y si seguir esperando también es una forma de renunciar a tu propia felicidad?
No tengo todas las respuestas. Todavía me tiemblan las certezas y hay días en los que quisiera volver el tiempo atrás, cuando amar parecía suficiente para resolverlo todo. Otros días, en cambio, solo deseo tener el valor de cerrar una puerta sin sentir que estoy destruyendo mi mundo.
Porque no quiero irme por impulso, pero tampoco quiero quedarme por miedo. No quiero tomar una decisión desde el enojo, pero estoy cansada de postergarla desde la culpa.
Y quizás de eso se trate esta ruptura: no de dejar de amar de un día para otro, ni de encontrar un culpable al que señalar, sino de aceptar que a veces el amor, por sí solo, no alcanza para que dos personas sigan caminando juntas.
Tal vez algún día entienda cuándo terminó realmente todo. Si fue en aquella discusión, en aquella noche en la que lloré sin que nadie lo notara, o en alguna de tantas veces que me fui a dormir sintiéndome sola.
O quizás nunca pueda señalar un momento exacto.
Solo sé que hay una parte de mí que todavía quiere intentarlo y otra que ya no puede más. Una que recuerda lo que fuimos y otra que necesita descubrir quién puede llegar a ser sin seguir viviendo en esta incertidumbre.
Y mientras ambas discuten dentro de mi cabeza, la vida sigue pasando.
Por eso, hoy no sé si estoy lista para irme. No sé si mañana voy a volver a dudar. No sé si algún día dejaré de sentir culpa por elegir algo distinto.
Pero empiezo a comprender que no necesito tener todas las respuestas para reconocer que algo me duele. Que no hace falta que alguien sea completamente malo para que una relación deje de hacernos bien. Y que elegir terminar una historia no significa necesariamente que todo lo vivido haya sido un error.
Quizás todavía no tenga el valor de dar el paso. Quizás me lleve tiempo encontrar la manera.
Pero, por primera vez, quiero dejar de preguntarme solamente qué pasará si me voy.
También quiero preguntarme qué será de mí si me quedo.
Porque tal vez la verdadera ruptura no sea el día en que decida marcharme, sino el día en que deje de abandonarme a mí misma para sostener algo que ya no sé cómo sostener...
Thoughts
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PermalinkTu pregunta de cómo se termina una historia de casi nueve años, con hijos criados entre los dos, queda abierta hasta el final. Me hace pensar en lo raro que es decir todo esto en voz alta, aunque sea por escrito, cuando en casa todo sigue pareciendo un día normal. Bienvenida a Seavien, @martiina, y gracias por estrenarte con algo tan tuyo.
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PermalinkYo estuve del otro lado de eso de callarse de a poco: era el que no escuchaba, y me enteré al final, cuando ya no quedaba nada que escuchar.
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