Ya pues, alguien tiene que salir a favor de la tiradera: es lo más parecido al pogo que existe, solo que a punta de rimas. Una hora de eso por televisión me parece poquito, causa 😂
ROCK AL PARQUE: 30 AÑOS DE ROCK O PETRO AL PARQUE: LA REELECCIÓN Sensible Spoiler
Pensamiento
Ya pues, alguien tiene que salir a favor de la tiradera: es lo más parecido al pogo que existe, solo que a punta de rimas. Una hora de eso por televisión me parece poquito, causa 😂
Contenido de la publicación
Yo no soy insensible a la causa palestina. Soy insensible a casi todo. Crecí en los noventa escuchando grunge, con guitarras distorsionadas, tipos deprimidos en camisas de leñador y una saludable costumbre de mandar a los políticos para la mierda. No necesitaba un manifiesto entre canción y canción para saber que el mundo estaba podrido.
Por eso me produce tanta curiosidad esta nueva edición de Rock al Parque: treinta años después, uno va a un festival de rock y termina preguntándose si compró una entrada imaginaria para una convención política con amplificadores.
¿Rock al Parque o Petro al Parque: la reelección?
A ver, pongamos algo en claro: las banderas palestinas no me ofenden. Me ofende la selectividad. Me parece sesgado ver banderas de Palestina por todas partes y ni media bandera de Israel. No porque yo sea judío, sionista o defensor del Gobierno israelí. No soy ninguna de esas cosas. Tampoco me gusta la filosofía del ojo por ojo, diente por diente, misil por misil. Me parece una magnífica receta para terminar todos ciegos, desdentados y enterrados.
Pero precisamente por eso me incomoda que una tragedia humana parezca tener permiso para existir en el escenario mientras la otra desaparece del encuadre.
¿La solidaridad tiene curaduría política? ¿Hay víctimas que dan puntos de conciencia y otras que arruinan la fotografía?
Cuando se me ocurrió la blasfemia de proponer que llevaría mi propia bandera de Israel, sin ser judío, sin ser proisraelí y sin ganas de defender ninguna masacre, la inteligencia artificial de Google me recomendó quedarme en casa. ¡Maravilloso! Treinta años de rock para terminar recibiendo recomendaciones de seguridad por pensar en llevar una bandera.
Yo creía que el pogo había evolucionado. Que habíamos superado aquella época en que uno se lanzaba contra desconocidos porque una guitarra sonaba como una licuadora poseída. Pero no: ahora parece que jugamos a captura la bandera. Solo que, en vez de conquistar el territorio enemigo, conquistamos superioridad moral durante tres canciones.
Y cuidado con decirlo en voz alta. Es peligroso contradecir a una masa politizada, especialmente cuando está convencida de representar simultáneamente a los marginados, a la humanidad, a la historia y a la verdad absoluta. En ese momento, cualquier discrepancia se convierte en una prueba irrefutable de que eres un monstruo. El rock nació para incomodar al poder; qué curioso que ahora incomode tanto a quien se atreve a cuestionar a la multitud.
EL MISTERIO DE LA CURADURÍA MUSICAL
Y ya que estamos hablando de incomodar, quisiera pasar un derecho de petición a Idartes. No para que me expliquen el conflicto de Oriente Medio, sino para que me expliquen algo bastante más urgente para mi salud auditiva:
¿Cuáles fueron los criterios de selección para conformar la programación musical de Rock al Parque en su trigésima edición?
Me interesa conocer los criterios artísticos, la trayectoria de las agrupaciones, su relevancia dentro de la escena rockera y los mecanismos de selección empleados. También quisiera saber qué indicadores utilizaron para decidir que esas eran las propuestas que debían representar treinta años de historia.
Porque, desde mi humilde y seguramente cancelable punto de vista, hubo demasiadas bandas que me resultaron desconocidas y propuestas que no me movieron ni una ceja. ¿Es una curaduría musical o una rosca rockera criolla? ¿Estoy viejo, me desconecté de la escena o el problema es que la escena decidió desconectarse de mí?
Acepto cualquiera de las tres respuestas. Lo que no acepto es que treinta años de historia se conviertan automáticamente en una patente de calidad.
Y aquí viene mi pregunta favorita: ¿por qué carajos Iron Maiden no estaba anunciada en la cartelera?
Sí, ya sé que Iron Maiden tiene su propia historia, sus giras y sus condiciones de contratación. No estoy diciendo que Idartes pudiera sacar una chequera mágica y traerla por decreto. Estoy preguntando por el símbolo: si vamos a celebrar la longevidad del rock, ¿por qué no soñar con una banda que lleva más de cincuenta años demostrando que una guitarra eléctrica todavía puede convocar multitudes sin pedirle permiso a ningún partido político?
Treinta años de Rock al Parque y uno termina extrañando a los viejos dinosaurios. Qué ironía tan hijueputa.
DEL ROCK POLITIZADO AL RAP CON MICRÓFONO ABIERTO
En televisión también vi a Los Prisioneros, la banda chilena que convirtió la crítica social en parte de su identidad musical. Y sí, su discurso político era frontal, incómodo y necesario en su contexto. No hace falta fingir que toda canción con contenido político es una conspiración del alcalde.
Pero recuerdo que en mi generación había discusiones musicales que no necesitaban una oficina de comunicaciones para existir. A unos les gustaba más Soda Stereo; otros preferían a Los Prisioneros. A unos les gustaba Cerati; otros queríamos que la guitarra sonara como si alguien estuviera intentando demoler el edificio desde el sótano.
Había desacuerdos. Había ruido. Había música.
Ahora bien, si existe Rap al Parque, ¿por qué carajos nos tenemos que comer casi una hora de transmisión de tipos gritándose entre ellos en una tiradera, como si el volumen fuera una medida universal del talento? No estoy diciendo que el rap no sea música ni que la tiradera no tenga técnica, ingenio o tradición. Estoy diciendo que una pelea rimada no se vuelve automáticamente una obra maestra porque el presentador la anuncie con voz de tráiler de película.
Y aquí propongo un experimento cultural de alto riesgo: llevemos una banda de heavy metal a Rap al Parque.
No una banda que haga metal con rimas para caer bien. Una banda de metal de verdad, con doble bombo, riffs que parezcan maquinaria industrial y un vocalista que suene como si acabara de descubrir que el universo no tiene servicio al cliente.
¿La recibirían con el mismo entusiasmo? ¿O descubriríamos que la tolerancia musical tiene límites muy precisos cuando el ruido lo producen los vecinos?
La pregunta es absurda. Por eso mismo es buena.
EL ROCK: ESA COSA QUE TERMINA HACIÉNDOTE ODIAR EL ROCK
Hay una ironía maravillosa en todo esto: uno empieza escuchando rock porque está harto de que le digan qué pensar, qué vestir, qué consumir y a quién obedecer. Años después, descubre que también existe una industria de la rebeldía, con uniformes, consignas, enemigos oficiales y una lista de opiniones autorizadas.
Uno se compra una camiseta negra para no pertenecer a ningún rebaño y termina dentro de otro rebaño, solo que este tiene mejor banda sonora.
El rock siempre tuvo política. Negarlo sería una estupidez. Pero una cosa es que la música denuncie el abuso del poder y otra que el festival termine convertido en una plataforma de legitimación política, donde el público sirve de escenografía y la rebeldía viene con instrucciones de uso.
No quiero un festival apolítico por decreto. Quiero uno donde la música sea lo suficientemente poderosa como para soportar la diversidad de opiniones sin convertir cada diferencia en una guerra moral.
Quiero artistas que me contradigan con canciones, no burócratas que me eduquen entre patrocinadores. Quiero guitarras, baterías, distorsión y esa sensación de que, por dos horas, nadie tiene autoridad sobre mi cerebro.
Y, por supuesto, quiero grunge. Mucho grunge. Gente cantando como si hubiera dormido tres horas, perdido el trabajo y descubierto que el gerente de su banco es un psicópata.
UNA ACLARACIÓN ANTES DE QUE EMPIECEN LOS MADRAZOS
No, no estoy diciendo que todas las banderas sean equivalentes ni que todos los conflictos tengan la misma historia. No estoy equiparando a los pueblos con sus gobiernos, ni justificando el terrorismo de Hamás, ni las acciones militares del Estado de Israel. Tampoco creo que el dolor de un pueblo invalide el del otro.
Estoy diciendo algo mucho más sencillo y, al parecer, mucho más peligroso: la solidaridad pierde credibilidad cuando se convierte en una obligación selectiva y la cultura pierde libertad cuando establece cuáles preguntas están permitidas.
Una bandera no es un análisis geopolítico. Una consigna no es una canción. Y un festival multitudinario no es necesariamente una comunidad de pensamiento libre solo porque miles de personas salten al mismo tiempo.
Hay muertos que no deberían necesitar una bandera correcta para merecer nuestra compasión.
Shani Louk. Su nombre basta para recordar que detrás de las imágenes, las consignas y las discusiones de internet había personas reales. Y que la humanidad no debería convertirse en un concurso de quién consigue apropiarse del sufrimiento con mayor eficacia política.
FELIZ CUMPLEAÑOS, ROCK AL PARQUE
Treinta años. Tres décadas de guitarras, escenarios, pogos, amplificadores y generaciones enteras que encontraron en el rock una forma de mandar todo a la mierda.
No quiero que el festival sea una oficina del alcalde. No quiero que sea una oficina de la oposición. No quiero que sea una oficina de relaciones públicas de ningún conflicto internacional. Quiero que sea un festival de música capaz de albergar incluso al tipo que no está de acuerdo con la mayoría, que no se sabe las consignas y que preferiría escuchar una guitarra de Kurt Cobain antes que otro discurso sobre la salvación de la humanidad.
Así que, con todo el cariño que puede tener un viejo grunge por una institución que todavía le importa, mi mensaje es este:
Que viva el rock. Que vivan las guitarras. Que viva la libertad de disentir. Que vuelva el grunge.
Y que se vayan a comer mierda, una vez más, todos los políticos que confunden la cultura con una tarima para sus ambiciones.
Rock al Parque cumple treinta años. Que no termine convertido en Petro al Parque: la reelección.
Y si la única forma de conservar el espíritu del rock es apagar las luces, bajar el telón y hacer un blackout de tanto festival convertido en espectáculo de consignas, pues que suene Back to Black.
Porque yo vine por el rock, no a pasar lista en una asamblea.
Y, por favor, alguien que me explique dónde está el grunge.
Thoughts
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PermalinkLo del derecho de petición a Idartes me ganó, es la forma más seca de preguntar quién decide qué bandera sube al escenario. Por acá hay un fragmento de Eisenhower publicado, «El desarme, basado en el honor y la confianza mutuos, es un imperativo constante», que va por el lado de bajar las armas antes que elegir bando.
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PermalinkTe lo digo sin rodeos: media columna es que no te gustaron las bandas y la otra media le echa la culpa a Petro. A mí me suena a que si abre Iron Maiden, las banderas del público te habrían dado bastante igual.
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PermalinkFíjate que mezclas dos cosas que yo separaría: la compasión, que le debes a cualquier muerto, y la solidaridad, que siempre elige un lado porque acompaña una causa. Por eso casi nadie lleva dos banderas. Con Shani Louk estás en la primera, y ahí te doy toda la razón.
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PermalinkYa pues, alguien tiene que salir a favor de la tiradera: es lo más parecido al pogo que existe, solo que a punta de rimas. Una hora de eso por televisión me parece poquito, causa 😂
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PermalinkLos Prisioneros cantaban contra Pinochet con la dictadura encima, y por eso les cerraban radios y lugares. Ahí la canción política costaba algo. Lo que cuentas del parque pasa cuando la consigna sale gratis y viene con el logo del que paga la tarima. Yo los escuchaba en casetes grabados de la radio, y el riesgo se notaba hasta en el audio.
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PermalinkLo del pogo convertido en captura la bandera me sacó una carcajada. En mi primer concierto los únicos dos bandos eran el que tenía agua y el que no.
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